El reloj del tiempo
Agapito de Cruz Franco
Regalar
tiempo es una de las cosas más fascinantes que de vez en cuando asaltan mi
imaginación. Los regalos, como los premios, tienen casi siempre cierta dosis de
egoísmo mutuo, excepto cuando estos se producen espontáneamente, sin buscar
nada a cambio y sin hacerlos sujetos a costumbre. Y, sobre todo, cuando lo que
se regala, es tiempo.
Guardo un
precioso reloj muy antiguo de bolsillo que mi padre me entregó un día como
recuerdo de su hermano mayor, un religioso agustino que se pasó más de media
vida en Perú y que siempre lo había llevado con él, que llegó a dirigir dicha
Orden y toda una eminencia en el campo de las ciencias naturales. Siempre
funciona, pues los relojes mecánicos poseen una energía eterna que no tienen
los modernos de contaminantes pilas botón. No deja además de ser parte de un
tiempo que fue pero que sigue existiendo en él.
Hace años,
en una de las veces que mis padres, aún en vida, venían a Canarias para
visitarnos, decidieron comprarnos, como recuerdo suyo, un reloj de pared. Recuerdo
que mi madre hacía especial énfasis en que el rito tuviera un halo casi institucional,
y con seguridad muy significativo respecto a lo que el acto de regalar, y regalar
tiempo, representaba. Hoy este reloj cuelga de la pared de nuestra casa marcando
unas horas que, al compás de su maquinaria, pasan lentas o rápidamente -pues el
relativismo es también parte del ser humano- en ese continuo retorno del día y
de la noche.
El regalar
algo personal, algo hecho con las propias manos, con la propia inteligencia o
con la propia voluntad, sobre todo cuando sucede en ese momento en que comienza
la vida -muchas de las veces al llegar la jubilación-, es todo un símbolo de la
necesidad que tiene el ser nuestro de ser recordado. Algo especialmente propio
de nuestra especie, reflejo del sentimiento de negarse a desaparecer, de no
aceptar el no-ser, y que no ocurre en otras especies animales que se toman con
toda naturalidad el final de su ciclo vital: “La muerte no me da miedo, me
cabrea” manifestaba el recientemente desaparecido y genial director de cine Berlanga.
Si algo hay
de solidario es la donación de órganos para salvar vidas, o de sangre para
ayudar a otros organismos a recuperar esa savia roja sin la que no podrían
continuar el camino del tiempo.
Mientras
los rostros y las calles se suceden, mientras pasan inquietudes y silencios,
estos aparatos del tiempo van más allá del mismo. Al medirlo, se han hecho sus
dueños. Y si un día se detuviesen, como cuando se detiene el tic-tac del corazón, todo habría terminado.
De tenerlos
a todas horas, bajo todas las formas y en todos lados, pasan tan desapercibidos
como la vida misma. Hay una cierta tristeza en las ideologías que pasan de la
vida. O peor, sobre la vida. Los proyectos religiosos y políticos que se
construyen para la eternidad en un mundo caduco. Héroes, mártires, suicidas.
Vidas por petróleo. Revolución. Unidad popular. Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Independencia. Alá es grande. Patria o muerte… La política -y la religión, que
fue la primitiva forma de política- tienen mucho de olvido. Sólo hay una
ideología que parece merecer la pena, la de la vida. Pero nadie la tiene en
cuenta porque nuestra sociedad no parece haber entendido aún la belleza -y la
realidad- del sol de medianoche. ”Si algún día vieran doblar, en La Concepción
bendita…” La folía. El canto del pueblo al amor. Y al
tiempo.