REFRESCANDO
LA MEMORIA (XV)
Si
las hay, que no lo dudo, pocas existencias tan apasionadas y apasionantes como
la de nuestro paisano Niolás Estévanez
y Murphy. Sólo, desde mi punto de vista, le falta a su biografía que era un
apasionado de algún instrumento musical y que en sus tiempos de ocio, estudiaba
el cielo y la flora allí dónde estaba.
Liberto
"PENSAMIENTOS INACTUALES"
Estos pensamientos no son precisamente
imitación de Pascal; pero hoy me ha dado por la Metafísica. Filosofemos, pues
las revoluciones dignas de tal nombre las hace el pueblo. Un partido político
no ha hecho jamás una revolución. A lo sumo, iniciarla.
Partidos que se tienen por revolucionarios
suelen decir que no se mueven por carecer de armas y de municiones. Puede ser
que carezca de armas un partido; el pueblo, nunca. En toda ciudad grande hay
siempre más armas de combate que combatientes posibles. En las guerras civiles
y en las revoluciones populares, el mejor armamento no es el más perfeccionado
ni el de más universal nombradía, sino el de menos peso.
Cuando en las guerras modernas se agotan
los cartuchos, es más difícil igualarlos que igualar las condiciones
destruyendo los del enemigo. Con un fósforo se hace volar un repuesto; con una
bomba se destruye un parque.
En todo campo de batalla, poblado o
despoblado, hay unas cuantas posiciones decisivas; la victoria es del primero
de los beligerantes que las ocupa sólidamente. La fuerza que entra en batalla
sin reservas siempre es vencida. En la guerra campal, los ejércitos las
establecen a retaguardia de su centro o de sus alas; en la lucha de calles, el
pueblo debe situarlas en el subsuelo. ¿Qué ciudad no tiene catacumbas,
alcantarillas o siquiera sótanos? En las antiguas revoluciones el triunfo era
de los bravos; en las modernas de los fuertes, de los astutos, de los previsores;
en las venideras, seguramente será de los electricistas. Estudiad, jóvenes, las
mil aplicaciones de la electricidad. Cuando un partido consigue la victoria por
la violencia, más que a su fuerza la debe a la flaqueza del contrario. No hay
ejércitos que basten para vencer a un pueblo. Pero un partido político jamás ha
sido un pueblo; ni siquiera todos los partidos juntos suman la cuarta parte de
la población.
En la guerra de las calles es más útil
para los revolucionarios matar caballos y mulas que generales o jefes. Y el
ganado mismo es preferible no matarlo: basta con herirlo o
"adormecerlo". El combatiente irregular no debe ser pródigo en sus
proyectiles, que suelen andar escasos. No debe tirarse a los inofensivos, como
tambores, músicos y capellanes. Solamente se debe afinar la puntería cuando se
tiene enfrente un general o un caballo; sobre todo un caballo, porque no hay
esperanza de que éste capitule. Una agresión a palos y pedradas es rechazada a
veces con fusiles y cañones. Por eso es lícito responder a los disparos de
fusil y cañón con todos los inventos, con todos los ingenios, con todos los
explosivos presentes y futuros.
Que los viejos son inútiles para guerrear
lo sabe todo el mundo; pero pocos saben el por qué. Es que les pesan las
piernas, por lo cual no corren. ¡Correr!... A eso se reducen las guerras
irregulares. Véase la historia: Toda sublevación que se ha iniciado de noche ha
sido fácilmente sofocada; las que han triunfado, así en España como en el
extranjero, han sido siempre diurnas. Y se comprenden bien: Una sublevación en
pleno día puede sorprender a las autoridades; en la callada noche, la policía
más torpe advierte preparativos. De día produce indefectiblemente confusión y
pánico; de noche, el enemigo tiene las calles libres para maniobrar. Y, por
último, los ciudadanos que han de auxiliar una sublevación abandonan más
fácilmente, si es de día, la oficina, el taller o la taberna, que si es de
noche la mujercita y la cama.
Conviene que el caudillo popular en un día
de revolución, entienda poco o no entienda nada de milicia, porque si es
militar verá en seguida muchas deficiencias, echará de menos varias cosas y
vacilará. Un hombre civil, desconocedor del arte de la guerra, tendrá la osadía
de la ignorancia. Es el caso de cierta amputación que fue necesario hacer por
un accidente de cacería: un doctor allí presente no pudo practicarla porque se
carecía de instrumentos, de aparatos profesionales, de desinfectantes y hasta
de agua pura; y un campesino la ejecutó felizmente con su cuchillo de monte.
Al primer amago de motín acostumbran los
Gobiernos enarenar las calles. No está mal discurrido cuando se trata de algún
motincito callejero. En un día de verdadera revolución toda la arena del
Gobierno será poca para dar gusto a los revolucionarios, y éstos harán bien en
agregar la suya, elaborada según cierta receta que les ofrece gustoso el que
suscribe. Iniciada una revolución, el pueblo no debe consentir que se cierren
los zaguanes. Es cuestión de humanidad: cada zaguán debe ser una Casa de Socorro.
A puerta cerrada, hachazo limpio. No niego que en un día de revolución
necesiten las fuerza populares fusiles y cartuchos, pistolas y petardos,
pólvora "con humo" y dinamita; pero lo indispensable es disponer de
picos, palas azadones, hachas, clavos y martillos. Las cuerdas de cáñamo serán
muy útiles. Se dice que las barricadas han llegado a ser inútiles; no fueron
nunca de mucha utilidad, pero lo más desastroso es el obstinarse en
defenderlas. No son para defendidas, sino para incendiadas. El verdadero objeto
de una barricada es atraer al enemigo a determinado punto para alejarlo de
otro. Las mejores barricadas son las de papel, singularmente las que se
construyen con muchas resmas de papel de barba, de papel de estraza y aun de
papel sellado. Pero las futuras barricadas serán aéreas y eléctricas.
¡Si las viera yo!
N. Estévanez y
Murphy (Las Palmas de Gran Canaria 1838- París 1914)
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LA MEMORIA (XV)