El PNC, imprescindible en la unificación nacionalista
Juan
Jesús Ayala
También nosotros
suspiramos por la unión; también nos esforzamos porque la unión real de los
hijos de las Islas Canarias se efectúe, puesto que semejante acuerdo sería la
salvación del Archipiélago, la felicidad de sus habitantes, la instrucción de
nuestros hijos, la dignidad reconquistada y el respeto que merecemos; sería un
baluarte contra las iniquidades de las que venimos siendo víctimas".
(Secundino Delgado
en "Vacaguare")
Es imposible lograr la
unificación nacionalista sin que esté presente el PNC. Si fuera así se lograría
una conformación inconclusa, carente de acento nacionalista y, sobre todo, sin
el ribete fundamental de una historia, la del PNC, primer partido que ha
transitado por esa ideología y que ha marcado dentro de la simbología y
decisión nacionalistas una comprometida preocupación por Canarias, por situarla
en el sitio que le corresponde dentro del espacio socio-político.
El PNC, desde sus
inicios, el 30 de enero de 1924 en La Habana, ya tuvo confrontaciones internas
puesto que mientras su presidente y fundador, José Cabrera Díaz, apoyaba,
dejando atrás sus tesis independentistas, un autonomismo para Canarias emulando
a Secundino Delgado, otros destacados dirigentes se definían independentistas a
ultranza.
Debates y planteamientos
que se han sucedido a lo largo de su historia y que, a pesar de los congresos
que se han celebrado, siguen revoloteando en el ámbito del partido, o mas bien
dentro de la conciencia de muchos de sus militantes.
En el X Congreso
Nacional se decidió como objetivo ir hacia una Confederación de Estados porque
se entendía que en primera intención era lo más posibilista y transitorio para
que las políticas y decisiones estatales fueran conformándose en ese sentido.
Máxime cuando Cataluña y Euskadi tendían a ir por ese camino. Camino que será
imposible de recorrer, y tal vez de iniciar, si no existe una fuerza única y
nacionalista capaz de obligar a las mayorías, PP-PSOE,
a una modificación sustancial y contundente de la Constitución.
Ese camino, desde
Canarias, tendría que establecerse desde la unificación y transitar hacia ese
objetivo; el disgregarnos, aún sin unirnos, es continuar instalados en la
ambigüedad, en la indefinición que, al no tener claro el objetivo lo que se
lograría sería una muerte súbita que desgarraría la posibilidad de un entusiasmador y definitivo proyecto nacionalista.
De ahí que sería
importante y consecuente la unificación. En eso podríamos, seguramente, desde
la teoría y desde la parsimonia estar de acuerdo, ¿pero sería pedirle peras al
olmo la celebración y tendríamos el suficiente coraje para verificarlo un
Primer Congreso Nacionalista donde decidir y definir un objetivo político común
que en estos momentos, y como prólogo para luego pensar en mayores y
contundentes decisiones no podrá ser otro que tender a una confederación de
Estados, a una cosoberanía?
Con ello se
rescatarían soberanía y competencias, las máximas posibles al estado,
quedándose en sus capacidades y dominios sólo defensa y moneda, con lo cual
este se adelgazaría sustancialmente. Pero esto se conseguiría siempre y cuando
se forzara, como antes mencioné, un cambio constitucional, un nuevo modelo de
Estado.
Hace falta, pues, que
los nacionalistas, las organizaciones que así se denominan, y no es perogrullo, seamos de una vez eso, nacionalistas, y no de
boquilla; lo pongamos en práctica un día y otro también. Si seguimos pensando
en insularismos (pan para hoy y hambre para mañana),
sería fatal, aniquilador y anquilosante. Si seguimos
pensando en la provincia y reivindicando pleitos sería rizar el rizo de la
inconsecuencia y pobreza argumental. Para pensar Canarias como un territorio
único no hay otra alternativa que hacerlo desde posiciones nacionalistas
universales y tener entre todos la idea clara de qué es lo queremos para las
Islas. De ahí la necesaria unificación, de ahí la necesidad perentoria de un
primer congreso nacionalista.
No debemos doblegar la
idea de Canarias cada uno por su lado, eso sería un canto al disparate y,
además, no es correcto porque enlentece y dificulta
cualquier proyecto nacionalista serio, a la vez que pudiera tenerse la
sensación de ser más torpes que aquellos que dicen defender las Islas desde
posiciones estatalistas-centralistas.
Adelantarse a los
acontecimientos es fundamental en política para que nadie nos coja con el paso
cambiado y que nos vengan con dictados que hacer o dejar de hacer aquellos que
son nuestros ajenos y que mueven los hilos ocultos de decisiones que se toman
siempre a espaldas nuestras.
Tendremos que ir hacia
un nacionalismo universal canario sin apreturas, pero también sin olvidos.
Todos seremos necesarios para construir el universo nacionalista canario.
Así que unificación
ya, congreso nacionalista de inmediato. Sin estas dos situaciones puestas en
disposición para el trabajo político y por la vía rápida seguiremos diciendo no
se sabe cuántas cosas, pero ajenos a nosotros mismos y perdiendo el tiempo. El
tiempo político en meras discusiones teóricas que hacen que una cuestión
fundamental como es el futuro de las Islas se nos escape de las manos.
Y el PNC es
indispensable para esas dos circunstancias políticas que se deben propiciar sin
dilación. Por su historia, por ser referencia legítima y consecuente del
nacionalismo canario, porque hemos avanzado en el entendimiento sobre lo que
debe ser Canarias dentro del espectro del resto de los pueblos y entender un
nuevo modelo de convivencia con el Estado, donde se sea menos estado Español y
más nación-estado canaria.
El PNC debe estar
porque conserva dentro de sí la convicción nacionalista capaz de encauzar el
pensamiento, de posicionar un estilo sin trabas ni ambages conceptuales, porque
a través del tiempo hemos agrandado nuestra conciencia política sin
disquisiciones ni inconsecuencias.
Cuando el PNC cumple
sus 86 años de existencia no sólo debe ser este un momento para la reflexión
mas allá de la historia, sino también un punto de arranque de nuevas propuestas
aglutinadoras en torno a su ideología que no es otra, dentro del espíritu
heredado de Secundino Delgado, que impulsar al archipiélago por la senda que le
corresponde, y de una vez por todas, si es que tenemos un ímpetu nacionalista
consolidado para construir definitivamente Canarias con todos los atributos de
una nación.
Si esa fecha sirviera
de reflexión y como punto de partida para el resto de las organizaciones
nacionalistas entonces sí que habríamos dado un primer paso imbuido con todo el
esplendor de una nueva esperanza.