África negra, responsabilidad blanca

Ramón Moreno Castilla

La gran transformación que, sin duda, están experimentando las estructuras políticas de África -un continente convulso-, podemos situarla a partir de marzo de 1991, cuando se celebró en Sirte (Libia) la V Cumbre Extraordinaria de la Organización de la Unidad Africana, donde se revisó su Carta Fundacional de 1963, que dio lugar al nacimiento de la actual Unión Africana.

Ante más de 40 jefes de estado africanos, reunidos entonces, el presidente de Togo, Naselme Aiadema, advirtió a sus colegas que África "corría el grave peligro de desintegrarse si no se lograba la unidad".

Este patético llamamiento del entonces presidente en ejercicio de la OUA, dio buenos resultados ya que, en la 371 Cumbre Ordinaria de esta Organización celebrada meses más tarde en Lusaka (Zambia), comenzó de hecho, su proceso de transformación en un Organismo nuevo inspirado en la Unión Europea (UE). Es importante resaltar, que tras 38 años de existencia de la Organización de la Unidad Africana (que acompañó la conquista africana de la independencia y el fin del apartheid), los países africanos se empeñaron en conseguir el difícil objetivo de crear un espacio común en un continente azotado por la inestabilidad política y las guerras tribales.

En años sucesivos estaba previsto la creación de un Banco Central, un Parlamento y un Tribunal de Justicia únicos. Por cierto que, a instancias de Guinea Ecuatorial (hoy en la estrategia petrolífera USA para el Golfo de Guinea), el español fue autorizado a ser la quinta lengua oficial de esta nueva Unión Africana, en igualdad de condiciones que el inglés, el francés, el portugués y el árabe.

Pero los conflictos en el vecino continente se han agudizado (el último de Liberia parece que está en vías de solución con el exilio en Nigeria del presidente Charles Taylor), y tal es la gravedad del problema, que el presidente de Mozambique, Joaquín Chissano, presidente de turno de la UA, y que sustituyó en el cargo a su homólogo surafricano Thabo Mbeki, ha hecho otro angustioso llamamiento a la Comunidad Internacional advirtiendo que, "África no tendrá paz sin ayuda al desarrollo y a la democracia".

En esta coyuntura africana, y un año después de que la UA iniciara su andadura en Suráfrica, en su segunda cumbre anual celebrada a primeros de julio en la capital mozambiqueña, Maputo, los 52 países miembros de la Unión Africana estudiaron la creación urgente de un Consejo de Paz y Seguridad para hacer frente a los conflictos que asolan al viejo continente.

África, que es el ejemplo perfecto del tiralíneas colonial de la vieja Europa, está demandando imperiosamente, ayuda a las antiguas metrópolis; quizá por eso, el presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, no sólo se ha preguntado si Europa estaba haciendo lo que debía en África, asumiendo sus responsabilidades, sino que instaba a los Quince a apoyar a la Unión Africana y a NEPAD (Nueva Asociación para el Desarrollo de África).

Es cierto que la UE se ha involucrado, prestando apoyo financiero y político en lugares como Burundi y la República Democrática del Congo, apoyando inclusive, los esfuerzos franceses en Costa de Marfil y la intervención británica en Sierra Leona. Sin embargo, esto no es suficiente. El auténtico holocausto social que padece África, requiere un verdadero compromiso de solidaridad por parte de la Unión Europea.

Y si bien la Comisión está dispuesta a proponer a los Estados miembros de 1a UE y sus socios africanos que parte de los fondos al desarrollo de la UE se utilicen para instrumentos de apoyo a operaciones de mantenimiento de la paz africana, la incapacidad de los países pobres para resolver el problema sanitario, por ejemplo, no se ve acompañada por el esfuerzo inversos europeo para detener la rápida propagación del SIDA y otras enfermedades infecciosas.

La Unión Europea ha comprometido hasta la fecha 2.500 millones de dólares, o el 54% de los compromisos totales, al Fondo Global para la lucha contra el Sida, la tuberculosis y la malaria.

Solo para el año 2004, los actuales compromisos de la UE al Fondo ascienden a 425 millones de dólares, que supone más del doble de la de EE.UU. de 200 millones. No obstante, el anuncio de Estados Unidos de establecer un paquete de ayudas contra el Sida de 15.000 millones de dólares, demuestra una solidaridad y comprensión cada vez mayor de la Administración y el Congreso estadounidense, y que se enmarcan en la reciente gira africana del presidente Bush.

Pero uno de los graves problemas de África, tal como se puso de relieve el pasado año en la Conferencia de Johanesburgo, es la falta de agua potable e instalaciones sanitarias, que está causando más muertes que los propios conflictos armados. Esta alarmante y grave situación, que agudiza el problema africano, ha impulsado a los miembros del Consejo Europeo a establecer e impulsar un Fondo Europeo para el agua en África.

Este acuciante problema de la falta de agua potable en el vecino continente, tuve la oportunidad de comprobarlo personalmente, con ocasión de un viaje de empresas canarias a Costa de Marfil (Republique de Côte d'-Ivoire) organizado por el Gobierno Autónomo.

En un encuentro con directivos del Banco Africano de Desarrollo (BAD) en la capital Abidján, sede de este Organismo, el responsable para el África Occidental, H.D. Alves (casado con una canaria, precisamente), me dibujó un mapa realmente desolador: hay países del África Sub-Sahariana cuyo nivel freático está bajo mínimos; situación que se ve agudizada, por la pertinaz sequía.

Los proyectos que presenté, de transferencia de tecnología para la desalación de agua de mar por ósmosis inversa y evaporación y de energías alternativas, suponen grandes expectativas para Canarias en este campo.