Primero de Mayo, poco que celebrar

 

Justo Fernández Rodríguez

 

La denominada Fiesta del Trabajo tiene poco que celebrar. Con desesperanza, es preciso reconocer que, pese a las encendidas arengas de sus líderes, en buena medida acomodados a la situación, el sindicalismo ha venido retrocediendo en paralelo a su incapacidad para dar respuestas a los nuevos desafíos y cambios profundos que se han venido produciendo en la organización del trabajo, la introducción de las nuevas tecnologías y la mundialización de las economías.


La desorientación, desunión, pasividad, cuando no la domesticación, el entreguismo y la consiguiente desmovilización de los trabajadores, han ido deteriorando el sindicalismo que combatió el fascismo, el colonialismo y el comunismo; que colaboró decisivamente en la construcción democrática de los países europeos y del denominado Estado del Bienestar; que estuvieron en primera línea de lucha contra las dictaduras militares de toda laña, mientras la mayoría de empresarios se alineaban con los generales o civiles que usurparon la voluntad popular y violaron los más elementales derechos humanos y sindicales.


En España, el sindicalismo democrático, que sustituyó al verticalismo fascista, se forjó en la lucha en defensa de la democracia, las libertades ciudadanas y los derechos humanos, atropellados, vulnerados y violados por la dictadura franquista, de la que sólo hay que oír hablar a sus dirigentes para percatarse que muchos continúan incrustados en las estructuras de mando del PP.


Durante años, en los países desarrollados y los emergentes, se amplificaba la ofensiva antisindical y política de los ideólogos del individualismo y el mercado libre, sin controles, especialmente, el financiero, responsabilizando a los salarios, la cobertura del desempleo y la protección social de las consecuencias negativas de las políticas brutalmente liberales al uso. El aumento de nuevas fórmulas de empleo precario y de la economía sumergida, han incrementado la contratación individual, en detrimento de la negociación colectiva, lo que ha reducido la afiliación sindical y, lógicamente, su capacidad de respuesta.


En los países en desarrollo, en África, América Latina y Asia, el liberalismo salvaje significó aumento de la temporalidad y desempleo; pérdidas generalizadas del poder adquisitivo de los trabajadores, reducción de los presupuestos sociales y educativos, aumento del trabajo infantil y del hambre para millones de personas y represión incluso violenta del sindicalismo obrero.


Los trabajadores emigrantes han aumentado considerablemente y están siendo utilizados por políticos racistas, también en Canarias, como chivos expiatorios del desempleo, el incremento de la delincuencia o las carencias en la sanidad pública.


Se ha celebrado, hace algunos días, la conferencia de la ONU, apoyada por el PP, contra el racismo, con el boicot de Estados Unidos, Holanda, Alemania, Italia, Australia, Canadá e Israel. Los ataques a Israel y su criminal actuación contra la población civil en Gaza produjeron el abandono de otros países europeos. Pese a todo, los más de cuarenta representantes de 25 sindicatos nacionales reafirmaron su compromiso con la erradicación de la discriminación racial y la xenofobia en el mundo del trabajo.


En los últimos meses, la política neocon en los mercados financieros, con la permisividad de Bush, sin una imprescindible supervisión que evitara la utilización del dinero de los ciudadanos, en beneficio de algunos dirigentes empresariales, ha provocado una crisis económica y financiera sin precedentes, extendida por todo el mundo, sin que ni las reuniones y conferencias internacionales, ni las medidas adoptadas en cada país, se hayan mostrado suficientemente eficaces para detener el desastre financiero, económico y, mucho menos, sus consecuencias sociales. La recesión en la Unión Europea afecta a catorce países, lo que supone el 70% de su Producto Interior Bruto, aunque comienzan a oírse algunas voces con pronósticos menos desastrosos.


¿Cómo es posible que ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario Internacional, detectaran lo que se le venía encima a miles de millones de ciudadanos? Sólo puede explicarse por la ineptitud o la dejación de obligaciones de sus dirigentes.


En las últimas semanas, la complicidad de los sectores más reaccionarios del empresariado y los dirigentes del Partido Popular, en su acoso al Gobierno, aprovechando la crisis económica, han multiplicado las peticiones o exigencias de cambios en las relaciones laborales. Mayores facilidades para el despido, reducciones salariales, aumento de la flexibilidad en las contrataciones han sido reivindicadas con reiteración. A esta pléyade de solicitantes de que la crisis económica la paguen los trabajadores y sus familias se ha incorporado el discípulo aventajado de Bush, José María Aznar, reclamando flexibilidad del mercado de trabajo, con menores salarios, despido libre y mayor precariedad laboral.


El Gobierno se ha pronunciado, negándose a que la salida de una crisis que no es responsabilidad de los trabajadores se haga a costa de sus derechos salariales, laborales y sociales. Ahora toca el turno a los sindicatos, especialmente UGT y CC.OO. El Primero de Mayo es una ocasión propicia.


En su manifiesto unitario, denuncian que "la crisis internacional ha puesto en cuestión el modelo económico capitalista que, además de ser socialmente injusto e insostenible medioambientalmente, ha fracasado estrepitosamente en el terreno económico (...). Hay que recuperar la hegemonía de la democracia frente al mercado".


Reclaman un nuevo orden económico mundial, "que sitúe a las personas en primer término (...). El diálogo social es la apuesta de CC.OO. y UGT, pero no queremos un proceso de diálogo social devaluado. Reivindicamos el impulso de políticas activas de empleo, la mejora de la protección por desempleo y la protección de los derechos de los trabajadores y trabajadoras en los expedientes de regulación y ante los despidos".


En Canarias, los sindicatos deberían realizar un enorme esfuerzo para que los trabajadores mostraran su rechazo a las políticas económicas, laborales y sociales del peor gobierno de la historia de Canarias. Los trabajadores canarios tienen los salarios más bajos; la mayor jornada e índices de precariedad laboral; las peores pensiones; la menor protección social; encabeza los índices de pobreza; la peor sanidad pública; el mayor fracaso escolar y comparte los más altos índices de corrupción con Valencia, Madrid y Murcia. Y lo peor es que no es una situación nueva. Es la misma desde hace veinte años, soplen vientos de crisis o de crecimiento económico.


Esperemos que el Primero de Mayo se convierta en una marea humana que logre impedir que sean los trabajadores los que paguen una crisis que no han provocado, como ha manifestado Cándido Méndez, secretario general de UGT, y que el Gobierno, muestre su capacidad de liderazgo e impulse el diálogo social como motor de la reactivación económica y el cambio del patrón de crecimiento, frente a los riesgos de exclusión social, como exige Ignacio Fernández Toxo, secretario general de CC.OO. Es preciso detener la ofensiva político-empresarial contra las conquistas obreras. Si no fuera así, tendrán que comenzar a preparar las movilizaciones que culminen en una gran huelga general.