“Pobretariado”:
¿nuevo sujeto revolucionario?
Marcelo Colussi
1. Esquemas clásicos y neoliberalismo
Cuando a mediados del siglo
XIX Marx y Engels escribían el Manifiesto Comunista, no cabía ninguna duda que
el fermento revolucionario de la sociedad industrial que tenían a la vista era
la clase obrera. El llamado de “¡Proletarios del mundo, uníos!” tenía
una lógica indubitable en ese contexto. Hablando de una sociedad altamente
industrializada como la británica de ese entonces -marcando el ritmo del
capitalismo ascendente que comenzaba a expandirse por todo el mundo y que
sepultaba definitivamente al feudalismo en Europa terminando al mismo tiempo con
otro tipo de formaciones económico-sociales precapitalistas en los países donde
iba imponiéndose- se desprendía de suyo que esa clase trabajadora estaba
llamada a ser el motor del cambio social en ciernes -que, se suponía en ese
momento, incluso como casi inminente-.
En los países periféricos, en
aquellos donde el capitalismo se abría paso pero que estaban lejos de
estructurarse aún según el modelo ya triunfador en
Desde Latinoamérica,
continente muy poco desarrollado en términos industriales en comparación con
las metrópolis que le marcaban el paso, e incluso con una gran presencia de
población indígena -lo cual abre otra compleja problemática paralela- surgieron
muchas respuestas a esos interrogantes teóricos. La clase obrera industrial,
característica dominante de los países industriales del Norte -europeos y
Estados Unidos- es una realidad de los modelos de sociedades desarrolladas, con
una gran producción dedicada a mercados ampliados, con tradición sindical, con
poca población campesina. Y esa fue -¿sigue siendo?- la vena revolucionaria, el
elemento llamado a cambiar las relaciones de producción -al menos así siempre
lo concibió la teoría- a través de una acción transformadora, en lo político en
principio, y a mediano y largo plazo en lo económico y en lo socio-cultural.
Pero la experiencia de la mayoría de los países del mundo no fue por ahí: lo
que predominó durante todo el siglo XX fueron sociedades agrarias, casi sin
proletariado urbano, con poco desarrollo sindical, basadas en la producción
agroexportadora o de productos primarios para beneficios de sus oligarquías y
en precarias economías de subsistencia para las grandes masas, campesinas en su
mayoría, sociedades que abren entonces interrogantes a la teoría marxista, no
para negarla, sino para invitar a nuevos planteamientos.
Así fueron surgiendo, en
distintas latitudes del llamado Tercer Mundo, nuevas reflexiones sobre estos
temas: ¿cuál es el “verdadero” sujeto revolucionario?; ¿qué pasa cuando hay una
clase obrera muy pequeña o cuando esta no existe?, ¿es posible el paso al
socialismo en países enteramente agrarios? Líderes y pensadores socialistas
dejaron importantes aportes al respecto: Mao Tse Tung, Ho Chi Ming, Ernesto
Guevara, Patrice Lumumba, José Mariátegui, Franz Fanon, Julius Nyerere, entre
otros -la lista es larga y de muy alta calidad- son algunos de los numerosos interlocutores
de este debate. En ese sentido puede decirse que hasta la década de los 70 del
pasado siglo, estos temas estaban en la agenda del campo popular y
revolucionario de todo el mundo, dado que se vivía para entonces un clima de
cambio y, de hecho, con el flujo de movimientos populares en ascenso en los
países de base campesina del Sur, estas cuestiones estaban a la orden del día. Mientras
tanto, el proletariado industrial de los países desarrollados del Norte por
diversos motivos no había llegado aún a su cita con la revolución socialista.
La euforia revolucionaria de aquellos años fue
respondida con brutalidad; al ascenso de movimientos populares y grupos de
acción armada de los 60 y 70, con una Unión Soviética aún pujante y una
República Popular China que despertaba actuando ambas como telón de fondo de
esa marea transformadora que se movía por todos lados, siguieron en años posteriores
represiones feroces (las dictaduras que bañaron en sangre Latinoamérica por ejemplo),
sobre las que se erigieron más tarde los planes neoliberales. Con la caída del
campo soviético, en la década de los 90 el triunfo del capital global (léase
multinacionales con socios locales en los distintos países según los casos) fue
absoluto, y la marea de cambios de décadas atrás quedó sepultada. Así, en la
lucha entre capital y trabajo asalariado, para decirlo en términos de análisis
marxista, triunfó el primero de ellos. El retroceso en los derechos de los
trabajadores fue enorme; conquistas laborales obtenidas en gloriosas jornadas
de lucha a lo largo del siglo se perdieron de un plumazo. La precariedad laboral
se impuso por todos lados, en la industria próspera del Norte y en el siempre
postergado y empobrecido Sur.
Así fue constituyéndose un
nuevo panorama sociopolítico y económico del mundo: para los 90, para los
inicios del nuevo siglo, la revolución socialista parecía haber “pasado de
moda” ganando en preponderancia la lucha por la pura sobrevivencia, cada vez
más difícil, dado que las condiciones laborales y de subsistencia en general se
habían tornado desastrosas. Los sectores asalariados, a lo largo y ancho del
planeta, quedaron golpeados e indefensos ante el capital que impuso leoninas
condiciones de superexplotación. Para decirlo con nombre y apellido: contratos “basura” sin prestaciones laborales, tercerización o
subcontratación, deslocalización laboral (eufemismo por expresar: condiciones
de trabajo de terrible explotación en
Ese contexto general y sus
inmediatas repercusiones lo explica perfectamente Atilio Borón, refiriéndose a
la experiencia latinoamericana, cuando dice que [el
esquema neoliberal] “precipitó el surgimiento
de nuevos actores sociales que modificaron de manera notable el paisaje
sociopolítico en varios países. Es el caso de los piqueteros en Argentina; los
pequeños agricultores endeudados en México, organizados en el movimiento “El
campo no aguanta más”; el fortalecimiento de los sectores indígenas en Bolivia
y Ecuador. Habría que añadir a los jóvenes privados de futuro por un modelo
económico que los condena a su suerte. En fin, el neoliberalismo dio paso a la
aparición de un voluminoso subproletariado que Frei Betto ha denominado
“pobretariado” del cual hacen parte desempleados, subempleados y trabajadores
precarizados e informales.”
Con lo cual llegamos a un
planteamiento nuevo, quizá inconcebible hace 30 años atrás: ¿quién es hoy el
sujeto de la revolución (que obviamente “no pasó de moda”) luego de estos
cambios dramáticos en que los trabajadores han perdido tanto terreno? Fidel
Castro se preguntaba recientemente: “¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la
existencia de una clase obrera en ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea
de hacer parir una nueva sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para
comprender que esta clase obrera -en el sentido marxista del término- tiende a
desaparecer, para ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable
conjunto de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito
económico, hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse en
la nueva clase revolucionaria?”
Decíamos
“planteamiento inconcebible” puesto que, en el medio de aquella marea
revolucionaria de hace unos pocos años, con sus excesos si se quiere, pero tan
llena de una energía que hoy pareciera hacer falta, jamás a nadie se le hubiera
ocurrido pensar en una “heterodoxia” tan grande como que el catalizador del cambio
social vendría dado por trabajadores desocupados, por “informales”. Con el
nuevo escenario abierto por las políticas del Consenso de Washington, se abren
nuevas preguntas. Quizá no sin cierto esquematismo, pero con una vitalidad
definitivamente honesta y sana, desde una visión clásica del socialismo, años
atrás se podría haber considerado a los sectores informales como parte de lo
que se llamaba “lumpen” (término alemán utilizado por Marx e incorporado al
vocabulario de las izquierdas para referirse a la marginalidad, siempre con un
sentido un tanto despectivo). Y nunca, tanto en un esquema de revolución
proletaria industrial con base urbana o de proceso campesino-agrario, esa
“marginalidad”, ese sector informal, se lo pensaba como un factor de cambio.
Lo
cierto es que desde
hace algunos años, con el desarrollo de las políticas neoliberales de ajuste
estructural y super división internacional del trabajo, el mundo fue tomando
tales características que hicieron que el fenómeno de la marginalidad dejara de
ser algo circunstancial para devenir ya estructural. Hoy día asistimos a la
marginación ya no sólo del harapiento, del mendigo en la puerta de la iglesia,
sino de poblaciones completas. Se habla de “áreas marginales” (los barrios
precarios, las “zonas rojas”, que en muchas grandes ciudades latinoamericanas
representan más de una cuarta parte de su población. ¿Acaso de verdad “están al
margen”?). Si bien nadie lo dice en voz alta la lógica que está en la base de
esta nueva exclusión parte del supuesto de “gente que sobra”. Estamos ante un
mundo dual: uno oficial, el integrado, y otro que sobra, marginal, excluido de
raíz.
2.
Un nuevo sujeto social
Ahora
bien: ¿de qué manera ese “pobretariado”, ese variado abanico de marginalizados
y empobrecidos, quienes obviamente siguen siendo trabajadores pero que están
cada vez más a merced de las fuerzas del capital, de qué manera puede
constituirse en la nueva clase revolucionaria?
Por lo
pronto, centrándonos en la experiencia reciente de América Latina, vemos que
esas masas empobrecidas muchas veces toman la palabra, y quizá sin una
Todo lo
cual plantea la pregunta -¿la duda?- respecto a las posibilidades reales de
transformar todo ese potencial de disconformidad en una lucha clara por la toma
del poder político y la construcción efectiva de alternativas superadoras en
términos socioeconómicos. Ese “pobretariado” disperso, sin mucha cohesión como
clase, más desesperado por la sobrevivencia cotidiana que las políticas de
ajuste estructural le han impuesto que preocupado en proyectos políticos
transformadores de largo alcance, en principio se ve como bastante disperso,
desunido. Al respecto no puede dejarse de considerar que, ante tanta dispersión/desesperación
y falta de proyecto, esas masas pueden terminar siendo fácilmente clientelas de
las fuerzas políticas demagógicas y populistas de las derechas. No podemos
negar que en muchos de los países latinoamericanos, merced a esa
despolitización forzada a que llevó el neoliberalismo, agravada por los niveles
de violencia cotidiana siempre crecientes (muchas veces manipulaos por las
mismas derechas) ante lo que las respuestas mesiánicas aparecen como maderos
salvadores, enormes cantidades de pobres -pobres de siempre, nuevos pobres,
obreros desocupados, campesinos urbanizados en condiciones de precariedad, jóvenes
sin futuro, etc.- han ido a parar a partidos y organizaciones de derecha
(semi-fascistas en muchos casos), o a iglesias evangélicas fundamentalistas
-siendo estas últimas una geoestrategia montada por Washington para
contrarrestar la rebelde Teología de
3.
¿Qué hacer?
Hoy por
hoy el proletariado como clase, como obreros industriales que operan las
maquinarias en los enormes centros fabriles, no es mayoría numéricamente. Las
nuevas tecnologías de automatización y robotización lo van adelgazando a pasos
agigantados mientras el sector servicios crece sin par. Por otro lado, no hay
dudas que se le ha golpeado muy duro como clase, tanto en el Norte como en el
Sur, haciéndosele retroceder en sus conquistas laborales, desmovilizándolo,
maniatándolo -ya sea por su asimilación como consumidor acrítico en los países
con mayor poder adquisitivo durante largas décadas en el siglo XX y por su pérdida
de conquistas sociales recientemente, o más aún, por la represión abierta
cuando se pasa de la raya en sus reclamos, agravado ello en estos últimos años,
más aún en el Sur-. Por otro lado, el campesinado de los países dependientes
cada vez más queda subsumido a la producción agroexportadora que fijan las
potencias del Norte en connivencia con las oligarquías del Sur, perdiendo su
capacidad productiva para la autosubsistencia. En ese mercado internacional manejado
por multinacionales planetarias su incidencia se ve
reducida en este enfrentamiento asimétrico con los grandes capitales
globalizados, con el consiguiente empobrecimiento que ello le acarrea. En
síntesis: todos los trabajadores, industriales o agrarios, al igual que los
otros sectores urbanos (sector servicios, profesionales), quedan cada vez más
sujetos a las fuerzas de los insaciables capitales, por lo que el proceso de
“pobretarización” avanza por todos lados. Cada vez más gente se “pobretariza”,
se precariza.
Ante ese
panorama, y con realismo político, no hay más alternativa que tomar la
situación político-social tal como está planteada y trabajar a partir de esos
datos concretos. Esperar la movilización de las “grandes masas proletarias”
para acometer una nueva toma “del palacio de invierno del Zar”… sería un
dislate. La realidad impone que hoy la madera del posible sujeto revolucionario
está dada por otra cosa: jóvenes desocupados de los barrios marginales, quizá
muy próximos a ingresar en una pandilla, o madres solteras que sobreviven como
vendedoras informales, quizá inmigrantes indocumentados o movimientos étnicos
que reivindican su cultura ancestral así como sus territorios históricos de los
que fueron despojados, campesinos sin tierra desposeídos de sus parcelas por
los cultivos de agroexportación, habitantes de los interminables cinturones de
pobreza urbana… Esa amplia sumatoria de descontentos y no un proletariado
organizado sindicalmente pareciera ser hoy el verdadero fermento que puede
encender procesos de transformación. Temáticas que algunos años atrás, no sin
cierta cuota de dogmatismo, se veían como productos marginales
(lumpen-proletariado), pasan a ser hoy la chispa que puede disparar cambios.
El descontento,
la angustia por las pésimas condiciones de vida, el malestar generalizado siguen
estando. Las políticas neoliberales de estos últimos años vinieron a potenciar
todo ello. Si por un lado sirvieron para quebrar procesos organizativos, por
otro ampliaron la masa de disconformes, y en mucho casos desesperados, que “no tienen nada que perder más que sus
cadenas”. De ningún modo puede decirse que el neoliberalismo fue una buena
noticia para el campo popular pese a que puede haber abierto los ojos de muchos
sectores. Creer eso sería incorrecto, y fundamentalmente: muy injusto. Pero es
cierto que igualó hacia abajo a variados y enormes colectivos sociales, y ahora
hay ahí un potencial de disconformidad, de descontento muy grande que debe
saber usarse para encauzarlo con fines antisistémicos. Descontento, en ese
sentido, mayor que el de algunas décadas atrás.
La lucha
que tiene por delante un planteamiento de izquierda es grande; grande y
sumamente difícil: ante ese enorme descontento generalizado, ante esta
precarización que toca cada vez a más sectores, las propuestas clientelistas de
la derecha o las salidas individuales de salvación que ofertan los proyectos
religiosos cada vez más en boga, son una tentación. La lucha revolucionaria hoy
en cierta forma se enfrenta a esa oferta, a una parálisis de pensamiento
crítico, a estómagos vacíos con la incertidumbre de no saberse cuándo volverán
a llenarse. Ese es un desafío grande, enorme: las fuerzas de la izquierda se
enfrentan hoy a la desesperanza. Ese es, en un sentido, el peor de los
enemigos.
El
trabajo político en el campo popular ante esta bastante desoladora situación
debe intentar recomponer una unidad entre los trabajadores hoy día sabiamente destruida. Son aquí elocuentes las palabras de Raúl
Scalabrini Ortiz: “nuestra ignorancia fue
planificada por una gran sabiduría”. Parafraseándolo podría decirse, viendo
la situación mundial actual, que “nuestra desunión fue planificada por una gran
unión”. El capitalismo, que ya no el neoliberalismo, se muestra en la
actualidad, luego de la caída del muro de Berlín, como sistema monolítico. Por
supuesto que tiene fisuras, que hace agua, que su expresión financiera a
ultranza entró en crisis recientemente ocasionando pérdida
multimillonarias; pero como sistema, insistimos, como gran capital
globalizado, está aún lejos de caer. Pero no está escrito para la eternidad que
no vaya a caer. Aunque el campo popular aparece hoy golpeado y bastante
desorganizado, sigue estando presente. Y así como todo cambia, también las
formas de lucha popular cambian. Lo que años atrás no se concebía sino como
marginalidad -equivocadamente o no-, hoy puede ser un elemento de la más grande
importancia por su potencial de transformación. Es ahí, entonces, donde los
planteos progresistas deben poner el acento.
Transformar
revolucionariamente la sociedad, en definitiva, es eso: permitir abrir nuevas
actitudes, nuevas visiones de lo humano, buscando mayores cuotas de justicia
para todas y todos. Si el vehículo que posibilita eso es la clase obrera u
otros sujetos sociales, ese no es el fondo último de la cuestión. Lo que sí
está claro es que las sociedades basadas en la propiedad privada -invento
bastante reciente en la historia de
El
neoliberalismo imperante en estos últimos años, hoy en crisis, viene a
demostrar en definitiva que lo que no tiene viabilidad es el sistema
capitalista en su conjunto. Un mundo dividido en “integrados” y “sobrantes”,
además de ser un disparate en términos éticos -eso no admite discusión
siquiera- es insostenible en términos políticos, a no ser que se elimine físicamente
a todo aquel que sobra. Y si por último esa fuera la estrategia que anida en
los planes maestros del gran capital, es decir: un mundo para una pequeña
cantidad de población y la consecuente eliminación de todos los que “sobran”, los
que no “se integran”, los “pobretarizados” del mundo que consumen recursos pero
no pagan por estar excluidos del sistema económico, por razones de
sobrevivencia elemental de nuestra especie no podemos permitirlo.