La
universidad canaria: entre el caos y el desconcierto
Liberto *
Son tantas
cosas las que uno oye hablar de la Universidad, tantas cosas y no precisamente
buenas, que llega un momento en que te empiezas a plantear seriamente si estos
centros ¿educativos? sirven para algo o, por el contrario, son únicamente
ventanillas expendedoras de títulos y certificados muy bien presentados, eso
sí, pero carentes de contenido, es decir, faltos totalmente de verdadero saber
y conocimiento dignificante, dignificador.
Desde los
contenidos de las materias o el desesperante problema de la masificación, hasta
la insoportable apatía y desinterés del profesorado y del alumnado, todo apunta
a que la Universidad no está cumpliendo con la principal función para la que
fue creada: la formación integral de las personas que han tenido la suerte de
acceder a ella, para que luego, una vez finalizados los estudios, pueda
revertir de forma positiva a la comunidad a la que pertenece.
Muchas veces
se ha hablado de la imperiosa necesidad de acercar la Universidad a la sociedad
y que ésta, a su vez, se interese en la medida de lo posible, de lo que en ella
ocurre. Y yo planteo: ¿No habría que acercar primero la Universidad a los
alumnos? ¿No se tendría que motivar de forma positiva a todos los estudiantes y
desterrar para siempre la verdadera obsesión por -simplemente- obtener una
titulación? No hay nada más que leer cualquier encuesta realizada a
universitarios para darse cuenta de los verdaderos motivos que empujan a muchos
jóvenes a realizar una carrera: el "conseguir" un título para ganar
dinero lo más rápidamente posible y con el mínimo esfuerzo, y además, subir en
el escalafón social. Lo de la formación integral o la pasión por el conocimiento,
si aparecen siempre lo hacen en segundo término.
Por otro
lado, también hay que reconocer que la sociedad vorazmente consumista,
ferozmente individualista, mezquinamente insolidaria
en la que estamos inmersos -y en la que los medios de comunicación están
jugando un papel destacadísimo de apoyo y sanción de este infame y vil sistema-
no ayuda precisamente a un cambio serio y profundo de las estructuras
enquistadas en nuestra universidad. Salvo honrosas excepciones -tanto por parte
de algunos profesores, como por el lado de determinados alumnos- nuestra
universidad está sumida en el pozo profundo del desconcierto, el caos y la
inercia.
Este artículo
fue publicado en el "Diario de Las Palmas" en diciembre de 1993. Como
apareció publicado hace 17 años, sin añadir ni quitar nada me pareció que
podría tener algún interés en estos momentos que se está cuestionando un modelo
de enseñanza lamentable, y cambiarlo por otro aún peor, o por lo menos no
consensuado por toda la comunidad educativa y la sociedad, sino impuesto desde
"los que tienen el control de lo que se debe o no se debe estudiar",
"o lo que algunøs creen que es mejor que el plan
antiguo". En un centro cuya característica fundamental y primigenia debía
ser el formar a ciudadanos que no sólo adquieran conocimientos sobre
determinadas materias, sino que sea un centro de formación integral de la que
salgan individuos críticos, libres y justos. El lector juzgará la desgraciada
vigencia del mismo.
* Desde Artevirgo