Sistema electoral bananero

 

Justo Fernández Rodríguez

 

El sufragio universal fue una conquista democrática que puso fin a los sistemas electorales que utilizaban toda clase de impedimentos para que una parte importante de la ciudadanía no pudiera ejercer su derecho de voto, en la elección de quienes deberían gobernarlos. Durante muchos años, la nacionalidad, la edad, la pobreza, la territorialidad, el sexo, la vecindad o el estado civil han sido utilizados como argumentos que justificaban las restricciones al principio de universalidad, igualdad y libertad de voto. En algún momento, ciertos intelectuales, sociólogos y políticos fascistoides han llegado a insinuar el distinto valor del voto, según la extracción cultural o social del ciudadano.


La historia de los sistemas electorales y, sobre todo, la concreción de una determinada geografía electoral, se ha venido utilizando para favorecer determinados intereses políticos y económicos, a costa de provocar grandes desigualdades y discriminaciones entre el cuerpo electoral y los representantes elegidos. El mayor falseamiento del voto de los ciudadanos se corresponde con el tamaño de las circunscripciones y la cifra atribuida a cada una de ellas, con independencia del número de sus habitantes.


Hace más de quince años escribí mi primer artículo sobre la insólita agresión a los derechos de los ciudadanos canarios del sistema electoral más injusto, arbitrario, abusivo, sectario y desproporcionado de todos los conocidos en países formalmente democráticos, impuesto por Coalición Canaria con la complicidad del Partido Popular, en beneficio de sus intereses políticos y de los económicos de determinados sectores empresariales, locales y foráneos.


Nadie duda que, en Canarias, dada su condición archipielágica, es necesaria una cierta corrección entre el derecho irrenunciable de igualdad de todos los ciudadanos y la necesaria presencia representativa de todas las islas en el Parlamento autonómico. Pero no puede admitirse que el voto de un palmero tenga un valor de cuatro o cinco veces el de un tinerfeño o grancanario; que un voto depositado en una urna del Hierro valga dos veces más que el depositado en las urnas de La Gomera o Fuerteventura; cuatro veces más que el de un palmero; 16 veces el de los votantes tinerfeños y 19 veces más que el de los depositados en Gran Canaria.


En el Estatuto de Autonomía, aprobado en 1982, se establecían unos topes electorales a superar para acceder al Parlamento. El tope insular obligaba a superar el 20% y el autonómico el 3%. En 1996, Coalición Canaria y el Partido Popular, cuyo actual líder, José Manuel Soria, denunciaba la injusticia del sistema, impusieron una reforma, con la oposición socialista, endureciendo los topes, hasta el 30% insular y el 6% regional, para impedir que nuevas fuerzas políticas pudieran tener opciones de ganar un escaño en el Parlamento autonómico.


Así, en las elecciones de 2003, el Partido Nacionalista Canario, con más de 48.000 votos de ciudadanos canarios, no obtuvo ni un solo parlamentario, mientras un partido, ahijado de CC en El Hierro, con apenas 2.000 votos obtuvo dos diputados. En las últimas elecciones, en medio del desencanto y el rechazo, 160.000 canarios que acudieron a votar no obtuvieron representación.


Esta situación, sin parangón en ninguna otra autonomía, ni país democrático, constituye una agresión a la democracia y al "sufragio universal e igual", reconocido en el artículo 21 de la Declaración de los Derechos y Humanos, ratificados en la Constitución Española de 1978. El cinismo de los políticos no tiene límites. Un año después, en la clausura del XI Congreso Regional del Partido Popular, José Manuel Soria alertaba a los congresistas: "Si algo justifica la reforma del Estatuto de Autonomía es la modificación del sistema electoral. Una cosa es que el reparto de escaños sea proporcional, para garantizar la representación de todas las islas, y otra, muy distinta, que el 82% de electorado elija a la mitad del Parlamento y el otro 18%, a la otra mitad". Tenía toda la razón, aunque su falta de coherencia y honestidad política pueda decepcionar a muchos, incluso en sus propias filas.


En julio de 2007, el acuerdo alcanzado por CC y PSC-PSOE para la renovación del Estatuto fue calificado por Soria como "el más absoluto fracaso de la regeneración democrática en Canarias"; "ha olvidado totalmente la reforma electoral", denunció. No se cortó para definir a CC como "nacionalismo no ideológico, sino mercantil".


Por aquellas fechas, Soria, en un artículo, decía: "Un nuevo Estatuto de Autonomía no es una prioridad para los canarios, siempre lo hemos dicho. No hay nada tan urgente como la cesta de la compra, la más cara del país, o la tasa del paro, la más alta de España, o como los salarios, los más bajos; (...) o como el sistema electoral, desproporcionado e injusto". Me alegra que ratifique lo que vengo denunciando en los últimos quince años.


Soria también coincidía con la opinión de Eligio Hernández, ex fiscal general del Estado, cuando le preguntaron si se había sorprendido con los resultados electorales: "No, no me han sorprendido. Con un sistema electoral como el que tenemos es fácil averiguar cuáles serán los resultados. Yo siempre dije que el PSOE ganaría las elecciones, con diferencia, pero que corría el riesgo de no gobernar... Este sistema electoral está planteado para que CC se perpetúe en el poder por los siglos de los siglos, porque siempre podrá elegir a la fuerza política con la que quiere formar gobierno. No sólo hay que bajar los topes, es preciso acabar con la desproporción que lo caracteriza (...). El sistema electoral de Canarias no tiene precedentes en la historia de los sistemas electorales del mundo. 150.000 canarios eligen el mismo número de diputados que el millón y medio restante".


Cuando las relaciones del PP con Coalición Canaria mejoraron por instrucciones de Madrid y se repartieron el pastel, después de las últimas elecciones, Soria se erigió en baluarte del rechazo a cualquier reducción de los topes electorales que había criticado, situándose al nivel de los dirigentes políticos de Turquía, a los que la Union Europea, entre otras condiciones, les exige para su incorporación la reduccion de los topes electorales para acceder al Parlamento. Y no son del 30%, como en Canarias, sino del 10%.


Una vez más, se repite la comedia. El PSC exige una reforma que democratice, en parte, el sistema electoral de Canarias e, inmediatamente, los dirigentes del PP y CC se niegan, con la excusa de que la democracia, la igualdad de derechos y la decencia política "no están en el interés de la ciudadanía".


La utilización fraudulenta del sentido del voto es una práctica detestable que cualquier sistema democrático debe erradicar. ¿Será que el sistema electoral es una de las imposiciones y agravios de Madrid a los canarios?