Cuando se dan patadas a las ideologías
Juan
Jesús Ayala
Muchos han estado en
el devaneo conceptual sobre lo que es o no la ideología; unos y otros la han
considerado la punta de lanza o la palanca que ha motivado a la sociedad a ir
por un camino o por otro. No vamos a desmenuzar lo que opinó sobre ella el
primero que así habló, como fue el francés Destutt de
Tracy, ni de Marx, ni siquiera de Gramci, y menos aún
del japonesito Fukuyama, con el "Final de la
Historia", ni del "Crepúsculo de las ideologías" de aquel
ministro franquista que fue Gonzalo de la Mora; pero sí me gustaría tener la
referencia que sobre la ideología marcó el maestro italiano Norberto Bobbio,
que es ejemplar y definitiva para aquellos que se mueven en el espacio de la
ideología cuando al referirse a ella comenta que es un conjunto de ideas y de
valores concernientes al orden político, cuya función es guiar los
comportamientos políticos colectivos y ser ejemplar.
Está claro, en lo que
concierne a los partidos políticos, que se mueven, o al menos así ha sido a lo
largo de la historia, por una idea, por un constructo
argumental para conseguir un objetivo común, que en definitiva es darle
satisfacción a la sociedad y a la vez adornarla con un ribete de tinte moral.
Así, el marxismo iba por la abolición de las clases sociales y de la propiedad
privada; el socialismo, no el real ni siquiera el utópico, sino el
social-democrático, que es el de ahora, dicen, por una sociedad igualitaria,
donde los ricos sean cada vez menos ricos, e ir acortando las distancias que
les separan de los menesterosos; el liberalismo, ya se sabe, la libre
iniciativa, el mercado que pondrá las cosas en su sitio, o el nacionalismo, que
está por la construcción nacional de los pueblos para conseguir la
independencia.
Todo esto al menos se
desarrollaba, así lo parecía, dentro de la más exquisita coherencia y era casi
inadmisible que un tránsfuga pudiera tocar en las puertas de una determinada
organización política y se abriera ésta de par en par. Seguramente, si el
fundador se levantara y viera este tipo de martingalas pensaría que estaría en
otro partido, no en aquel revolucionario que quiso cambiar la sociedad desde
unos principios morales y éticos irrenunciables. Algunas organizaciones, por
ese motivo, han quebrado su estructura, su superestructura, como diría un marxista,
situando a ésta en el descrédito total.
Sabíamos de tránsfugas
que transitaron hacia otras fuerzas políticas y que desde su intranquilidad y
posicionamiento iluminista no cesaron en creerse portadores de valores
magníficos y de sabiduría preclara y no son capaces de encontrarse a sí mismos
si no están de nuevo en el tajo, porque al final de mes hay que tener unas
perritas en el bolsillo.
El tránsfuga hasta
cierto punto está liberado de toda culpa, está en su papel, pero lo que se hace
difícil de entender es que organizaciones que presumen de estar instaladas en
la puridad política cuando a ella llegan ciertos especímenes, se les dé un
abrazo como el de Vergara. Deben de ser, tal vez, organizaciones que han
fracasado desde su debilidad y piensan que se fortalecerán por medio de los que
aportan demagogias, dimes y diretes.
Las ideologías, y
caminamos ahora hacia la vertiente filosófico-política, tienen una
característica común que nos dice y alumbra muchas cuestiones. Esa
característica común es el pensamiento dualista, ligado al funcionamiento de
determinadas áreas de la corteza cerebral.
La ideología para
algunos, y es casi la última versión, potencia la misma estructura que la
esquizofrenia. O sea, que la historia, al igual que los esquizofrénicos, no se
vive, sino que se sueña. Esta visión dualista del mundo, al ser más simple y
objetiva, al ser el pan de cada día en el oportunismo, es fácilmente asumida
por la mayoría de la población que lo ve hasta bien; de ahí que las ideologías
se bamboleen, se les den patadas, se retuerzan sobre sí mismas, pierdan su
esencia y terminen siendo un esqueleto, sin vida, sometidas al negocio, al más
puro negocio del que no quiere perder la poltrona como medio de vida y que para
conseguir lo que pretenden les importa un pimiento titularse hoy de una manera,
ayer de otra y de otra también antes de ayer.
El mercadeo de las
ideas debe perseguirse, pero para ello hay que ser profesionales de la política
y haber accedido a esa alta tribuna por méritos propios, no por palabrería farragosa,
no por simplezas y menos por la vía del transfuguismo. Las organizaciones
políticas, ahora que la política está en altas cotas de desprestigio, deben
comenzar a sanearse y saber quién es quien en la vida pública de aquí o de allí
para evitar sobresaltos posteriores.
Darles patadas a las
ideologías puede sonar hasta bien, pero el ruido que se hace es ensordecedor, y
de elegancia, nada de nada.