AMÉRICA Y SUS ACTAS DE INDEPENDENCIA

Ninguna iniciativa es más apropiada a la Organización de los Estados Americanos que la de publicar las Actas de Independencia de las repúblicas americanas, pues si hay algo a lo cual éstas se adhieren con fervor unánime es al sentimiento de independencia nacional. A diferencia de los pueblos de Europa y Asia, cuyos sentimientos de na­cionalidad se han desarrollado a través de un largo proceso no siempre vinculado a movimientos políticos, las naciones americanas iniciaron su existencia sacudiendo la autoridad del poder imperial metropolitano. En el Nuevo Mundo la palabra "independencia" agita profundamente la emoción de los pueblos, evoca recuerdos de luchas heroicas, de sufri­miento máximo, de esfuerzos casi sobrehumanos; trae a la memoria preclaros ejemplos de abnegado espíritu cívico; va unida a la reverencia con que los hombres de nuestra época contemplan los ejemplos de aquellos "padres de la patria".

Tal sentimiento bastaría por sí solo para justificar la recordación de los documentos en donde se encuentra plasmada la idea de la independencia nacional americana; mas existen otras razones para que los americanos del siglo XX demuestren un interés particular en los documentos que anunciaron el nacimiento de las repúblicas del nuevo mundo. Bien hacen ellos en volver la mirada y considerar, en sus diferentes manifestaciones y expresiones, la filosofía política que inspiró tales declaraciones, observar los diferen­tes estilos en que hombres de épocas tan distantes entre sí, como son las de 1776 y de 1903, expresaron sus convicciones políticas fundamentales, advertir las circunstancias en que tales convicciones adquirieron expresión, y darse cuenta de cómo toma cuerpo el carácter de las distintas naciones y se insinúa en la forma y contenido de sus mani­fiestos. Su estudio comparado puede constituir una lección objetiva, que lleve a la conclusión fundamental de la fraternidad continental americana y también del carácter singular y propio que distingue a cada uno de los países de América.

El tema que fluye a través de todas las declaraciones de independencia americanas es él de la soberanía popular. La idea de que el gobierno debe depender de la voluntad de los interesados es universal. La expresión de tal filosofía, sin embargo, se ve afectada por las diferencias de tiempo, lugar y circunstancia.

La primera de las declaraciones de independencia americanas, la de los Estados Unidos, contiene la más com­pleta y exacta enunciación de los principios que le sirven de fundamento. Las breves frases en que tales principios se ven formuladas resuenan a través de los años como la expresión clásica de la doctrina liberal del siglo dieciocho: “Nosotros consideramos de manifiesta evidencia estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que han sido dotados por su Creador con ciertos derechos inaliena­bles, que entre ellos están la vida, la libertad y la busca de la felicidad —Que para asegurar estos derechos han sido instituidos los Gobiernos entre los hombres, derivando sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados— Que siempre que una forma de Gobierno se haga destruc­tora de estos fines, es el derecho del pueblo alterarla o aboliría, e instituir un nuevo Gobierno, basándolo en aquellos principios y organizando sus poderes en la forma que les parezca más probable para efectuar su seguridad y felicidad".

Estas claras palabras señalan la aplicación, por vez primera en América, de ideas que por diversos cauces del pensamiento occidental se remontan a épocas muy lejanas. La invocación del Todopoderoso es tan vieja como la tra­dición judeo-cristiana sobre la cual descansa la civilización moderna de Occidente. De igual manera la idea de la ley natural se remonta, a través de la filosofía medioeval, a la antigüedad clásica. La idea de la soberanía popular y el derecho a la revolución había encontrado su más acabada expresión en los escritores políticos de la revolución inglesa del siglo diecisiete, y había sido transmitida a América en su forma más completa e influyente por John Locke en su celebrado segundo Ensayo sobre el Gobierno.

La teoría de la sociedad, sumamente individualista y aun atomista, que encontró expresión en la Declaración de 1776, era en realidad considerada por sus autores como una verdad de manifiesta evidencia. Era ella expresión de lo que parecía no sólo correcto en teoría, sino "natural" en la vida práctica, dentro de la atmósfera relativamente libre de las colonias británicas en América, y particularmente en el vasto interior del continente en donde apenas sí se extendía el dominio de la sociedad. Sin embargo, cuando estos con­ceptos encontraron más tarde un eco en los patriotas his­panoamericanos, más bien que la expresión de un hecho evidente eran ellos ahora un grupo de ideas en que encon­traban conveniente apoyo el sentimiento de rebeldía contra la injusticia y el apasionado sentimiento nacionalista que ya alboreaba. Es de observar que el principio de la De claración de 1776 que encontró mayor eco en declaraciones posteriores fue el derecho a la libre determinación como una idea razonable y natural, que llevaba consigo el derecho a la revolución en contra de lo que se consideraba la tiranía o el imperio de la fuerza. La idea de que la sociedad existía con el propósito de garantizar a los individuos los derechos a la vida, a la libertad y ala busca de la felicidad (propie­dad), no es aquí tan evidente y si bien la libertad sigue siendo una preocupación constante, ella tiende ahora más bien a significar libertad del dominio extranjero que aquel concepto más amplio expresado en Filadelfia.

Si bien la independencia, acepto en Brasil, confirió de hecho libertad a los individuos especialmente a aquellos dotados de poder social, económico y militar -para que persiguieran sus propios y a veces ilimitados fines, tal liber­tad era menos la expresión de una teoría de la sociedad que la aceptación de una realidad: la desaparición del orden social del antiguo régimen como consecuencia de la guerra y la revolución. En efecto, si bien igualmente dedicadas a liberarse del Viejo Mundo, las naciones de la América his­pana siguieron bajo el influjo de una idea de la sociedad que consideraba a ésta como un sistema de interrelación de grupos, representados por instituciones como la familia, la clase, la religión, el ejército, etc; sin embargo, la elimina­ción del principio de la monarquía en casi todas partes del continente dejó a estos grupos sin una base firme en que apoyarse, y ello dio lugar a una lucha que duró una genera­ción, o más, para la reconstitución de la estructura social sobre bases nuevas.

Cuantitativamente, gran número de las declaraciones de independencia americanas confieren preeminencia a una relación de agravios. Allí, desde luego, se observan las exageraciones y tergiversaciones que aparecen en todo docu­mento cuyo fin es la propaganda. Sin embargo, sería un error desestimar tales catálogos de agravios porque ellos no constituyen la expresión objetiva de la verdad histórica. Es allí donde resplandece el fervor emotivo que tanto con­tribuyó a la creación del sentimiento nacional. Sería in­correcto desestimar el hecho de que el rencor, y aun el odio hacia un pueblo extraño o hacia un gobierno extranjero, cons­tituyeron a menudo una de las bases de las nacionalidades americanas. A este respecto, sin embargo, existen marcadas diferencias entre las distintas declaraciones. La más pro­funda, en su elocuente y cáustico rechazo absoluto del poder extranjero, es la declaración de Haití, que surgió al final de un largo período de guerra, marcado por antagonis­mos raciales y de clase muy profundos. En otras partes, las quejas van dirigidas principalmente contra gobiernos, no contra pueblos. Las declaraciones de los Estados Unidos de América, Cuba, los Estados Unidos de Venezuela y la república de Bolivia constituyen buenos ejemplos de ello. En los casos del Uruguay y la República Dominicana , si bien menos marcado que en el caso de Haití, el hecho de que la independencia se afirmaba en contra de un pueblo de lengua extraña y de diferente origen racial confirió un matiz de aspereza a la afirmación positiva de la libertad. En la mayoría de las declaraciones hispanoamericanas es notable la ausencia de tal sentimiento. En las declaraciones de Argentina, Chile, Perú, Centro América, y México, especial­mente, prevalece una expresión sobria y moderada.

Usualmente se piensa en la independencia americana como opuesta a la autoridad imperial de Europa. Esto es cierto, desde luego, en muchos casos, mas es necesario señalar que además de la independencia de las antiguas metrópolis, las declaraciones de varios Estados americanos van principalmente dirigidas contra países vecinos. La República Dominicana afirmó su independencia de Haití, Bolivia tanto del Perú como de Argentina, Paraguay del dictador argentino Rosas, Uruguay del Imperio de Brasil; Panamá de la República de Colombia. En cierto modo, las declaraciones de independencia americanas son expresión del fuerte sentimiento local que en muchos casos ha im­pedido la creación de grandes Estados y federaciones, como la Gran Colombia , la América Central y las Provincias Unidas del Río de la Plata. Algunas declaraciones se aseme­jan en muchos aspectos a los fallidos esfuerzos pasajeros realizados por algunos Estados, regiones y provincias para, alcanzar la independencia: Río Grande do Sul, los Estados Confederados de América, la República de Texas, el Estado de Yucatán.

Es notable, además, entre la variedad de estos docu­mentos, la composición del órgano o autoridad que expidió la declaración. El órgano era un Congreso representa­tivo en los casos de los Estados Unidos, de Venezuela, de Argentina, de Uruguay, de Solivia, de México, y de la declaración centroamericana de 1823. En otros casos las declaraciones las hacen órganos locales: los cabildos colonia­les, que en tan solemne ocasión se vieron ampliados me­diante la inclusión de otros ciudadanos, un organismo local de naturaleza similar como en el caso de Panamá, asambleas locales convocadas ad hoc para que ratificaran la voluntad de un dirigente, como en el caso del Perú, Chile, y más tarde el Paraguay. En algunos casos, notablemente los de Haití y Cuba, la declaración es obra de un dirigente político-militar. Estas diferencias en los orígenes de los documentos son más formales que reales. Bien puede ponerse en duda el carácter verdaderamente representativo de tales congre­sos y asambleas. En épocas de revolución no es posible consultar con certeza la voluntad popular. Las declara­ciones son obra de los grupos revolucionarios, más o menos fuertes y más o menos representativos de los pueblos inte­resados. El hecho de que una asamblea popular de un tipo determinado constituyó por lo general la fuente de donde emanaron las declaraciones de independencia es ya una indicación de que se aceptaba el principio del gobierno representativo. Tan sólo el rescripto de Pedro I combina en sí, a la vez, la idea de independencia y la continuación del principio monárquico.

Evidentemente no todas las repúblicas americanas siguieron una evolución política estrictamente paralela para alcanzar la independencia. En algunos casos la indepen­dencia constituyó un problema que se discutió en contra y a favor con apasionada vehemencia y que, una vez declara­da, señaló un objetivo por el cual habría de lucharse sin el menor asomo de compromiso o rendición. En este grupo, cuyas declaraciones de independencia marcaron una crisis en la evolución del sentimiento nacional, pueden colocarse los Estados Unidos de América, la República Argentina (las Provincias Unidas del Río de la Plata ), la primera República de Venezuela, Chile, Perú y Uruguay. En todos estos países se había iniciado un movimiento de resistencia en contra de Europa, que en algunos casos se había prolongado por algún tiempo. La adopción de una declaración de in­dependencia en tales casos encerraba un grave riesgo; los participantes ponían en peligro su vida y hacienda, y la actitud por ellos adoptada equivalía a afirmar que estaban dispuestos a llevar la lucha hasta el fin. En efecto, estas declaraciones sirvieron para cristalizar la opinión pública y unieron los patriotas en favor de los nuevos ideales.

A diferencia de la situación arriba descrita, hubo países en donde la independencia se logró antes de que ella fuese declarada. La declaración, en tales casos, representa la formalización de una situación de facto. Tal parece ser el caso de Bolivia, México, Paraguay, El Salvador y Haití. Sin poseer por ello un carácter de menor solemnidad y sin conservar por ello menor importancia futura que las de­claraciones aprobadas en el fragor del combate, tales de­claraciones se expidieron después que los ejércitos pa­triotas hubieron conquistado los laureles de la victoria.

Existen, sin embargo, aun otros casos en donde la de­claración de independencia constituyó el primer paso con que se inició un movimiento revolucionario. Como tales pueden considerarse los manifiestos lanzados por los revolu­cionarios cubanos en 1868, el del movimiento dominicano para independizarse de Haití en 1844, el de Panamá en 1903, el del Brasil (si bien expedido por un Braganza) en 1822.

Entre los documentos que hoy se tienen por declara­ciones de independencia, las declaraciones del Ecuador (1809) y de Colombia (1810) representan casos particula­res, porque ellos simbolizan la iniciación de lo que llegaría más tarde a convertirse en movimiento de afirmación na­cional. En ambos casos se depuso la autoridad del poder colonial constituido y se proclamó el derecho a la autono­mía, mas sin afirmar una total separación de la madre patria. La palabra nación, al emplearla los patriotas de Quito en 1809, se refería a la nación española, no a la nación ecuato­riana que se estableció más tarde. Igualmente, al iniciarse el movimiento revolucionario de Nueva Granada en 1810, se proclamó que se guardaba fidelidad a Fernando VII de España. Sin embargo, ambos países han considerado que estos pasos hacia la independencia tienen mayor significado en la formación de la nacionalidad independiente que cual­quier acto o declaración posterior.

Otras parecen ser las circunstancias en que se expidie­ron la mayoría de las declaraciones de independencia centroamericanas. Ellas se caracterizan especialmente en que no fueron expedidas en forma de llamados urgentes a la revolución, o luego de haber concluido una campaña vic­toriosa, sino en tiempos de paz. AL desplomarse el poderío español en otras partes del continente, los pueblos de Centro América quedaron en libertad de decidir su futuro político. Entre 1821 y 1823 ellos manifestaron su voluntad de ser libres, si bien los rasgos de la nacionalidad no se encontraban aún claramente definidos. ¿Se convertiría cada una de estas provincias en una nación aparte? ¿Se unirían al Imperio de México? ¿Se unirían en una nación federal? Tales cuestiones no se habían aún resuelto en 1821, aunque cuatro de las naciones centroamericanas han considerado esta etapa de su marcha hacia la nacionalidad indepen­diente como el período de mayor significado. Únicamente El Salvador prefiere considerar más digno de celebrarse la declaración formal de la separación de sus vecinos.

El estilo en que se han expresado todas estas declara­ciones reviste gran importancia para el estudiante de la cultura americana. La primera en el tiempo, la declaración adoptada en Filadelfia en 1776, ha sido reconocida por mucho tiempo como una obra maestra de la prosa del siglo dieciocho. Sus frases tienen las cadencias formales de la Edad de la Razón , con matices apasionados, especialmente cuando se trata de la relación de agravios, que son la voz del Nuevo Mundo. La que le sigue, la declaración de Haití, es menos literaria. Elocuente, sí. Quizás ninguna otra de­claración americana está tan preñada de emoción, es tan desafiante, tan expresiva de la voluntad indomable de una raza. Escrita en francés, es al mismo tiempo una repudia­ción total de todo lo que es francés, de todo lo europeo; es la consagración al ideal de un pueblo joven. No puede clasificarse fácilmente entre los géneros de la expresión literaria occidental.

En lo que a estilo se refiere, las declaraciones de las repúblicas hispanoamericanas de principios del siglo die­cinueve son de tipos diferentes. Las hay que indican en frases sobrias, moderadas, casi secas, la voluntad de los hombres de acción de proclamar su decisión con incisiva brevedad. Entre estos productos sin pretensiones literarias se cuentan las declaraciones de Uruguay, Argentina, Para­guay, Chile, Perú y México. Mas todas las repúblicas his­panoamericanas no adoptaron tal forma de expresión. Las declaraciones de Venezuela y Bolivia, a las que separa una década, muestran el influjo del sentimiento romántico que ya comenzaba a reemplazar el estilo formal y sobrio del siglo dieciocho. Es la exhuberancia tropical que aparece, en menor grado en la declaración de Venezuela en donde resuenan ecos de la declaración de Filadelfia, y con mayor fuerza en la fraseología poética y emotiva de la declaración de Bolivia. Las diferencias apuntadas entre estos docu­mentos hispanoamericanos, casi contemporáneos, parecen derivar de la paternidad de los mismos. El elemento civil de la época era sensible a las nuevas formas de expresión románticas, en tanto que los hombres de guerra con frecuencia se servían del lenguaje más sencillo y escueto.

Existen dos casos en que la forma de expresión es an­tigua. Los documentos de Ecuador y Colombia están escritos en el estilo legalista de la época de la colonia. La volun­tad de expresión nacional decidió en estos casos servirse de las fórmulas y vocabulario de los instrumentos legales de la colonia, lo que le confería al documento un máximo de seriedad y legalidad, si bien no de espontaneidad.

Declaraciones posteriores, en particular la de la Re ­pública Dominicana y la de Cuba, exhalan el internacionalismo y el liberalismo filantrópico e ilustrado de mediados de siglo. La atracción de esta opinión ilustrada extranjera es más definida, como es más americana y menos española la forma de su castellano.

Canadá fue el primer país americano que alcanzó la independencia de manera progresiva y pacífica, mediante concesiones sucesivas de autoridad por parte del gobierno imperial al que había estado sometido. Sin embargo, puesto que Canadá no ha decidido asociarse con la OEA , el docu­mento que marca la adquisición de su independencia no ha sido incluido en la presente colección. Ahora bien, desde la publicación de la primera edición de esta obra y por medio de un proceso similar al de Canadá, han obtenido su inde­pendencia otros tres países que formaban parte del Imperio Británico -Trinidad y Tobago, Jamaica, y Barbados- que ya han ingresado en la OEA. Por consiguiente esta cir­cunstancia ha permitido incluir en el presente volumen sus Actas de Independencia, documentos que ponen de relieve los notables cambios que ha presenciado nuestro siglo en la historia del imperialismo.

La Independencia de Trinidad y Tobago, Jamaica, y Barbados, en lugar de originarse en una declaración de re­beldía por parte de los países coloniales, se estableció en virtud de Actas de Independencia adoptadas por el Parla­mento Británico y redactadas en el lenguaje de juristas de la Corona que estaban dedicados a la tarea de modificar la legislación del imperio, de tal modo que excluyese toda su autoridad sobre los Estados ahora independientes y para que se aclarasen cuestiones inherentes a nacionalidad y atribuciones de carácter militar, civil y económico.

En resumen, transcurridos apenas dos siglos desde la primera declaración de independencia en América, como ya habían previsto ciertos autores de esa época, las colonias han ido desprendiéndose del árbol imperial como fruta, madura.

Las páginas precedentes, al hacer primero hincapié en la gran unidad de propósito que guardan entre sí las dedeclaraciones de independencia americanas, han insistido sobre las diferentes circunstancias en que ellas se origi­naron. Resta recalcar un hecho que aparece implícito o explícito en todas ellas. ¿Por qué la independencia? ¿Se trataba simplemente de la afirmación de una hostilidad tribal contra el "extranjero"? Cierto es que la independen­cia era concomitante al desarrollo del nacionalismo que predomina en las instituciones y sentimientos políticos mo­dernos. Mas en la opinión de sus creadores, la independen­cia tenía un fin ulterior. La separación era el medio para lograr un fin, no el fin en sí. Por sobre el fragor del combate y por encima de los prejuicios, intereses y celos de hombres, razas y pueblos, flota el ideal de que el gobierno debe existir para el bienestar público. A veces este fin se vio eclipsado y relegado por la ambición de mando de los dirigentes y de los grupos sociales y políticos, mas él se encontraba en la base del movimiento de la independencia americana, que se logró principalmente en una época en que todavía impera­ban en Europa las ideas de las prerrogativas reales y del derecho divino de los reyes. Este ideal se ve expresado no sólo en el preámbulo de la Declaración de los Estados Uni­dos de América, sino en muchas otras. Aun cuando tal fin no aparece expresado, él se encuentra implícito en el pensa­miento de los dirigentes que ansiaban que aquellas declara­ciones llegaran a ser algo más que simples aspiraciones de papel. La independencia de América se inició y estableció sus moldes en una época en donde la unión entre los hom­bres y la asociación de los pueblos libres constituía una inmensa esperanza. En una nueva era, en que estos mismos principios representan la única esperanza de un futuro de paz para la humanidad, es conveniente volver una vez más la mirada a estos documentos, a los principios que los sus­tentaron, a los directores de los pueblos nuevos animados por aquella clara esperanza. La médula de estas ideas encuentra expresión en las palabras de otro gran hombre americano que en medio de una gran crisis nacional en 1863 exhortó a sus conciudadanos a luchar por que el go­bierno "concebido en la libertad, y consagrado al principio de que todos los hombres nacemos iguales ... no desaparezca de la tierra".

charles C. griffiN

Continuará...