UNASUR: HALCONES,
TIMORATOS/AS Y REVOLUCIONARIOS
Por Carlos
Aznárez
Realmente es un gran avance
esto de poder ver en directo las grandes cumbres de nuestros presidentes
latinoamericanos. Permite observarlos tal cual son, expuestos, con sus
grandezas, que las hay, y sus defecciones, que no sobran.
Lo visto y oído en
Los bloques perfectamente
delimitados dentro de lo que se muestra (y en algunos aspectos lo es, por lo
menos en su gran mayoría), como la unidad de los que gobiernan en el sur del
continente.
Allí está el discurso autoritario de Uribe Vélez, el hombre de la parapolítica, el generador del militarismo ilegal que
proviene desde la época en que fundara las “Convivir”, semilla de lo que
luego fueron (y aún son) las Autodefensas de Colombia, que tanto terror y
muerte sembraron en el país. Se queja Uribe en Bariloche de que los demás
presidentes no lo comprenden en su lucha contra el narcotráfico y el
“terrorismo”. Precisamente él, que pactó con los grandes carteles
colombianos, la inclusión de gobernadores, alcaldes, diputados y concejales que
responden directamente a las indicaciones de los narcos. Gimotea Uribe
compasión a sus colegas de Unasur, diciéndoles que
las bases gringas son necesarias para terminar con ese flagelo y el de la
guerrilla, y como si fuera un mago de circo de pueblo, advierte muy suelto de
cuerpo: “necesitamos ese apoyo para terminar con quienes nos han asesinado líderes
sindicales”. Lo dice sin pestañar, sabiendo mejor que nadie que esos dirigentes
del pueblo fueron ejecutados por su propio ejército, legal o ilegal, qué mas
da.
“Con esta situación de inestabilidad, producto de los asesinatos de los
terroristas, los que más sufren son los pobres”, dice el mandamás, apuntalado
por su canciller Bermúdez (otro que debe el cargo a la parapolítica),
y no explica por qué son los pobres de toda Colombia los que le reclaman a
gritos que no insista con su política de hambre y terror, por qué son los
indígenas de los cuatro puntos del país que marchan una y otra vez en mingas de
resistencia exigiendo paz sin cementerios, sin deforestación, sin
trasnacionales que les arrasan sus tierras ancestrales, sin motosierras ni
pelotones de fusilamientos.
Pero es lógico, Uribe fue a Bariloche a jugar un rol y lo cumplió desde
En esas dos intervenciones
del tándem Uribe-García quedó graficado el bloque de los halcones, de
quienes rinden pleitesía a Washington y sus directrices, pero también a sus
propias oligarquías criollas, que cada tanto, cuando no actúan con la ferocidad
que les piden, les propinan un buen tirón de orejas y les amenazan con
reemplazarlos por otros como ellos pero menos desgastados.
En realidad, estos halcones eran lo más usual en años anteriores, cuando
no existía Unasur ni
Ahora, las cosas han cambiado, y esto es lo que siempre hay que tener en cuenta
a la hora de hacer balances, para no caer en el derrotismo y seguir embistiendo
contra el enemigo principal. Hagamos memoria, y pensemos: ¿cuándo pudimos ver
en un foro como el de Bariloche, a un presidente como Hugo Chávez, que sin
pelos en la lengua marcó a fuego a las apetencias imperiales citando
precisamente un documento del propio gobierno estadounidense, más precisamente
el “Libro Blanco del Comando de Movilidad Aérea y Estrategia Global de Bases de
Apoyo”. Ese paper al que no han
necesitado guardar en secreto, por propia prepotencia, y en el que se explicita
la estrategia militar intervencionista de tal forma, que hasta los mandatarios
más anodinos de la región tuvieron que abrir la boca sorprendidos y aceptar que
la cosa viene brava.
“Palanquero”, dijo Chávez y
describió el rol que va a jugar esa base militar yanqui (a la que Uribe no
califica de tal) para desde allí amenazar la seguridad de la región. El
documento no miente, al decir que es una “localidad de seguridad de
cooperación”. Según el Comando Sur, partiendo de Palanquero, aviones de gran
alcance y poder destructivo (incluso con capacidad de invisibilizarse)
podrán cubrir toda la región, exceptuando algunas zonas en Chile y
Argentina.
Siguiendo el hilo de lo que estaba mostrando como evidencia, Chávez sentenció,
con lógica, que esta actividad imperial no va sólo contra el narcotráfico (cómo
podría ir si los que la amparan son los propios presidentes del narco) ni la insurgencia, sino que es parte del proyecto
estadounidense para salvar su propia existencia en función de lo que han hecho
siempre: apoderarse de las riquezas naturales de todos los países que
controlan.
Con el mismo énfasis y similar coherencia, hablaron luego Rafael Correa y
Evo Morales, los que a esta altura pudieran ser calificados como los
tres mosqueteros de la dignidad latinoamericana en esa reunión patagónica.
Y aquí vale un paréntesis: cuando se tiene claro hacia dónde se marcha en
cuestiones de política continental, y a la vez se cuenta con la suficiente
audacia y valentía para no amilanarse ante los poderosos, el resultado es un
discurso como el de estos tres mandatarios. Con un Correa discutiéndole a Uribe
en su propia cara (con luz y taquígrafos) si realmente las FARC son, como él
afirma, terroristas o no. Y aclaró: “cuando los colombianos venían por miles, a
refugiarse en mi país, se decía que eran fuerzas insurgentes, y ahora se dice
que son terroristas”, contestando a la prepotencia uribista
que amonestaba tanto a Chávez como a Correa el hecho de considerar a la
insurgencia una “fuerza beligerante·.
Mención aparte fue el discurso de Evo, que en el lenguaje llano y sencillo, con
que hablan los pueblos originarios, contó al mundo lo que la presencia militar
yanqui significó para los bolivianos y sobre todo para el campesinado cocalero.
Dio ejemplos propios, contó actuaciones intervensionistas, explicó cómo a los
propios hombres y mujeres de su organización sindical les habían asesinado,
torturado, detenido, demonizado (“por rojos y comunistas”) estos sujetos que
para el presidente Uribe son necesarios para garantizar su gobernabilidad.
Pero como el escenario
abarca mucho más que a halcones y revolucionarios, después la audiencia
televisiva o radial tuvo que enterarse los matices del otro gran bloque
regional. El de los que no son ni una cosa ni otra. O mejor dicho, a veces son
anodinos, otras, pisan la raya de la transgresión y hasta parece que se
embanderan con los revolucionarios, y en la mayoría de las ocasiones, destilan
tal mediocridad en sus discursos y accionar, que se convierten en funcionales
de los halcones, o mejor dicho, de los titiriteros de estos últimos.
Claro que hay matices, y vale la pena empezar por los más peligrosos en sus
estrategias zigzagueantes. ¿Les suena Lula? ¿Observaron su rostro en Bariloche,
sus gestos de enfado con el presidente Correa, o bajar la vista cuando Chávez
lo convocaba a unirse al pelotón de los más airados? ¿Escucharon sus
desplantes, su impaciencia por irse de allí, porque, claro,
Dijimos Lula, y también decimos Bachelet. La mujer de hierro contra los
mapuches, la que manda los carabineros para asesinar a los comuneros de ese
pueblo originario, la que hace encarcelar a los que luchan por sus tierras. Esa
misma que hizo apalear a los estudiantes secundarios y universitarios (los
famosos pingüinos) o a los obreros levantiscos. Bachelet, la falsa componedora,
que abogó en Bariloche (como lo hace en casi todos los foros en que participa)
por que los asesinos se amiguen con los que defienden a los pueblos del
continente. Discurso hueco, hipócrita, y por lo tanto poco creíble, y sumamente
desechable.
Y luego están los otros, suficientemente mezclados como para confundir aún más
al respetable público: Lugo, el ex sacerdote que juraba dar la vida por el
campesinado al que hoy le sigue negando la reforma agraria, y cada tanto
autoriza a sus gendarmes para que los apaleen si reclaman tierra y libertad, el
jefe de Estado que ha firmado pactos con Uribe para cooperación policial en la
lucha contra el narcotráfico, y con el Alba, coalición que integra, para no
quedarse fuera de juego en el reparto económico solidario. Lugo, que también
quiso oficiar de componedor de lo que no se puede componer, y en su afán de
quedar bien con Dios y con el diablo, patinó hacia la nada, desaprovechando la
oportunidad de enrolarse en la fila de los que defienden la soberanía de este
continente sin cortapisas.
De Tabaré poco y nada se puede decir. Tuvo un acierto, al mencionar Malvinas
como ejemplo (algo que también hizo Cristina Fernández), y en condenar las
bases, pero su discurso pacifista sonó tan hueco y carente de realidad que,
como viene ocurriendo en todo su mandato, quedó sumamente expuesto como el
color gris de su traje habitual. Y para colmo, cuando las papas quemaban, y el
bando de los halcones arreciaba en sus ataques contra el trío
Chávez-Correa-Morales, decidió marcharse anticipadamente, argumentando una
excusa baladí (que tenía que inaugurar un instituto contra el cáncer cuyos
fondos provienen precisamente de la revolución bolivariana a la que no tuvo el
coraje de defender ni estas circunstancias tan álgidas). No sea que se
comprometiera demasiado, él, que firmó con los gringos un TLC llamado TIFA o
recibió con toda pompa a mister Bush mientras los pueblos del continente y
también el uruguayo, lo repudiaban en las calles, o le dio todo el poder a Botnia
para contaminar a su gusto las aguas uruguayas y argentinas. Se fue rápido
Tabaré y ni siquiera se notó su ausencia.
Cristina Fernández es un capítulo aparte, o un cuarto bloque si se quiere. Lo
es la política exterior argentina, que está llena de luces y sombras. Un día,
abrazos con Chávez, Correa y Evo, lo que es de aplaudir, y otro, alianza con el
discurso imperial en condenar a Irán (por ostensible presión sionista) o
reivindicar (otra vez) el retorno al seno del FMI. Y en política interna, acaba
de enviar al Parlamento una ley imprescindible para recuperar el espacio radioeléctrico
y ponerlo al servicio de la sociedad civil y no de los holdings
empresarios como actualmente ocurre.
Con el tema Colombia, Argentina, el gobierno argentino ha jugado correctamente
en cuanto a respaldar las gestiones de Piedad Córdoba durante los contactos con
las FARC por el intercambio de rehenes, pero desbarranca en igualar,
repetidamente en sus discursos, a los asesinos del paramilitarismo
con los revolucionarios insurgentes. En Bariloche, Cristina empezó con
buen pie, y se sumó al discurso condenatorio de las bases, incluso dando por
oficial y creíble el documento del Comando Sur, ante la bravata de un Alan
García que lo minimizaba para atacar por elevación a Chávez. Sin embargo, al
final, se sumó al sermón “bachelista” de tratar de
componer lo incomponible, más preocupada por los tonos de voz y las palabras
que se cruzaban los mandatarios, que por el contenido de la discusión. No
obstante, de todas y todos los que podríamos encuadrar en el tercer bloque, la
presidenta argentina mantuvo el discurso menos hipócrita, lo que no es poco en
estas circunstancias, y por eso la colocamos al margen de los tres grupos
anteriores.
En fin, Unasur mostró lo que son todos y cada uno de
quienes gobiernan este territorio que hoy es tan apetecible a los generales del
Pentágono. A diferencia de lo que ocurría hasta ahora, se pudo ver lo que antes
se ocultaba y manipulaba. Ese es, un importante avance, sobre todo porque nos
permite evaluar posiciones y no esperar que nos la cuente la patria mediática
manipuladora.
El resultado de la reunión es un tibio manifiesto, que muestra que la unidad se
salva pero que no tiene la consistencia que necesita la difícil hora que vive
el continente, en que como bien dice Hugo Chávez, están soplando vientos de
guerra, mientras Fidel, el sabio y combatiente, advierte el peligros de las
ambiciones desenfrenadas del imperialismo.
Para muchos presidentes y presidentas de la región, el problema no parece tan importante,
hay una actitud irritante de “finalmente esto no va con nosotros, son cosas de
Chávez”. De allí, que la prensa y el establishment uribista (el de Colombia o el de Argentina, qué mas da)
festeje el resultado final de la contienda de Bariloche y en algún articulo se
insinúe que esto le permitirá ser reelegido al actual habitante del Palacio
Nariño.
Para los pueblos, para quienes pelean a diario contra la prepotencia económica
de las trasnacionales y la militarización de la región
por parte de EEUU o sus cómplices locales, quedó
claro lo que pasó en Bariloche y no tienen dudas en qué lugar de la foto
colocarse: bien, pero bien lejos de los halcones y los timoratos. Si se
quiere cambiar en serio, el único camino es el de quienes les plantan cara al
imperialismo, aunque las consecuencias de ese digno gesto cause
sacrificios y no pocos dolores en el cuerpo y en el alma. La resistencia del
pueblo hondureño, que ya cumplió dos meses de acciones contra el golpismo, es
un ejemplo de esto mismo.