Prohibido prohibir
Wladimiro
Rodríguez Brito
Estamos en un territorio
cargado de leyes y, posiblemente, la piel de esta tierra sea el territorio del
mundo mundial que más normas tiene por metro cuadrado. Estas leyes se han
elaborado mayoritariamente desde los despachos del mundo urbano en un supuesto
mundo de modernidad, en el que al campo y a la naturaleza teníamos que ponerle
códigos de protección. Valga como ejemplo que ante
Sin embargo, en los
últimos meses, la situación económica nos obliga a repetirnos en lo que unos
llaman "ley del péndulo" o la misma "ley de la gravedad",
en el que el supuesto desarrollo y "progreso" tenía mucho de
espejismo. Por ello, desgraciadamente, tenemos que mirar hacia detrás, aunque
no queramos, en esa frase de Machado en que "el camino se hace al
andar". Sin querer hemos dejado los caminos que conocían nuestros padres y
abuelos para entrar en una aventura de modernidad que en estos momentos nos
presenta muchas incertidumbres.
Por ello, leer el
nivel de protección que tiene nuestra naturaleza, en la que no sólo nos hemos
preocupado de proteger el mundo vegetal y animal, sino que incluso hemos dado
protección a las rocas, aunque sea contradictorio, los malpaís
que tanta hambre y miseria generaron en nuestros abuelos ahora los declaramos
de protección. Es decir, hemos obviado que sobre muchos malpaís se han construido huertas de cultivo que han
sido oasis de vida para alimentar a nuestro pueblo. Qué dirían nuestros abuelos
de la protección que le damos hoy a los malpaís
cuando han sido las lavas volcánicas las que han sepultado, incluso en periodos
históricos, gran parte de nuestros mejores suelos de cultivo. En muchos casos
están sobre solares que rompieron nuestros campesinos a pico y a pala y le
pusieron tierra cargada a hombros o en mulos o posteriormente en camiones para
poder cultivar esos oasis que se han levantando sobre lavas casi humeantes, es
decir, malpaís.
Estas líneas quieren
situarse coyunturalmente en una cultura que mire hacia dentro, que revalorice
lo nuestro, no sólo por vocación nostálgica o romántica de la vida, sino por
espíritu de supervivencia, pues nos parece lamentable que hoy tengamos más
atención a los sebadales de la costa de Granadilla
que a lo que ocurre con nuestros frutales de secano en todo el sur de Tenerife
-higueras, almendros, tuneras-, o cómo hemos visto con naturalidad que se
urbanicen numerosas fincas cultivadas en nuestras costas; fincas construidas
con suelo de prestación traída desde el norte de
Más allá del nivel de
leyes y prohibiciones, en muchos casos cargadas de frases altisonantes, creemos
que es oportuno en estos momentos hacer una lectura más humilde, sencilla, con
un compromiso social en la que la protección de la aulaga o el malpaís no puede ser superior a la que le damos a la tierra
de cultivo y el campesino, puesto que la cultura de burbuja urbana-consumista
que de alguna manera tiene tintes intelectuales, sigue infravalorando y menospreciando
al mundo rural, que más allá de la falta de historia, escuelas y libros, ha
tenido una gran capacidad de observación y de convivencia con un entorno duro y
problemático del que ha sido capaz nuestro pueblo de aprender a convivir con la
naturaleza. Por ello es posible encontrar hoy en Tenerife naturaleza tan rica
como la que tenemos en Anaga, el Monte del Agua o las
Cañadas del Teide, etc., en las que, a pesar de la miseria y necesidades que
tuvieron nuestras generaciones precedentes, nos dejaron este patrimonio antes
de que se inventara un compendio de leyes y marcos proteccionistas que
supuestamente protege la naturaleza y lo que han creado son papeles, litigios,
conflictos y tensiones y en muchos casos, declaraciones vacías con poco
compromiso en un alejamiento entre lo que decimos y lo que hacemos.
Esperemos que con