Sin miedo

 

Claudio Andrada Félix

 

Comprendo a los canarios que no se creen que podamos ser un Estado independiente. Estoy convencido, además, de que cuando llegue este momento será un sen­dero con baches y dificultades que jamás habíamos pre­visto. Negociar un lugar propio en el mundo no es sen­cillo y probablemente acarreará problemas. Pero tengo el convencimiento de que nuestro pueblo, que está for­mado por los residentes en las Islas que defienden por encima de todo este territorio, ha alcanzado la mayoría de edad y puede caminar solo, con los apoyos necesa­rios e imprescindibles de la comunidad internacional, de las democracias del mundo, pero solo.

 

Y esta madurez democrática no debiera alarmar a nadie. Es ley de vida. Los jóvenes, cuando deciden construir su propia familia, albergan dudas y miedos, pero así lo ha hecho la humanidad desde los albores de los tiempos.

 

Los canarios, con 14 millones de turistas al año, debe­mos abandonar el miedo a un futuro soberano. ¿Si perte­necemos a una comunidad de vecinos, ello implica que los demás decidan cómo vivimos en nuestra propia casa?

 

Por otra parte, España no debe tener ninguna duda de que será uno de nuestros aliados preferentes, como la UE. Eso sí, habrá que negociar de qué forma. Pero la ciuda­danía debe saber que no va a existir un brusco cambio en nuestra manera de vida, aunque sí lo será en la forma en que nos administremos.

 

Las expectativas que se abren con un Estado indepen­diente abarcan a Europa, África y América. Canarias siem­pre ha sido un pueblo pacífico, cosmopolita y tolerante. Por ello defiendo el derecho de este archipiélago atlántico a ocu­par un lugar propio en el concierto internacional, con nues­tros defectos y virtudes. Ni somos el ombligo ni el culo del mundo. Somos, sencillamente, canarios.

 

Llegó el momento de decir aquello de ¡quién dijo miedo! Y sonreír, sonreír mucho y a los cuatro vientos, porque para Canarias se abren las velas que conducirán a este pueblo humilde y trabajador a escribir su propia historia. Proba­blemente no será la más brillante, pero será la nuestra.

 

(*) Redactor jefe de EL DÍA