MORIR POR UNA VULGAR GRIPE
Fidel Campo Sánchez
Desde la segunda
mitad del siglo XIX, la intelectualidad de la época y
por supuesto las gentes del común, consideraban que los avances científicos,
los nuevos descubrimientos y el desarrollo de la civilización, conducirían
indefectiblemente al progreso indefinido de la sociedad. El francés Augusto Compte dio base a este pensamiento, conocido como
positivismo, del que se alimentó el mundo hasta encontrarse con la destrucción
provocada en
Entramos en el
siglo XXI con las herencias del pasado inmediato, y
la creencia de que, nuestra civilización, todo lo tiene controlado. Somos
capaces de clonar la vida, de alcanzar planetas lejanos, pensamos en dominar
cualquier enfermedad por ingeniería genética, y tratamos de organizar
instituciones y dictar normas a escala mundial para el buen gobierno de todos
los países. Sin embargo, siguen surgiendo acontecimientos que escapan al
control humano y desbaratando sus previsiones. Y nos referimos a los tsunamis o
los terremotos que de vez en cuando nos recuerdan la presencia de fuerzas cuyo
control se nos escapa.
La aparición de la
mal llamada gripe porcina, ocupa hoy todos los titulares de actualidad. Se
contabilizan los nuevos casos, se cuentan los muertos, se acumulan los
antivirales, se cierran los locales de concentración pública y hasta se piensa
en cerrar las fronteras, como medidas de protección hacia lo que se considera
una nueva Peste Negra, capaz de acabar con
No hace mucho,
algo similar ocurrió con la aparición de un foco gripal en China. Se aisló al
personal de los hospitales, en los aeropuertos se instalaron detectores
térmicos para los viajeros, se aniquilaron pollos por millones y cualquier pato
muerto recogido en un campo europeo era sometido a conspicuos análisis para
determinar si portaba el virus. Al final, como en cualquier epidemia gripal, la
infección finalizó por lisis, es decir por la inactivación
espontánea del germen causal.
Hoy, el mundo
occidental se conmociona por las proporciones de una crisis económica de
proporciones nunca conocidas, viendo cómo sus bancos amenazan con quiebras, sus
industrias se desmoronan y su comercio se paraliza. Entretanto Irán anuncia su
extensión de pruebas nucleares, el hambre y el Sida sigue exterminando a
millones en África, el islamismo radical mantiene sus frentes en Pakistán o en
las calles de Bagdad, y la malaria o la desnutrición siguen matando a millares
de personas al día. Pero basta que aparezca un brote gripal de características
contagiosas -como todas las infecciones víricas- para que nuestra sociedad
olvide sus preocupaciones diarias y solo piense en lo ridículo que es morirse
de gripe. Hasta hace poco, nuestra mayor preocupación ante aconteceres
apocalípticos lo constituía el miedo al llamado cambio climático, ese
esperpento capaz de provocar la inundación inminente de nuestros litorales, la
desaparición de las cosechas, los hielos de Groenlandia y del oso polar, la
destrucción de nuestro mundo. Todo esto ha sido profetizado por multitud de
hábiles expertos, capaces de pronosticar cómo será nuestra vida dentro de cien
años. Pero nadie había contado con que