Otra reunión ¿inútil? del G-20

 

Justo Fernández Rodríguez

 

La economía mundial se encuentra sumida en una triple crisis de incontrolado alcance, iniciada en el mercado financiero de EE.UU. y extendida por todo el sistema mundial, no regulado, desembocando en una crisis económica, con hundimiento del comercio, aumento del desempleo e incremento de la pobreza. Finalmente, ha evolucionado hasta convertirse en un círculo vicioso, complejo y pernicioso, donde la caída de los precios de la vivienda y el creciente desempleo se combinan, para alimentar la crisis mundial del mercado de créditos.

Cuando los líderes del G-20 se reunieron, por primera vez, en noviembre de 2008 en Washington, el mundo se enfrentaba a una ralentización del crecimiento, sin precedentes, con un descenso de la producción en los países industrializados. La situación es ahora muchísimo peor. El contagio se ha extendido a las economías emergentes y en desarrollo, donde el crecimiento se ha estancado y el Producto Interior Bruto per cápita continúa descendiendo, pudiendo calificarse la situación actual de profunda recesión mundial. Los Objetivos del Desarrollo del Milenio, que establecían objetivos mínimos para disminuir la pobreza mundial, parecen olvidados.

En los últimos días, se ha producido un nuevo informe de la Confederación Sindical Internacional que no invita al optimismo. "Los gobiernos están gastándose cientos de miles de millones de dólares en apuntalar bancos y organismos financieros fallidos, mientras el Programa Mundial de Alimentos afirma que todos los niños hambrientos del mundo podrían ser alimentados con 3.000 millones de dólares. El número de personas sin comida suficiente podría superar, en un futuro cercano, los 1.000 millones de personas. Según la FAO, la crisis alimentaria afecta a 32 países del mundo. Las presiones relacionadas con el cambio climático, como inundaciones, sequías o cosechas pobres, contribuyen a incrementar los riesgos del hambre en el mundo.


El desempleo ha continuado aumentando, durante los meses transcurridos del año 2009. El escenario de la OIT, sobre un incremento del desempleo de 50 millones en todo el mundo, puede haber pecado de optimista. Más de 200 millones de trabajadores podrían encontrarse sumidos en la más absoluta pobreza, principalmente, en los países en desarrollo y emergentes, que no cuentan con las redes de protección social mínimas. El número de personas que han de vivir con menos de dos dólares diarios, podría alcanzar los 1.400 millones, de los que el 60% serían mujeres.


A Londres han acudido numerosos dirigentes sindicales de todo el mundo, para defender sus propuestas entre los representantes del G-20, con independencia de que los sindicatos de cada uno de los países miembros, hayan entregado a sus gobiernos la exigencia de intervención en cinco áreas, defensa a la que se ha comprometido Rodríguez Zapatero con CC.OO. y UGT:


- Un plan coordinado de recuperación y crecimiento sostenible pactado a nivel internacional y orientado a la creación de empleo, la inversión pública y la lucha contra la pobreza en el mundo.


- Ayuda a los bancos insolventes y establecimientos de nuevas reglas financieras.


- Lucha contra el riesgo de deflación salarial y medidas para poner fin a décadas de crecientes desigualdades.


- Actuación de gran magnitud en materia de lucha contra el cambio climático.

 

- Renovación del sistema de gobernanza económica mundial, a través de la reforma de las instituciones financieras y económicas internacionales (FMI, Banco Mundial, OCDE, OMC) y el protagonismo de la Organización Internacional de Trabajo (OIT).


Cuando los países integrantes del G-20 se reunieron, sus gobiernos estaban representando los intereses de casi 4.200 millones de personas. Sin embargo, iban a tomar decisiones que también afectarían a otros 2.800 millones, que no estarían representados.


Antes del inicio de la Conferencia del G-20 en Londres, no puede decirse que el optimismo fuera el sentimiento imperante en la mayoría de ciudadanos y las organizaciones sindicales o empresariales, ni siquiera de los dirigentes políticos, que mostraban sin disimulo su escepticismo sobre los resultados, dadas las fuertes discrepancias que mostraban Alemania y Francia con las intenciones de Estados Unidos. Las diferencias eran importantes. Barack Obama reclamaba unidad para la aprobación de un nuevo paquete de estímulo fiscal, para contrarrestar el hundimiento de la demanda, porque "el desafío económico actual no puede solucionarse con medidas parciales o con el esfuerzo de una sola nación. Los líderes del G-20 tienen que tomar una acción coordinada y amplia para reactivar la economía mundial".


La mayoría de los países de la Unión Europea no querían ni hablar de nuevos desembolsos. Angela Merkel, canciller alemana, lo dejó claro: "La Unión Europea ya ha hecho una contribución muy importante de estímulo fiscal". Para la UE, la clave estaba en una reforma del sistema financiero. Más lejos llegó Nicolás Sarkozy, presidente de Francia, advirtiendo que "no firmaría el documento final si no incluía un proyecto de reglamentar internacionalmente el sistema financiero". Estas discrepancias provocaron un temor generalizado, antes del inicio de la cumbre, de fracaso real y que se intentara ofrecer la típica foto de familia con los líderes enseñando dientes para apoyar un comunicado ambiguo, como una especie de homilía de buenas intenciones, sin medidas concretas y cuantificables.


El primer ministro británico, ante las diferencias, encomendó al presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero, la difícil misión de acercar posiciones entre los dos bandos.


Finalmente, el acuerdo se produjo sin especiales reticencias. Muy al contrario, ha gozado de la aceptación de una gran mayoría. Para Obama, "es un hito por el alcance y magnitud de nuestra respuesta". Sarkozy no ha ahorrado elogios: "Es la reforma más profunda del sistema financiero desde 1945". Tampoco Merkel ha sido rácana: "Es un compromiso histórico para una crisis excepcional. La época del secreto bancario ha llegado a su fin". Rodríguez Zapatero encontró "una voluntad de entendimiento entre las grandes potencias" y mostró su satisfacción porque "la ética tiene que regir las reglas del sistema financiero. A los paraísos fiscales cada vez les queda menos existencia". El primer ministro británico, Gordon Brown, calificó el acuerdo de "histórico".


Restaurar la confianza, el crecimiento y el empleo; reparar el sistema financiero; fortalecer la regulación financiera para reconstruir la confianza; reformar las instituciones financieras internacionales para superar la actual crisis y prevenir otras; promover el comercio mundial y la inversión, rechazando el proteccionismo y construir una economía sostenible y ecológica, constituyen el núcleo de los acuerdos, pero falta la demostración de la voluntad de llevarlas a buen término.


Aunque los acuerdos quedaron lejos de la creación de un nuevo orden mundial, la crisis debe marcar el final de una ideología capitalista. Cuando nuestras economías comiencen su recuperación, no puede permitirse volver a la situación anterior como si nada hubiese ocurrido. Los sindicatos deben vigilar y luchar por impedir la vuelta a los mercados financieros desenfrenados, donde la autorregulación, dé paso al fraude, la codicia y la indecencia de quienes dirigen las instituciones financieras, en contra de los intereses generales de los ciudadanos, con la complicidad de gobernantes ineptos o corruptos.