De vinos y catetos
María del Pino Fuentes de Armas
Me
sacan de quicio los tontos de baba, los catetos que presumen de tener un
paladar exigente y entender de vinos. Los que acuden a un restaurante y piden
un Rioja o un Ribera del Duero estando en Canarias para, con expresión de
entendidos, ponerse a olfatear la copa y a paladear con chasquido incluido,
terminando, en la mayoría de los casos, consumiendo el vino de la casa que,
según sus papilas gustativas y receptores olfativos, "tiene un arrastre,
pero se puede beber". Un vino que tal vez a esta altura del año tenga
mucho de origen peninsular, pero allá cada cual con su conciencia y negocio.
No soy
chovinista. Ni quiero ser ni me interesa. No voy de defensora acérrima de los
productos patrios en el sentido de que son únicos e insuperables, pero cada vez
protejo más nuestra identidad, nuestro sello, el "hecho en Canarias",
por lo que me fastidia que teniendo buenos vinos en el Archipiélago, los mismos
canarios no les hagamos caso y vayamos de enterados para caer en la trampa de
que nos den falso por verdadero. No me malinterpreten. Admiro la cultura del
vino. He disfrutado, por ejemplo, con Peter Sisseck
en su bodega del Dominio de Pingus, en
Hablamos
de un vino de diseño, manejado por los mejores enólogos, hecho según las
exigencias del mercado en cuanto a color, textura y sabor; de un producto casi
artificial que ha perdido la memoria del entorno; y es que el vino se ha
convertido en un gran negocio al elaborarse de manera industrial, a años luz de
esos caldos tratados de una forma tradicional hasta que alumbran ese néctar de
personalidad definida y siempre distinta, que es la suma del fruto que pare la
tierra, del momento en el que se vendimia, del tipo de barrica que se utiliza,
del proceso de fermentación y del baile de coincidencias que le aportan los
matices diferenciadores. Hablamos de vinos impredecibles, imperfectos, pero con
aroma a familia, capaces de dibujar el paisaje de donde proceden y la secuencia
climatológica que les ha regalado la luz y el agua necesarias.
No
cabe duda de que el vino a cada uno le sabe distinto, y dependiendo del momento
y la compañía variará la percepción que tengamos de él. Hay que beberlo, de ser
posible, en su lugar de origen, acompañado de la gastronomía local propia de la
estación del año y a una temperatura justa. Disfrutando con todos los sentidos
de sus matices, haciendo poesía con sus aromas, emulando a Shakespeare que
quedó tan embriagado de los vinos de Canarias como para citarlos en sus obras:
"Las alegres comadres de Windsor"; en "Enrique IV" y en "Ricardo III",
donde el duque de Clarence es ahogado en malvasía por orden del Rey. El cateto
esto ni lo sabe, ni le importa, lo que cuenta es el precio de la botella y ver
si los de al lado se han enterado de lo que ha pedido, aunque luego haga añicos
la cultura vitivinícola añadiendo refresco a su copa con la excusa de tener que
conducir. Y es que este "enterado" generalmente no sabe degustar, se
limita a tragar, a comparar, a criticar, a presumir de poder adquisitivo y a
denostar los caldos de Canarias, que tienen, afortunadamente y de momento, una
personalidad propia.
Al
cateto yo lo invitaba a cavar la viña, a podarla, a limpiar los troncos, a
deshojar, a despuntar y a sulfatar; a medir el grado de maduración, a preparar
la bodega, a cortar la uva, a limpiarla, a despalillarla y someterla al proceso
de estrujarla; a cuidar el mosto, remontarlo, trasegarlo, pesarlo y mimarlo; a
todo el trabajo y ceremonial que conlleva poner un vino en botella, para que
luego este tonto de baba que se las da de entendido hable de "arrastre y
poco color", comparando las aristas del vino "hecho en Canarias"
con un producto de diseño de los que abundan en las grandes Denominaciones de
Origen peninsulares. El tiempo en el que los caldos que se hacían en nuestras
bodegas, como decían los mayores, "se picaba o se viraba", pasó a la
historia, y hoy en Canarias se puede presumir de tener inmejorables vinos, con
personalidad propia, con el acento de unos terrenos de origen volcánico y la benignidad
del clima que le otorgan una graduación moderada y un perfil único, tanto que
aunque procedan en origen de las mismas varietales siempre tendrán estos
elementos diferenciadores.
Para
arrastre, la mala baba de esos "entendidos" que consumen en Canarias,
con la que está cayendo, vinos de importación. En cuanto al asunto del
"color" es cuestión de añadirle taninos artificiales, dejar el mosto
más tiempo en curtimiento o recurrir a las mezclas con vinos peninsulares, lo
que sea, para que estos señoritos que se deleitan más por la vista que por el
paladar, más por el nombre y el precio que por las señas de identidad,
manifiesten de viva voz y tras culminar su puesta en escena de entendidos,
olfateando primero y chasqueando la lengua después, un "se puede beber".
En resumen, estamos ante un ignorante al que se le puede dar gato por liebre.
Publicado en El Día, 28-09-2009