Los wladimirlos
Wladimiro
Rodríguez Brito
Necesitamos un marco legal que castigue el abandono
del campo como lo proponía la Ley de Medidas Urgentes, que ahora descansa en el
congelador de la burocracia. Necesitamos una Administración ágil, sencilla, que
favorezca volver a la tierra: cuartos de aperos vallados, sorribas,
mejoras de riego o pistas, freno a las importaciones de choque y al fraude con
las importaciones de alimentos, plagas y enfermedades; dignificar al agricultor
y las producciones locales y no como ahora, que hasta las ofrendas al santo las
hacemos con frutas de importación. En una palabra, dignificar social y
económicamente al agricultor y al ganadero, verdaderos cuidadores ambientales y
jardineros del medio rural.
Estamos en una lectura
de la naturaleza y de la economía en parcelas aisladas y nos han acostumbrado a
una serie de declaraciones sobre protección de esta o aquella especie o espacio
separándolas de la sociedad y, por supuesto, de los campesinos. Así, tenemos
numerosas categorías de protección que sólo interpretan unos supuestos
especialistas, aisladas de la cultura, la economía y de la sociedad en la que
han convivido los hombres y la naturaleza.
Los mirlos, al igual
que el resto de las aves, han estado unidos a los agricultores. Las tierras
labradas y los sembrados aportaban el espacio vital para los mismos, pero ahora
la maleza -zarzas, helechos, tojos, cañaverales, hinojos- ha alterado su
espacio vital, concentrando la población de mirlos y otras especies silvestres
en las reducidas parcelas cultivadas, como son la vid y otros frutales. Es
decir, gran parte de su hábitat ha sido alterado e incluso el equilibrio que
mantenían con otras especies rapaces que los diezmaban está roto.
Los pocos agricultores
que quedan hoy en día encuentran un campo cargado de maleza donde las
"mundicias" apenas dejan algo al agricultor, a lo que se une
importaciones de choque que hacen que las papas, el vino o los productos
ganaderos apenas cubran costes, como de hecho ocurre con productos importados
de países terceros (salarios de hambre) que aquí venden como de la Unión
Europea.
Por otra parte, las
leyes de protección ambiental protegen todo bicho viviente excepto a los
agricultores, de tal manera que matar una paloma rabiche
significa una sanción por más de 12.000 kilos de papas al agricultor (a 0,40
euros el kilo) o, lo que es lo mismo, unos 6.000 euros.
Tenemos un serio
problema con las fincas abandonadas, ya que debido a la falta de actividad
están cubiertas de zarzas, helechos, tojo, magarzas, etc. Éstas constituyen
verdaderos focos de plagas para los cultivos, causando problemas a toda mejora
posible en el medio rural, así como a la prevención de los incendios
forestales, que han nacido casi todos en fincas abandonadas en los últimos
años, como ha ocurrido en Los Campeches y La Hornaca,
lugares donde, en muchos casos, las Brigadas Forestales han de aplicar la
cizalla con permiso del juez.
Por lo tanto,
necesitamos un marco legal que castigue el abandono del campo como lo proponía
la Ley de Medidas Urgentes, que ahora descansa en el congelador de la
burocracia. Necesitamos una Administración ágil, sencilla, que favorezca volver
a la tierra: cuartos de aperos vallados, sorribas,
mejoras de riego o pistas, freno a las importaciones de choque y al fraude con
las importaciones de alimentos, plagas y enfermedades; dignificar al agricultor
y las producciones locales y no como ahora, que hasta las ofrendas al santo las
hacemos con frutas de importación. En una palabra, dignificar social y
económicamente al agricultor y al ganadero, verdaderos cuidadores ambientales y
jardineros del medio rural.
No es admisible que lo
urbano sólo envíe al campo inspectores al estilo del represor Matute, con leyes
inaplicables que miden los metros cuadrados que tiene el goro
del cochino o el gallinero y con más preocupación por los lagartos que por los
agricultores; leyes en las que las leyendas de los wladimirlos
son alegatos malintencionados al igual que otras sobre envenenamiento de los
conejos desde el helicóptero o que no dejamos limpiar los montes.
En este caso, es
necesario aclarar lo que dice que son los wladimirlos.
Se trata de una leyenda malintencionada en la que, por lo visto, en el cabildo
tenemos fincas donde criamos mirlos y después nos dedicamos a soltarlos, a
miles, en puntos concretos de El Palmar, Tierra del Trigo y Tegueste
para que se coman las cosechas. Otra mentira más que tenemos que soportar y que
algunas mentes perversas alimentan, pero que, evidentemente, no tienen nada de
cierto. Ni tenemos fincas donde criamos mirlos ni envenenamos a los conejos
desde los helicópteros, como tampoco prohibimos que la gente limpie los montes.
Hasta ahí podíamos llegar.
El Cabildo de Tenerife
no entiende el medio ambiente separado del campo y los campesinos. No hay una
naturaleza separada del hombre y su cultura; todos estamos en el mismo barco:
pinos, laurisilva, papas bonitas, cabras y campesinos, y cómo no, también los
urbanitas. Apostar por el futuro también es beber en las fuentes donde bebieron
nuestros abuelos, que nos dejaron la naturaleza que conocemos antes de inventar
miles de leyes y de manchar de tinta los mapas con una serie de categorías de
protección en el papel copiadas del medio urbano, alejadas de la realidad social
y ambiental que vive y también sufren nuestra gente y la naturaleza, en la que
mirlos y campesinos han convivido desde la noche de los tiempos sin incubadoras
y, por supuesto, sin tanta teoría de lo que hay que hacer en el territorio.