Unamuno y
Canarias
Juan
Manuel García Ramos
Un solo hombre puede llegar a perturbar la
armazón de una cultura e incluso modificar el curso de esa cultura? ¿No ocurrió eso con la irrupción de Alejandro de Humboldt
en
En la construcción de una España postimperial, los miembros de la generación
del 98 insisten en redescubrir los viejos valores de una cultura que creen
ver simbolizada en la austera Castilla y en ella profundizan con todo su ardor.
Un ardor que llegó a chamuscar al bueno de don Miguel de Unamuno durante los
tres primeros meses del alzamiento nacional franquista, durante los cuales se
convirtió en su intelectual estelar hasta enfrentarse el 12 de octubre de 1936
con el matón de Millán Astray en el paraninfo de su
universidad de Salamanca y soltarle en la cara al militarote
lo que muchos de sus seguidores estuvieron esperando de él desde el 18 de julio
del mismo año.
Unamuno fue un hombre contradictorio no sólo con la historia de España que le
tocó vivir, con Canarias le pasó también algo curioso: cuando vino por su gusto
a nuestras islas en 1910, éstas no le gustaron; cuando viene desterrado en
1924, Fuerteventura lo seduce y lo impulsa a convertirla en un espacio
literario y metafísico, como luego haría Agustín Espinosa con Lanzarote. No
obstante, siempre hemos mantenido que la mirada que Unamuno despliega sobre
Canarias y sobre algunos de sus intelectuales más notables de aquellos tiempos,
es la mirada del castellanocentrista, del
antifederal, del carpetovetónico, del español a ultranza capaz de opinar
categóricamente sobre Hispanoamérica sin haberla pisado nunca o de reírse del
poema Canarias, de don Nicolás Estévanez, sin
haberlo comprendido jamás, ni siquiera cuando, muchos años después de haberlo
ridiculizado en su primera visita a Canarias a su paso por
Sin duda alguna, el castellanocentralismo de don
Miguel de Unamuno en nada coincidía con la vocación federal de don Nicolás Estévanez, amigo de Secundino Delgado y hermano de don Patricio,
que, según las últimas investigaciones del historiador Manuel de Paz, fue, ni
más ni menos, el editor en Tenerife del libro de memorias de Secundino, Vacaguaré, que hasta ahora todos creíamos publicado
en Mérida, Yucatán, México, como rezaba en su pie de imprenta. Este hallazgo
del profesor palmero daría pie a pensar que los Estévanez,
tanto Nicolás como Patricio, mantuvieron una complicidad política con el líder
independentista tinerfeño que fue mucho más allá de la mera amistad personal.
¿Conocía don Miguel de Unamuno al llegar a Tenerife esta relación entre los Estévanez y Secundino Delgado? ¿La dura crítica que Unamuno
formula contra el poema Canarias y lo que esa obra representaba para el
imaginario insular tiene algo que ver con las posibles sospechas que el
catedrático de Salamanca albergaba sobre el coqueteo independentista de don
Nicolás? Queda mucho por investigar sobre esas hostilidades de Unamuno hacia el
ministro de Pi y Margall y hacia uno de nuestros
políticos y pensadores más cosmopolitas, en contra de lo que Unamuno quiso
decir sobre él tanto en 1910 como en 1931. Nunca se trataron Unamuno y Estévanez, pero entre ellos se deslizaba una corriente de
antipatía que no es difícil rastrear en sus escritos, en especial en los que
Unamuno dedicó a don Nicolás.
Bien es verdad que, como decía Jorge Luis Borges, Unamuno fue ante todo
"un inventor de discusiones" y que don Nicolás no se quedaba atrás.
Ambos habían vivido el final del imperio español en América y habían respondido
de muy distinta forma: Unamuno parapetándose en la defensa numantina de una
España cerrada sobre sí misma, Estévanez oponiéndose
a un enfrentamiento con los últimos territorios de ultramar e intentando
redefinir una España más abierta y más cercana a lo que hoy conocemos como el
Estado de las autonomías.
A mi entender, hemos sido muy indulgentes con las posturas que mantuvo Unamuno
con respecto a
Quizá nadie describió con tanto acierto esa mutación sufrida por el
Archipiélago en la etapa comentada como el grancanario Tomás Morales en dos de
los serventesios de su poema La calle de Triana, incluido en su libro Las
Rosas de Hércules, II (Madrid, Librería Pueyo,
1919): "Todo aquí es extranjero: las celosas / gentes que van tras el
negocio cuerdo: / las tiendas de los indios, prodigiosas, /y el Bank of British,
de especial recuerdo... / Extranjero es el tráfico en la vía, / la flota, los
talleres y la banca, / y la miss, que, al descenso del tranvía, / enseña la
estirada media blanca...".
De esa Canarias no se percató Unamuno, pero era la que nos conduciría a lo que
hoy somos. Para bien o para mal.
Nicolás Estévanez y Miguel de Unamuno atravesaron
juntos un cambio de centuria muy traumático, con lo que ello significó de giro
de signo histórico para una España que todavía no se resignaba del todo a haber
perdido un imperio. Sus reacciones frente al proceso emancipador americano y
frente a lo que significó Canarias a partir de aquel momento siguen despertando
nuestro interés hasta el día de hoy.