Esos personajes que nos llegan de allá

 

 

Juan Jesús Ayala

A veces pienso si en nuestras universidades e instituciones académico-culturales no existen personas de relevancia intelectual suficientes que sean capaces de emitir o fabricar opinión sobre esta o aquella cuestión en un ámbito público, coloquio, soliloquio, o lo que sea, y tengan que venir de allá determinados personajes que, sin quitarles relevancia, poco o nada contribuyen a desbrozar el pensamiento y todo lo que gire en torno a la preocupación de la sociedad actual, actuando como meros diagnosticadores de una situación sin apenas fundamentos, repetitivos y adornados con retóricas vacuas.

Esto, no obstante, se puede digerir aunque sea a duras penas, pero el repateo llega cuando, después de embolsarse unos cientos de euros, nos largan lo de siempre: qué bien viven, qué encanto el de las islas y qué pena el poco tiempo que disponemos para disfrutar de tanta belleza.

Pero la incomodidad llega al observar estas actitudes que en parte no son de ellos las responsabilidades que hay que soportar, sino de aquellos que creen que trayendo gente de allá, orillando a los de aquí, dejándolos de lado, el avance es más que evidente y que la profundidad de sus argumentos es tal que nos dejan completamente alelados.

Y la cuestión es aún más repelente cuando son algunos canarios de la diáspora, que viven muy bien dentro de ofertas culturales y opinadoras en diferentes medios y que una vez que se les trae aquí para dirigir este o aquel coloquio lo hacen con un empavonamiento que raya el ridículo, porque intentan emular al que se lo sabe todo y de todo entiende, a veces más que los que han venido como protagonistas de la circunstancia.

Nuestras universidades cuentan con profesores, catedráticos y un sinfín de investigadores en múltiples disciplinas que abarcan desde la política al pensamiento, la economía y las ciencias, pasando por la medicina, la psicología y sociología, que transitan no sólo por el ámbito canario, que es el que nos debe preocupar, sino más allá, en el de la globalización. Ellos seguro darán en el clavo, y el aire que se respiraría sería el mismo, fresco y con la enjundia suficiente para saber de lo que se está hablando.

Por supuesto, el pensamiento es universal y no hay que acantonarlo, y si algún Premio Nobel nos llega, pues bienvenido sea, pero el conocimiento en las Islas tiene preponderancia y puede llegar, si es que se hace llegar a todo el ámbito canario, aunque a veces haya que romper una lanza por la majadería de las universidades de verano, que no cumplen con el concepto de universidad. La universidad debe continuar en su sitio, no tener cátedras ambulantes, y el que quiera beber de sus esencias que se acerque a ella, a sus investigaciones, a sus laboratorios; que no sean estas un mero pasatiempo embutido en sandalias y en pantalón corto con las playas del sur como el mejor referente.

Pudiera ser que desde un esnobismo acendrado o por una simple conjetura mental se llegue a la conclusión de que el extraño, el que nos llega de afuera, es el sabio, el que va a descubrir lo que hay en Marte y con sus latinajos reforzados con la "c" y la "z" nos va a dejar embabiecados con lo que se saldrá de allí, encandilados de tanta luz cegadora por tamaña sabiduría latente.

En lo referente a la cultura, entendiendo que de lo que estamos hablando forma parte esencial de la misma, habría que tener un poco más de sensibilidad para los nuestros, los que trabajan y piensan aquí y sobre cuestiones de aquí. Con ello no se pregona el rechazo, todo lo contrario. Habría que tender a promover una simbiosis que descubra a veces dónde está la trampa y el cartón. La inteligencia en su más alta esencia está capacitada para ello y es necesario ponerla en rodaje, no dejarla anquilosada, o secuestrada, en los recintos de nuestras universidades e instituciones culturales, las que tienen unas potencialidades intelectuales de altura, quiérase o no.