Recentralización
Juan
Jesús Ayala
Término este que está
cogiendo cierto auge tanto por parte de los esquemas y líderes políticos del
PSOE como de los del PP. Los primeros, y en boca de su secretario general, a la
vez presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, ante el descalabro que supone
su pésima gestión de la economía española y en el afán de levantar cortinas de
humo y echar balones fuera. Lo que se le ocurre tras el excesivo endeudamiento
del Estado es inculpar este endeudamiento al supergasto
generado por las autonomías. Y ante esto ha amenazado con penalizar a aquellas
que rebasen su techo de endeudamiento y de esa manera ir hacia una "recentralización", quitando competencias y
restringiendo políticas. O sea, que de aquella promesa electoral de fortalecer
y abundar en los estatutos de autonomía y transferir competencias las máximas
posibles esto se quedará en agua de borrajas y estaremos no en los albores de
una necesaria segunda transición en lo que respecta a un nuevo modelo de Estado
federalizante o confederal, sino todo lo contrario,
lo que ocasionará la vuelta a tiempos pretéritos del ordeno y mando. Pues nada,
si es así, a mandar y todos firmes.
Y las autonomías ¿por
qué se endeudan? ¿Es más el dinero que sale desde ellas hacia el gobierno
central que el que reciben? Dentro de la Seguridad Social, ¿quiénes son
aquellas autonomías que tienen superávit y que apuntalan socorriendo el déficit
del resto? Mediante los Fondos de Compensación Interterritorial,
de Garantía y Suficiencia, si estos desaparecieran y cada cual gestionara lo
suyo y solamente el Estado se quedara con tres o cuatro competencias, como el
ejército, la moneda, asuntos exteriores y alguna otra, quién nos dice a
nosotros que precisamente es ese el sentido de la lógica política progresista y
cada cual se las arregle según lo que recauda, que todo se quede en el sitio
donde operan las empresas y donde trabajan los trabajadores; si fuera así, ¿no
se iría mejor?
Por su parte, el PP
aún va más allá y su alegato es que hay que suprimir autonomías (ya dirán
cuáles) y que el actual modelo de Estado es insoportable, lo que dicho, entre
otros, por el millonario Aznar nos parece por lo menos un chiste de mal gusto;
pero si son esas las pretensiones, la vuelta al Estado plenipotenciario y
omnímodo está tras la esquina y el avance en la política no solo se
encorsetará, sino que también favorecerá la crispación entre los diferentes
territorios y se lograrán resultados diametralmente opuestos a los que pretenden
obtener. Cuando hay una Alemania Federal, una Bélgica que se diferencia en dos
Estados y muchos pueblos en Europa que han logrado su independencia, seguir
pensando de esta manera es ir contracorriente y con una venda en los ojos.
Sin embargo, y es una
evidencia que canta a gritos, la reforma de la administración pública no puede
esperar y hacerse con decisión política, con arrestos a pesar de correr el
riesgo del coste político que este comporte. Así, en Canarias, concretamente,
el número de ayuntamientos es excesivo, por lo que deben fusionarse,
mancomunarse de manera que al menos la mitad desaparezca por mor de la eficiencia. Y con los cabildos pasa otro tanto,
ya que en la actualidad no tienen razón de ser. Si la ley de cabildos de 1912
los constituyó, fue en parte para atemperar el pleito insular. Pero con un
Gobierno autónomo, donde existen duplicidades de competencias, ya se debe
abordar entre expertos y políticos su cuestionamiento, porque los nuevos
tiempos así lo dictan.
Hablar, pues, de recentralización no solo es retrógrado, sino una decisión
de alto riesgo a todos los niveles.