El polvorín norteafricano
Juan
Jesús Ayala
Lo que acontece en
Túnez con la estampida del presidente Ben Alí y la de su mujer, que mandaba
tanto como él, ha dejado las calles de Túnez en un enfrascado tiroteo entre el
ejército y la guardia leal al expresidente y con un
nuevo gobierno no admitido por el pueblo. Ben Alí desalojó del poder al
presidente Habib Bourgiba en una maniobra de palacio
más que de un golpe de Estado, inaugurando así lo que se llamó el
"espíritu del 7 de noviembre", que no acabó de fraguar en avances
democráticos, lo que ha motivado las revueltas de última hora, puramente
popular, denunciando con violencia el malestar que se vive y sufre.
Para poder dar con
todas las claves de este fenómeno revolucionario popular que amenaza con
extenderse y emularse por el norte de África, hay un punto de inflexión que ha
estado larvado en la conciencia del pueblo tunecino y que se inició cuando el
general Rachid Amar fue alejado del ejército por no
disparar sobre las revueltas callejeras en las ciudades de Kaserine
y Thela, como así le había ordenado el expresidente Ben Alí. Este fenómeno tunecino no es más que
el inicio de una hoguera en un país que parecía idílico, cuasi paradisíaco,
pero donde se había instaurado una férrea dictadura en la que unos pocos
estaban en posesión de la riqueza y el resto, en un país de diez millones de
habitantes, en la miseria y descaradamente amordazados. De ahí que para
mantener el orden y bloquear las libertades, las fuerzas policíacas cuenten con
150.000 personas frente a los escasos 30.000 que componen el ejército. Ha sido
el desajuste social, la pobreza consolidada, la pérdida de la democracia y las
libertades, así como el despilfarro visto a los poderosos, lo que ha ocasionado
que lo acontecido sea el inicio de la mecha que pudiera prender el polvorín del
norte de África.
En Marruecos sucede
otro tanto. El poder económico y el político están en las mismas manos, por lo
que el 60% de la riqueza nacional está bajo el control y es propiedad de
Mohamed VI, lo que ha dado origen a un lacerante desajuste social y a un éxodo
del pueblo marroquí, que malvive, hacia otros territorios donde sus esperanzas
de una mejor subsistencia estén más garantizadas y donde las libertades no
estén encorsetadas y diluidas, cuando no sean inexistentes. Y más aún con un problema
candente cual es el del Sahara Occidental, donde una confrontación bélica con
el Frente Polisario podría comprometer aún más las arcas del reino alauí.
Marruecos, ante una tesitura de estallido social, podría emprender acciones
imperialistas-anexionistas para así tapar la boca a los hambrientos y enardecer
los ánimos patrios para, de esa manera, eludir los principios básicos de una
convivencia democrática.
Libia está en el
mesianismo; va ya para cuarenta años de poder imperial de Gadafi y hay movimientos
en la dirección de lo que sucede en Túnez; el poder omnímodo del líder libio,
aunque el régimen se revista de socialista, es pura tapadera de asilo de un
terrorismo contrastado y de una amenaza constante para los países del entorno y
aun de los europeos, porque el mandatario libio no ha negado que posee misiles
de largo alcance capaces de llegar a París o Roma, y eso sí, en detrimento del
bienestar de su pueblo.
Argelia ha pasado por
diferentes vicisitudes después de la independencia de Francia en 1962, y tras
haber ganado el FIS por amplia mayoría en las elecciones de 1991, se decretó un
golpe de Estado y se le eliminó de la escena política, por lo que a partir de
esa fecha se ha desencadenado en ese país una lucha sin cuartel entre unos y
otros que ha ocasionado miles de muertos. Y también a la espera de lo que
acontezca en Túnez, porque detrás de todo esto quienes están son el islamismo
radical y cerca el grupo terrorista de Al Qaeda.
Lo de Túnez, visto
así, a vuela pluma y sin saber aún la repercusión plena que podrá tener, es un
fenómeno cívico-político que se puede denominar revolucionario puramente
popular, sin mediación alguna, al parecer, y que se puede comparar con el ayatolismo del Irán en su momento. No obstante, es un
episodio este del norte de África de máxima preocupación y expectación ante lo
que pudiera estar a la vuelta de la esquina, y que desde Canarias ni debemos
perder de vista ni mirar para otro lado.