CUESTIÓN DE GENES (I)

 

 

Eduardo Pedro García Rodríguez

 

El sistema colonial español en nuestra nación viene imponiendo, de manera subrepticia en unos casos y abiertamente en otros, a los niños y jóvenes, desde los centros de enseñanza primaria hasta la Universidad de España en Canarias, un profundo complejo de endofobia, afianzado y continuamente difundido por “enseñantes”, “intelectuales” y políticos  canarios y europeos de servicio, además de una ingente maquinaria productora de medios de “descomunicación” del Estado colonial (salvo honrosas excepciones), fieles y abnegados cumplidores de las consignas dictadas por sus amos desde la metrópoli española.

 

Estos cancerberos estómagos agradecidos vienen sosteniendo una cruzada tendente a inculcar en la mente de la población canaria la descabellada idea de que todos los canarios descendemos de algunos pueblos de la Península Ibérica (la actual entelequia denominada España fue creada como ente político y territorial en 1812, anteriormente se definía como “los reinos de España o las Españas”), negando y despreciando el auténtico origen imazighen (hombres libres) de la mayoría de la actual población canaria, al tiempo que tratan de incrustar en nuestras mentes la idea de que nuestros ancestros “fueron otros” y que nosotros, por el mero hecho de portar nombres y apellidos europeos impuestos, somos “otros”. Aun se ve desde la óptica del criollo, desde afuera, desde la cultura que conquista y no del conquistado. Hablan de “esa problemática indígena o aborigen” y no de “nosotros los guanches”. Hablan de la conquista y no de la invasión.

 

Todo ello a pesar de los irrefutables estudios científicos aportados durante siglos por  eminentes especialistas en antropología,  etnografía, lingüística y, más modernamente, en genética poblacional, entre los que cabe destacar a los europeos: Sabin Berthelot, René Verneau, Fischer en 1930, Fusté en 1959, V. Rösing en 1967 y otros que han defendido que la población precolonial sobrevive en la población actual de las islas.

 

Wolfel (1930) calculaba que dos tercios, aproximadamente, de la población canaria a finales del siglo XVI era descendiente de guanche. En los tiempos actuales destacan reputados investigadores de la talla de  Francisco García Talavera, Rafael González Antón, María del Carmen del Arco Aguilar, Ignacio Reyes García, entre otros. Así como los españoles Antonio Arnáiz Villena, Jorge Alonso García y Vicente Martínez Cabrera. 

El individuo va  construyendo su identidad a partir de sus orígenes y el pasado de sus antepasados, así  como de su propia peripecia, desde la niñez hasta la madurez.

Este conocimiento de su pasado social es lo que les proporciona su identidad social, es decir, de una manera amplia, su identificación cultural, su Historia.

Es ahí donde comienza el otro proceso, el cognoscitivo, analizando el conocimiento de las causas, el reconocimiento de una identidad. Es decir, conocemos nuestra identidad de individuo conociendo nuestra historia y todas sus interacciones dialécticas. 

Cuando los pueblos cuestionan su presente pueden ponen en riesgo el status quo, el orden establecido, en función de futuras transformaciones.

Ahora bien, ¿hasta dónde llegar en la búsqueda de ese pasado histórico?: Tan lejos como puedan avistarse las raíces y tan cerca en el tiempo como para reconocerse como pueblo, operación ésta que vincula, indefectiblemente, el pasado con el presente.  

En fin, como dice el refrán popular “no hay peor ciego que el no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír”, especialmente cuando se pone en riesgo intereses económicos, de castas o de predominio político

 

Este estado de cosas, consecuencia del hecho colonial, tiene ciertamente enferma psicológicamente a la sociedad canaria, la cual es víctima de una pandemia cuya virulencia, arteramente extendida por el sistema colonial español en Canarias, viene minando nuestra salud mental desde hace mucho tiempo, induciéndonos a asumir como una situación normal el complejo de endofobia en que nos tienen inmersos y que, mucho me temo, continuaremos sufriendo si no aplicamos prontamente la vacuna adecuada.

 

Tal como recoge en un acertado y documentado artículo el ilustre profesor de psicología D. José Tomás Bethencourt Benítez: “Los efectos malditos y perversos del racismo endofóbico son bien conocidos, en este caso que nos ocupa, el obligar al pueblo canario a sentirse extranjero en su propia tierra; el arrinconamiento social, laboral, cultural y lingüístico; la pérdida alarmante de identidad por efecto de la imposición abusadora, irrespetuosa y avasalladora de moldes ajenos y foráneos; el impacto psicológico negativo sobre la autoestima, al observar pasivamente el desprecio e infravaloración de sus propias señas de identidad y personalidad (mago=sucio, bruto, analfabeto, ignorante, etc...)”.

 

Mientras que esta realidad incuestionable es una constante en esta colonizada nación canaria, en otros pueblos que han logrado liberarse del yugo colonial español, y en cuyas poblaciones criollas así como en su posterior independencia tanto contribuimos los canarios, buscan y asumen con orgullo su ascendencia guanche. Orgullo que los canarios o sus descendientes establecidos en el exterior no dudan en manifestar, pero que en el interior es ciertamente amordazado por el temor justificado a represalias sin cuento por parte del sistema dominante.

Uno de los ejemplos del orgullo de pertenencia a una etnia diferente y diferenciada mostrada por los canarios lo tenemos en la República Oriental del Uruguay, cuyos primeros aportes poblaciones externos fueron de canarios, aunque de manera forzada por la metrópoli española (tributo de sangre), el arraigo en la tierra de acogida fue tal  que, en cierta manera, aquella es una prolongación de la nación canaria en América, pero en esta caso en libertad.

La historia ha influido sobre el pueblo uruguayo para que las distintas raíces que integran su identidad generen un resultado sincrético que les identifica entre sí. Los componentes étnicos son variados, pero es la forma de unirlos y los retos a los cuales responde cada cual, lo que contribuye a identificar lo que muchos califican como la identidad nacional, que de una u otra manera permite afirmar las diferencias, con predominio de las similitudes.

Derek Walcott recoge esa idea con una hermosísima metáfora que vale la pena reproducir: “cuando un jarrón se rompe, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría intacta. El cemento que restaura las piezas es la autenticación de su forma original. Un amor semejante es el que vuelve a reunir nuestros fragmentos asiáticos y africanos, la rota reliquia que una vez restaurada, devela blancas cicatrices.”

Uno de estos componentes africanos lo constituyen los cientos de canario portadores de sangre guanche que, obligados por la situación de vasallaje a que estaban -y estamos- sometidos, fueron una ves más objeto de trueque con que los criollos herederos ideológicos de los invasores conquistadores hicieron frente a las exigencias de la metrópoli española del mencionado tributo de sangre.

Era el 19 de noviembre de 1726, cuando zarparon del puerto de Añazu n Chinech (Santa Cruz de Tenerife) en el navío "Nuestra Señora de la Encina, capitaneado por Bernardo Zamorategui, las primeras trece familias que formaban parte del primer contingente de inmigrantes provenientes del Archipiélago Canario destinadas a poblar San Felipe y Santiago.

Una imagen de estas primeras familias forzadas a emigrar a este país hermano cuando era una de tantas colonias hispanas en América nos la ofrece el investigador y periodista Leonel García: “Luego de 89 días de dura travesía, Silvestre Pérez Bravo seguramente deseaba tocar tierra firme. Pero para el, su esposa, sus hijos y otras doce familias, el paisaje frente a sus ojos no debe haber resultado gratificante. Las escasas viviendas salpicadas en un campo que parecía no terminar nunca era lo mas opuesto posible a una urbanización con miras a progresar. Tal vez entonces no imaginaba, ni él ni el resto de las familias, que permanecerían hacinados durante un mes en tiendas de campaña y a merced de una tierra desconocida e inhóspita, hasta que las autoridades que respondían al Reino de España repartieran los solares.”

Uno de estos comerciantes, Francisco de Alzaíbar,  fue el encargado de enviar el primer contingente de canarios a Montevideo. La investigación asegura que, contrastando la visión histórica que lo señala como uno de los fundadores de la ciudad, “nunca tuvo una intención premeditada de poblar” la futura capital de Uruguay. El comerciante obtuvo un permiso para introducir de manera exclusiva mercaderías en las “provincias” españolas del Río de la Plata , pero para ello tenía que trasladar familias del tributo de sangre desde las Islas Canarias a Montevideo.

El texto indica que Alzaíbar hizo el trasvase de familias considerándolas “parte de la carga, no necesitados de atención o asistencia” para abaratar costos. Sobre las condiciones de los emigrantes a su llegada, un texto de la época señala que Pedro Millán -quien elaboró el primer padrón e habitantes de Montevideo y la distribución de solares- debido a la extrema miseria con que estas familias fueron obligadas a emigrar “tuvo que entregarles varias varas de ropa de la tierra para repararlos de su desnudez".

 

Continuará...

Marzo de 2007.