HABLA
BIEN Y NO MIRES A QUIÉN:
EL
PODER DE LA PALABRA HABLADA
Mafersa
Se acaba de impartir el curso “Cómo hablar siempre con
eficacia” por parte del profesor Ángel Lafuente Zorrilla, licenciado en
Filosofía por las universidades de Comillas y Complutense de Madrid, y fundador
del Instituto de Técnicas Verbales, y autor de un método que difiere de cuantos
existen en el mercado internacional.
Este curso, que se complementa con las prácticas
impartidas en el Taller, que, como curso independiente, se impartirá en la sede
de la Universidad de verano de Maspalomas, completa una formación importante en
lo que, según el profesor Lafuente, es “la otra carrera necesaria”, aunque, el
gran taller de la palabra hablada es la vida misma, la vida diaria, donde hay
que aplicar lo impartido en dicho curso.
El ser humano está destinado, por naturaleza, a la
comunicación. Hablar con eficacia es comunicar, transferir conocimientos, ideas
e impresiones, cuidando siempre la palabra, esa magnífica herramienta inventada
por el hombre para poder entendernos los unos a los otros.
No voy a mencionar aquí las reglas de oro de un
discurso, ni marcar pauta alguna de cómo prepararlo, pues, además de ser
imposible resumir dieciséis horas de duración del mismo en un par de minutos,
podría dar la impresión de que con lo que yo contase sería suficiente, y, nada
más lejos de la realidad, pues, aunque lo contase detalladamente, este es un
curso donde la actuación del profesor es determinante, no basta el método, sino
como lo imparte el profesor Lafuente, maestro indiscutible en el arte de la
oratoria.
He de confesar que si en la primera clase me pareció
que el profesor presentaba un ritmo hiperactivo, pues no paraba de moverse para
un lado para el otro, mover desaforadamente brazos y manos, gesticulando,
declamando, al día siguiente, ante la pregunta de un alumno, el profesor se
explicó: no es posible mantener la atención de un público en una conferencia o
clase más allá de tres cuartos de hora, por lo que, con el fin de mantener la
misma durante las dos horas que duraban las sesiones, tenía que mantenerse en
movimiento, pues nadie puede dejar de prestar atención a un conferenciante que
se mueve de un lado para otro sin parar, gesticulando o elevando
convenientemente la voz para enfatizar algunas de sus frases, y es que existen
tres maneras de prestar atención en el discurso: La intelectual, donde prestas
atención porque te interesa mucho lo que está diciendo el conferenciante,
porque es tu tema, lo que te gusta y despierta tu interés. La visual, donde el
público te sigue porque te mueves, gesticulas, etc. Y, por último, a auditiva,
donde los resortes para despertar la atención estriba en la voz, en las
elevaciones y moderación del volumen de la misma, en los silencios, en el
correcto manejo de la palabra, en la calidad de las misma, en la calidad de las
frases, en la pronunciación y en la vocalización.
Quién es capaz de pronunciar una frase correcta, es
capaz de pronunciar un discurso correcto, pues, al fin y al cabo, un discurso
no es más que una serie de frases, y un discurso de calidad es una serie de
frases de calidad. Si importante es la palabra, quizás sea el dominio de los
silencios en el discurso, más importante aún hasta tal punto que se ha llegado
a afirmar que quién domina el silencio, domina la palabra.
El comunicador no nace, se hace, el miedo escénico es
perfectamente superable, mediante la consolidación de la personalidad, siendo
la meta el placer escénico, esto es todo lo contrario. Frases como estas
encontramos en todo el curso, que, no sólo enseña oratoria, existe un
componente filosófico, ético y moral muy importante, en el mismo. Se pretende y
consigue aumentar la autoestima de los asistentes, se pierde el miedo al
ridículo, se echan abajo muchos “consejos” que mitifican la oratoria. Se nos ha
enseñado los tres amores o intereses básicos en la comunicación: amor por uno
mismo, por el destinatario del mensaje y por el mensaje en sí mismo. Si uno
sólo de ellos falla, no se produce la comunicación, o aminora su eficacia.
Recomiendo este curso a todas aquellas personas que ,por
una razón u otra, ha de dirigirse a un público, profesores, políticos,
conferenciantes, directores de empresa, ejecutivos, vendedores, y, como no, a
toda aquella persona que desee comunicarse correctamente con los demás, aunque
sea con la familia y los amigos, pues el dominio de la palabra confiere
seguridad en uno mismo, nos hace mas agradable a la vista de los demás, y, en
definitiva, nos confiere ventajas ante nuestros competidores, en este
competitivo mundo que nos ha tocado vivir.
Recién he recibido un correo con un power point con el
título EL PODER DE LAS PALABRAS, del que, por pertinentes, extraigo del mismo
las siguientes frases: Las palabras no las lleva el viento, dejan huellas y
tienen poder e influyen positiva o negativamente, curan o hieren a una persona.
Hay que cuidar los pensamientos porque ellos se convierten en palabras, hay que
cuidar las palabras, porque ellas marcan tu destino.
No hables cuando estés airado o resentido, habla
cuando estés en paz, pues, de las palabras dependen muchas veces ala felicidad
o la desgracia, la paz o la guerra. Una cometa se puede recoger después de
echarla a volar, pero las palabras jamás se pueden recoger una vez hayan salido
de nuestra boca.
Cuantas veces una palabra fuera de lugar es capaz de
arruinar algo por lo que hemos luchado cuantas veces una palabra de aliento
tiene el poder de regenerarnos y darnos la paz.
Una palabra amable puede suavizar las cosas
Una palabra alegre puede iluminarnos el día
Una palabra de amor puede curar y dar felicidad
Una palabra irresponsable puede encender discordias
Una palabra de resentimiento puede causar odio.
¡Las palabras son vivas!
Bendicen o maldicen
Alientan o abaten
Salvan condenan
¡De ti depende si las usas bien o mal!