Rafael Arozarena
Luis Ortega
Detrás de los callos del oficio, existen
parcelas de piel, salvadas de la erosión de la costumbre por azar o por
milagro, a las que acudimos cuando las herramientas diarias resultan
insuficientes para contar lo que sucede y lo que nos sucede. Así se atravesó la
muerte y duelo de un hombre singular al que descubrí en la redacción de La
Tarde cuando, en el trajín del cierre, avanzaba una noticia disparatada que
calaba en los aprendices que buscábamos a diario el perro que mordió al hombre.
Paco Pimentel -que se rió, y se ríe, de las imposturas- me presentó al admirado
autor del Romancero canario -donde vertió calidad imaginera
y aliento musical con peso propio en el género- y, en paralelo, le vi agitar y sosegar -con broma u ocurrencia- según asunto y
momento, una tertulia heterogénea y heterodoxa por encima del unitario
enunciado.
Formado por dogmáticos ilustres y dignos
posibilistas, cultos y unidos por la nostalgia de la libertad en todos sus
frentes, el chófer del ómnibus pintado con cerezas aportaba, en sus caprichosas
paradas, vientos finos y lúdicos, rebeldías al gusto, paradojas para afrontar,
vacunados de humor, la crítica y la autocrítica, un toque de sana anarquía para
los honrados recalcitrantes que, a su manera las correspondían con inteligencia
o exceso. Además de grupo de renovación plástica, corriente de opinión, con la
máxima influencia permitida entonces, Nuestro Arte fue una generosa editorial
que rescató las firmas de la II República, presentó a
los nombres de una generación de lujo en la posguerra y avanzó a los autores de
los setenta que aparecieron con ganas, modos opuestos y ruidos. En esos
ámbitos, intercomunicados por necesidades comunes, Rafael Arozarena
Doblado (1923-2009) fue un protagonista de excepción, admirado por todos y
querido, inasimilable para causas pequeñas y de calendario, una estrella con
luz propia que travestía la escena, transformaba la secuencia temporal como un
ilusionista, y ponía en las tablas nuevos y sugestivos argumentos: hallazgos y
curiosidades entomológicas con sabias enseñanzas para los humanos, discursos
sobre el arte con ribetes pasionales, alegatos líricos de la vida diaria donde
lucía su espíritu de pintor. "Toda isla tiene su mágica cristalera para
contemplar el horizonte de los milagros", escribió en el prólogo de mi
primer libro dedicado a San Borondón. Ahora anda por
ahí, sorprendido y feliz, y con fragante Cointreau,
junto a los siete obispos que gobiernan la Non Trubada,
brinda por el indispensable porvenir de la utopía. Salud, Rafa.