Teodoro
Santana *
Al igual que en el pasado con el vino, el azúcar
o la cochinilla, Canarias se ha convertido en estos últimos treinta años en una
economía dedicada al monocultivo del turismo. Nuestro país ofrecía a las corporaciones
turísticas europeas unas condiciones naturales óptimas y una debilidad política
extremadamente fácil de explotar por la industria más
lucrativas del mundo. Tras la penetración de los grandes touroperadores,
una apariencia de desarrollo sin igual se produjo en el Archipiélago, a base de
la multiplicación de apartamentos, hoteles, restaurantes, y demás servicios
subsidiarios del turismo. No es de extrañar que mucha gente crea sinceramente
que “debemos estar agradecidos al turismo” y que “el turismo nos sacó de la
miseria”.
¿Pero son tantos los beneficios que nos reporta?
La mayor parte del dinero gastado por los turistas va a los tour-operadores, a
las aerolíneas, a las grandes cadenas de hoteles. Muy poco se queda en
Canarias, en forma de cada vez menores márgenes de ganancia para las empresas
locales (sometidas permanentemente al chantaje de los tour-operadores) y unos
sueldos más bien escasos. Además, Canarias ha tenido
que cargar con la creación de infraestructuras (aeropuertos, hoteles de lujo,
campos de golf, carreteras, agua, saneamientos, etc.). La cuestión es
especialmente grave si tenemos en cuenta que en un territorio frágil, dividido
en islas y con apenas
Esos turistas deben ser alimentados y atendidos
con un enorme volumen de productos que han de ser importados, lo que ha
contribuido decisivamente a la destrucción de la agricultura, ganadería y pesca
de consumo interno (a lo que hay que añadir la imposición de las políticas
europeas y la voracidad de la burguesía importadora), sino que también supone
un aumento de los precios de los artículos que cubren sus necesidades básicas.
El resultado es que Canarias tiene una economía cada
vez más dependiente de las decisiones que se toman en consejos de
administración de Berlín, Londres o Madrid. Nuestra economía y nuestro empleo depende cada vez más del capricho y los intereses de los
tour-operadores europeos.
Concebido como una industria intensiva, el
turismo industrial masivo ha deteriorado irreversiblemente el Archipiélago. El
exceso de construcción en determinados sitios de singular belleza ha terminado
estropeando la misma razón que movía a visitarlos, por lo que hay que seguir
avanzando en la búsqueda de otras playas y paisajes. El resultado son complejos
turísticos sobredimensionados, aglomeraciones urbanas de aluvión, playas sucias
y un medio ambiente deteriorado. El turismo, depredador y omnívoro, consume los
lugares en los cuales se instala. Y vive al margen de la realidad social y
cultural de ellos.
Pero esa realidad también se ve gravemente
afectada. El turismo obliga a una permanente actitud servil (la “tradicional
hospitalidad” canaria). Nada debe molestarle: hay que hacer que vuelva y
permitirle todos sus caprichos, manías y desplantes. El empleado de recepción
sonriente, el camarero complaciente, la limpiadora dispuesta y el conductor
agradable no son más que las manifestaciones del servilismo decorativo para
asegurarse el sustento. Y cuya manifestación más acabada es el turismo sexual (hetero y gay), promovido de forma abierta o encubierta por
tour-operadores y por las propias instituciones públicas canarias. basta con entrar en las páginas oficiales de las
administraciones turísticas para comprobar de qué estamos hablando.
Las reiteradas alusiones a la “calidez” y la
“belleza de la mujer canaria”, o las menos sutiles presentaciones del
Archipiélago como “paraíso gay”, no son más que formas hipócritas de
proxenetismo institucionalizado. No sólo se ofrece sol y playas, sino también
el consumo de la belleza y la lozanía de nuestros jóvenes. A los turistas no
sólo no se les molesta con sus prácticas sexuales, sino que subrepticiamente se
les incita a ellas como parte del “paquete vacacional”. Hasta ese punto de degradación
hemos llegado. Lo peor es que lo consideramos “normal”: todo sea por el
turismo.
Eso sí: la moral burguesa debe mantener las
apariencias: “virtudes públicas, vicios privados”. Cuando un par de cadenas de
televisión privadas españolas, en puro afán de morbo y sensacionalismo, nos
ponen delante del espejo, la imagen reflejada abre un mundo de rasgamientos de vestiduras y aspavientos hipócritas. No por
lo que pasa, sino porque se cuente lo que pasa, por muy verdad que sea. ¿Hay
interés en acabar con lo que se retrata? En absoluto: lo que se quiere es que
se oculte. Aunque claro, no del todo. No vayan a pensar los turistas que somos
un país de puritanos.
“Aquí pensaban seguir, / ganando el ciento
por ciento, / con casas de apartamentos, / y echar al pueblo a sufrir…”,
cantaba Carlos Puebla. Hay que mostrar indignación por los reportajes, que se
acercan las elecciones. Menos mal que tenemos “democracia” y “autonomía”, y
podemos elegir a la madam del garito.
(*)
Teodoro Santana es miembro del Comité Central del Partido
Revolucionario de los Comunistas de Canarias (PRCC)