Del territorio, el hombre
Juan
Jesús Ayala
Desde un ecologismo basado en la
sostenibilidad se hace necesario la preservación de las especies, tanto
aquellas que afectan al mundo animal como el vegetal sin olvidarnos, por
supuesto, de las cosas que integran el espacio mineral.
Hay que evitar el
desarrollismo que dificulte la supervivencia del medio, que no nos comprometa
el aire que respiramos y se vaya hacia la contención del cambio climático. Hay
también que propiciar que todos nuestros ecosistemas sigan implantándose en la
tierra, en el medio, tal cual están, que ya se encuentran bastante deteriorados
por la fuerza del hombre, del capital. En eso estamos de acuerdo.
Pero la pregunta puede
y debe saltar hacia el plano de la reflexión. Del medio a proteger, ¿qué hacer
con el hombre? ¿Sólo pensar en dejarlo en un estado de contemplación y que
perciba desde la cuneta de su vida que todo está perfectamente controlado por
las leyes de la naturaleza y que el quietismo instaurado es la meta, el
objetivo? La respuesta parece obvia. Hay que proteger al hombre. ¿Y se le puede
proteger usurpándole el derecho al trabajo? ¿O arrinconándolo como una especie
testimonial carente de instrumentos para desarrollarse dentro de un espacio superprotegido donde su cultura y sensibilidad se
encuentran indefensas por el exceso de protección ante el desequilibrio
imperante, donde parece que lo que predomina es el medio natural como si no
perteneciera a él como pieza principal y necesaria?
Lo fundamental es el
equilibrio entre el hombre y el medio. Para entendernos, usando el símil, que
la conservación del barranco sea prioritaria, pero que esta no sea un tapón que
dificulte y lleve entre su aguas cuando corra sensibilidades y formas de vida.
Que las redes viarias necesarias para la comunicación no nos incomuniquen aún
más de lo que se está.
Y el equilibrio se
logra pensando en el hombre como parte importante del medio y sabiendo que hay
que perturbar lo más mínimo los procesos de sostenibilidad, conservando al
máximo las primeras materias y energía con una población en la que el nuevo
aporte sea igual a la pérdida y, sobre todo, no dejar de lado el sistema
social, cultural, dentro del cual el hombre pueda disfrutar de estas
condiciones en lugar de sentirse limitado por ellas.
Con todo ello, lo que
se pretende manifestar es que cuando existan proyectos de planificación, de
ordenación del territorio, hay que tener bien en cuenta no sólo el daño que se
pueda ejercer sobre él, sino también si ese daño implica la destrucción de un
determinado modo de vida, personal e intransferible, y el derrumbe de una
cultura de años.
Y teniendo presente
que una de las especies a proteger dentro de un territorio es el hombre que en
él desarrolla su vida, por lo que todas las actuaciones a ejecutar deben
dirigirse prioritariamente en ese sentido.