EL COLONIALISMO DE
AYER Y DE HOY (I)
El colonialismo
de ayer y de hoy se diferencia en su adaptación al devenir histórico pero sin
cambiar su objetivo y razón de ser: dominar, someter, expoliar y explotar a sus
colonias y a sus colonizados. Igualmente el síndrome del colonizado y del colonizador[1] les acompaña inseparablemente. George Orwell describe
magistralmente en su obra ‘1984’ (‘El Gran Hermano’)[2] la relación entre el dominador y el dominado. Comenzamos la
serie ‘EL COLONIALISMO DE AYER Y DE HOY’ con el prólogo al libro ‘Sucesos de las Islas Filipinas’ del
doctor Antonio Morga, anotado por José Rizal, a cargo del profesor austriaco,
Fernando Blumentritt, el cual describe, desde una
posición neutral, el colonialismo español en Filipinas,[3]. Así mismo, en el PREFACIO del libro citado (que publicaremos en la
segunda parte), el propio José Rizal
defiende la historia y cultura de su pueblo, falseada y ninguneada por los
españoles, como es norma en todas las colonizaciones.
SUCESOS DE LAS
ISLAS FILIPINAS (I)
PRÓLOGO
Mi muy querido amigo: Sigo tu
amable invitación que me honra y voy a ponerte algunas líneas en vez de
prólogo. No temo las dificultades que me impone mi deber de escribirlo en un idioma que no poseo perfectamente; no lo temo, porque sigo los impulsos del corazón y el corazón sabe vencer los obstáculos gramaticales y lexicográficos. No es el objeto de estas líneas presentar un plato a los que
saborean la rica fraseología del majestuoso idioma de Cervantes, no; mi objeto es darte las
gracias en nombre de la república internacional de los sabios, en nombre de
Filipinas, en nombre de España por la publicación de esta importantísima crónica del
país querido que te vió nacer, y cuyo hijo adoptivo me considero. Con esta reimpresión, tu has erigido un monumentum aere perennius para el
nombre Rizal.
La obra de Morga gozó siempre de la fama de ser la mejor crónica de la conquista de
Filipinas; Españoles y extranjeros estaban conformes en este dictamen, en esta apreciación. Ningún historiador de Filipinas pudo despreciar
impunemente la riqueza de datos con que brilla la obra del ínclito oidor; pero
tampoco pudo satisfacer sus deseos, porque los Sucesos de Morga son un libro raro,
rarísimo en tanto grado, que las poquísimas bibliotecas que lo poseen, lo guardan con el mismo cuidado como si fuese un tesoro de Incas. Era de
suponer que los Españoles rindieran su debido tributo de gratitud al noble compatriota, al justo representante de de la metrópoli en
el Extremo Oriente, al bizarro defensor de la gloriosa bandera española,
al mayor cronista de Filipinas, pero los deseos del mundo científico no se
colmaron en el país que bañan el Tajo y el Guadalquivir. No se halló un
Español, que siguiendo las inspiraciones de un patriotismo noble y prudente,
editase la obra de un autor que reunió en su carácter y alma las mejores
virtudes de su nación y cuya pluma se probó ser la pluma preciosa de un autor
sobresaliente y de elevadas miras. Nada hicieron
los Españoles, que
siempre hacen gala de su patriotismo y españolismo; así se les escapó un
oportuno momento de renovar las glorias de su
glorioso pasado.
En vista de
esta lamentable indiferencia de los
filipinólogos españoles se metió un
extranjero ¡osadía! en las cosas del país: Un Lord inglés, el Lord
Stanley tradujo la obra inmortal del
gran Español al idioma del yes, aplaudido por
el mundo de los orientalistas extranjeros, pero sin recibir una mención honorífica
de aquella nación, cuyo deber era no dejar los laureles de esta empresa á un
extranjero. El mundo científico estaba satisfecho; todo orientalista,
todo filipinista debe entender el inglés y las muchas notas y apéndices
de la traducción no perjudicaban el valor de la resurrección de los Sucesos
de Filipinas. Gracias á esa traducción, nosotros los extranjeros no hemos
creído que sea, si no necesario, por lo menos urgente una
reimpresión castellana del Original.
Pero tú, mi
querido amigo, tú no estabas conforme con esta resignación y modestia del mundo
extranjero, con esta indiferencia y. apatía del
mundo peninsular. En tu corazón, verdaderamente
noble é hidalgo, has sentido toda 1a grandeza de la ingratitud nacional, y tú,
el mayor hijo de la nación tagalog tú, el mártir de un patriotismo leal y
activo, tú fuiste quien ha pagado la deuda de la nación, de la misma nación
cuyos hijos degenerados se burlan de tu raza y
le niegan las dotes intelectuales.
Yo admiro esta
prueba de una caballerosidad patriótica y de un patriotismo hidalgo: Los
polizontes, los frailes y los dioses castilas del mundo filipino te
han llamado filibustero; así te han calumniado los que por su locura de
grandeza, por los intereses de sus bolsillos y por la
venda de sus pasiones, son los infatigables
sepultureros de la integridad de la patria, Tú les
has mostrado quién sabe cumplir con los deberes de un patriota,
ó el sabio filipino que renueva los laureles de un
gran autor,
estadista y campeador de España y llama la atención del
gobierno sobre los males de la patria, ó ellos que siembran
el odio de raza en el pecho de los Filipinos por sus burlas y expresiones
de desprecio irritante. Ya sabes que te
atacará cruelmente la turba de aquellos peninsulares
á quienes basta la existencia de un indio instruido para
tomarla por un crimen laesae majestatis. Pero
si un indio ha entrado en el mundo de los sabios, si
ese sabio filipino no sólo cumple con
los deberes que tuvieron que cumplir primeramente
los peninsulares, sino también censura el proceder de los colonizadores
y civilizadores europeos, entonces puede conceptuarse
feliz el autor malayo si solamente llueven sobre él el anatema
y las maldiciones de todos los que se creen seres superiores,
infalibles é intangibles, por el lugar de su
nacimiento y por el color
enfermizo de su piel.
Pero
para ellos no has escrito tu libro; la nueva edición de los Sucesos está
dedicada a los sabios y á los patriotas. Ambos círculos
te lo agradecerán. No dudo que tus notas, tan eruditas y
tan bien pensadas, harán ruido en el mundo europeo. Hace
más de 150 años que acabó de generalizarse la justa y
cristiana protesta
contra las crueldades cometidas por los descubridores
europeos en el Mundo Nuevo, protesta de la que fué cursor
un noble español, el venerable prelado Las Casas. Ese
varón, verdaderamente santo, habló en el nombre de la
religión
y compasión cristianas, pero no logró otra cosa que el cese
del tráfico de los negros esclavos. Los idealistas franceses del
siglo pasado protestaron contra el
maltratamiento de los hombres
colorados, corno consecuencia de su idea de que el salvaje
y el hombre no civilizado representan el estado inocente del
género humano; así á la escuela de Rousseau le pareció hombre
colorado un niño grande, como á varios peninsulares,
con la diferencia de que éstos deducen
de su teoría el derecho de
oprimirlos, mientra que los idealistas franceses pretendieron se aplicase á los niños grandes todo el cariño inagotable é indulgente que profesa el
padre á su hijo (I). Así observamos que ese cariño para con los hombres
colorados en su fondo era una manifestación de la locura de grandeza de la
raza europea, porque su suposición (errónea) era que, con excepción de la raza
blanca, de los Chinos y Japonés, todas las otras naciones y razas del mundo son ó
salvajes, hombres primitivos ó, por lo menos, hombres á quienes la
providencia del Ser Supremo dotó con una inteligencia infantil y limitada.
Siguiendo esa teoría y la otra, de que la civilización moderna era un
veneno, desearon los idealistas franceses garantizar una tutela paternal y
cariñosa, pero con todo, una tutela sempiterna de los hombres colorados. Y
llenos de idealismo deseaban que esa tutela fuese tan indulgente y tan benigna
que tuviese que permitirlo todo al hombre colorado, mientras que al hombre
blanco le tocaba desempeñar el papel de nodriza ó aya del niño, cuya mala conducta
tenía que excusar y hasta elogiar. Un buen ejemplo es el alemán Forster. En un islote de la
Oceanía oriental le robaron los indígenas (si bien recuerdo) el sombrero.
Forster no se quejó de los ladrones; al contrario, se acusó á sí mismo de haber
despertado sentimientos de rapacidad en los naturales, usando un sombrero hermoso. Eso es
un tipo para muchos otros. Si se hubieran realizado las ideas de esos ilusos,
los hombres de color no
tendrían que dar las gracias á sus benévolos protectores, por que éstos se
propusieron, no sólo defenderlos contra las brutalidades de nuestra raza, sino
también proteger y nutrir aun sus vicios é inmoralidades. La fea desnudez de la
realidad acabó con el hermoso sueño de los ilusos, que olvidaron que en el pecho de cada hombre duerme
la bestia, aquella bestia que, como los bacilos nocivos se matan por la
desinfección, se mata solamente por la generalización de la instrucción. Pero las
ilusiones de aquellos entusiastas no quedaron estériles y las ideas de la
emancipación de los esclavos se originan de estas ilusiones, Lamento
sólo que la nación noble é hidalga, la
española, haya cedido los laureles de la emancipación de los hombres negros á
una nación que lleva el apellido mercantil: á la inglesa. En la
siguiente época se atacaron las crueldades cometidas por nosotros, los
europeos, no por motivos nobles, sino por rivalidades y vanaglorias nacionales.
Entonces acusaron los ingleses á los españoles, los alemanes á los portugueses,
los holandeses á los franceses, etc., de haber sido bárbaros y crueles con los
naturales de sus colonias, mientras se callaron las crueldades cometidas por
ellos mismos, y por malignidad ó por estar cegados con la venda del amor
nacional.
La
época moderna, en fin, con sus ideas democráticas acabó de mirar con otros ojos
á sus hermanos colorados. La nueva generación europea proclama, ó mejor
dicho reconoce, no sólo la igualdad de las castas, sino también la de todo el
género humano. Para nosotros el hombre colorado no es ya un misterio ó una
curiosidad humana; el hombre colorado es el mismo hombre que nosotros; ahora,
por la generalización y profundización de las ciencias geográficas,
etnológicas é históricas, estamos avergonzados de la época en
que negábamos á esos hermanos los derechos de plena humanidad y ahora
lamentamos los errores, los crímenes, las miserias que manchan las páginas de
la historia de la raza europea. Ahora confesamos con la franqueza de un pecador
arrepentido esa nuestra culpa, y
como la generación moderna no es una generación ilusa sino una generación
activa, tendemos los brazos á nuestros hermanos pidiendo nos perdonen las
culpas de nuestros antepasados y procuramos reparar los errores y crímenes de
los siglos transcurridos.
Así
pues, tus observaciones sobre el proceder de los conquistadores y civilizadores
europeos no son nuevas en lo general para
el historiador. Especialmente los Alemanes trataron este tema casi en la misma
forma que tú, y no me diga nadie que los Alemanes pueden hablar de las
crueldades cometidas por las demás naciones, porque no hayan tenido colonias,
pues el Emperador Carlos V entregó á la casa de los banqueros de Ausburgo, á
los Welser (los Balzaros de los Españoles) el territorio que hoy se llama
la República de Venezuela, y aunque el dominio alemán se sostuvo solamente por
pocos años, las crueldades alemanas no se distinguieron en nada de las cometidas
por otras naciones, y justamente los historiadores alemanes condenan con la
mayor dureza los crímenes de sus connacionales. Así en general las
acusaciones de tus notas no son una novedad. Pero sin duda nos interesa mucho
corno se presenta á los descendientes de los maltratados, á las víctimas de la
intolerancia europea el cuadro de aquellos días de descubrimientos y
civilizaciones. Naturalmente he encontrado que has pintado desde otros puntos
de vista que nosotros y que tú has descubierto cosas que se han escapado á la
atención de los europeos, porque aún los más imparciales de nosotros no
pudieron renunciar á todas las preocupaciones inveteradas de raza y naciones. Y
estos nuevos puntos de vista dan á tus notas un valor no perecedero, un valor
innegable aun para los que sueñan con una superioridad inaccesible de su raza ó
nación. Con entusiasmo saludará tus eruditas anotaciones el sabio, con gratitud
y respeto el político colonial. De aquellas
líneas corre un mar de serias observaciones en igual
modo interesantes y trascendentales para los historiadores y ministros de
Ultramar.
La
gran estimación de tus notas no me impide confesar que más de una vez he
observado que participas del error de muchos historiadores modernos, que censuran
los hechos de siglos pasados según conceptos que corresponden á las ideas
contemporáneas. Esto no debe ser.
El historiador debe no imputar á los hombres del siglo XVI el ancho
horizonte de las ideas que conmueven al siglo XIX. Lo segundo con que no estoy
conforme, son algunos desahogos contra el catolicismo; creo que no en la
religión, sino en el proceder duro y en los abusos de muchos sacerdotes deben
buscarse el origen de muchos sucesos lamentables para la religión, para España
y para el buen nombre de la raza europea.
Hasta
ahora he hablado solamente de tus notas históricas; ya la lectura de ellas
inspira mucho interés á todo hombre que se dedica al estudio científico ó
político del régimen colonial, tanto de los españoles como de los demás europeos.
Este interés se aumenta naturalmente, cuando hablas de los asuntos
actuales, defendiendo á tus compatriotas y censurando
el mal estado del país. Estas anotaciones las recomiendo a la lectura de todos
los peninsulares que aman á Filipinas y desean la conservación del
archipiélago. Aun aquellos que niegan al indio la naturaleza é inteligencia
humana deben leer esas líneas en que un indio habla de los errores y de las
ilusiones de los seres superiores, No espero que esos semidioses puedan
curarse de sus preocupaciones; para
ellos es tu obra como tu novela tagala: un mene,
tekel, upharsín. Pero
-gracias á Dios- hay bastante número de peninsulares que no necesitan la
operación de la catarata ni padecen la gota serena, Y éstos seguirán con atención
tus indicaciones. Cada hombre
ilustrado sabe ahora que en las cuestiones del régimen colonial se verifica el
adagio francés: Les jours de féte
sont passés. La explotación brutal de los indígenas no
encuentra ahora pretextos bastantes para
aplacar la muy sensible moralidad pública de la generación contemporánea. Ni la
religión; ni la civilización,
ni la gloria de reyes y naciones permiten ahora convertir
á los naturales en criados sin derechos, sin libertades. Aun aquellos
estados que fundan su régimen colonial sobre el prestigio de su raza, cuidan
con muchísimo cuidado de no ofender los sentimientos de los dominados, porque
saben bien que las colonias no pueden conservarse si la madre patria no sabe
inspirará sus hijos de Ultramar, si no cariño, por lo menos el respeto, que
manifiesta un contrayente á otro que, á decir verdad, disputa la mayor parte de
las ventajas del Contrato; pero que por lo menos lo guarda con
escrupulosidad en todos sus puntos. Imposible es ahora mirar á las colonias
como á un pingüe pasto para los aventureros ó para los enfants perdus de la madre patria. Los mejores
hombres y los mejores talentos, 1os más nobles
caracteres deben salir para los empleos de Ultramar, para poder así servir como
adalides y mantenedores de la integridad de la patria, y para restaurar, no el
prestigio, sino el buen nombre de la raza europea.
Las
Filipinas forman una colonia sui generi, pobladas
de millones de hombres cuya religión es la nuestra, cuya civilización
es hija de la nuestra y cuyas diversas naciones se amalgaman por el
ligamento del idioma castellano. Esos millones aspiran ahora, por la voz de sus
más ilustrados hijos, á la asimilación de su país á la madre patria y esperan,
no de la magnanimidad y nobleza de la nación, sino
de su justicia y prudencia, la redención del país y la garantía de la
integridad de la patria. Las
mejores reformas que se introducen quedaran estériles,
si en Filipinas continúan con la política del terrorismo gubernativo, poniendo
en peligro la libertad de cada Filipino liberal
y sofocando brutalmente la discusi6n pública de los males de la patria. La
misma política fué en Rusia la creadora del nihilismo y será en Filipinas
indiscutiblemente la madrina de las ideas separatistas. Así la política de hoy
sirva solamente para comprometer el dominio
español. La desgracia de España y de Filipinas
es que la mayoría de los españoles no quieren reconocer esa verdad. Los unos no pueden
reconocerlo por intereses
egoístas; los otros porque viven de ilusiones ó miran con la decantada
indiferencia nacional á los países de Ultramar. Á los primeros pertenecen los
frailes y aquellos empleados que no gobiernan ó
administran el país, sino explotan á sus habitantes.
Toda españolización y asimilación de los Filipinos
ó de las Filipinas turba los círculos de aquellas castas predominantes y
poderosas. Para ellos la divisa «¡Filipinas
para España!» tiene el sentido de el oro filipino
á nuestros bolsillos. Temen la discusión de sus abusos en la prensa del país y
en las Cortes del Reino; así trabajan con toda la
fuerza del alma y del oro para fomentar el recelo tradicional de los demás
peninsulares, dando pábulo á ese desgraciado é histérico recelo por medio de
calumnias, que inutilizan cada movimiento verdaderamente español de los
Filipinos denunciándolo de filíbusterismo. No
creo que todos los partidarios de esta liga antifilipina estén tan obcecados por
sus pasiones que no vean las consecuencias de su proceder: la inevitable
separación de las Filipinas, y por lo menos una serie de levantamientos que
costarán mucha sangre y mucho más dinero á España; pero tal vez confían
en lo: Apres nous le déluge, pues saben por la Santa Escritura que los
pecados de los padres recaen sobre los hijos hasta la cuarta generación. Los frailes por lo menos saben bien que su
poder, su dominio
caerá seguramente con ó contra la voluntad de
España; y así procuran por todos los, medios y con ayuda
de piae fraudes prolongar el término de su caída. Si ésta se efectuase contra
la voluntad de España, id est, por medio de la
separación del país, nada les importaría, pues las órdenes de S. Agustín, Sto.
Domingo y S. Francisco son internacionales y quedan Agustinos, Dominicos, aun si Filipinas no quedase
como territorio español, y en este caso los frailes ó hacen un convenio con los
Filipinos ó emigran al punto que les indique su general, residente en Roma. Si los frailes consintiesen
en la asimilación filipina, harían un acto patriótico, pero un acto muy imprudente
respecto á los intereses de sus intereses. Las ideas del fraile son las
siguientes': «Si consentimos en la asimilación, la consecuencia será que los diputados filipinos pedirán y conseguirán la expulsión
de los frailes filipinos; así sería un suicidio consentir en la representación parlamentaria
de Filipinas y otros atributos de la asimilación; si aprovechamos la ignorancia
del estado del país, que reina en los círculos del gobierno central, podemos
retardar por lo menos para algunos años nuestra caída en provecho de nuestros
bolsillos. » Los Filipinos radicales contribuyeron mucho para fomentar esa táctica
frailera, porque proclamaban la parole ¡ Fuera los frailes! poniendo así á los frailes ante el dilema: ó voluntariamente y al instante renunciar, no sólo á su
influjo omnipotente, sino también á todos sus bienes temporales (que no les
parecen cosa baladí) ó retardar su ruina á costa de la integridad de la patria y del
bienestar de las Filipinas. Así fueron los Filíplnos radicales
quienes, adoptando la intolerancia de los frailes, les obligaron á seguir el adagio latino oderint, dum metuant.
La lógica de los empleados explotantes
es idéntica á la de los frailes. La asimilación es para ellos su ruina,
y naturalmente los intereses del estómago son mayores que los intereses de
la patria. Así cuentan las Filipinas con un ejército de enemigos, tanto más temibles,
cuanto que en España tienen fama de ser los sostenes, los únicos sostenes del dominio
español y los conocedores del país. Según mi modesto
parecer, los empleados explotantes forman
un partido intransigente, mientras que los frailes renunciarían á mucho, si se
les garantizase el resto.
He
dicho que los adversarios de la asimilación de Filipinas cuentan con un gran
número de ilusos. Entre ellos figuran en primer lugar los que padecen de la
locura de grandeza de la raza europea, A ellos repugna todo que no huele á su
patria. El clima y el arte de cocina les parecen un
infierno, y las narices y el color de la piel de los Filipinos
malayos y mestizos les causan horror. Es verdad que esos desgraciados
representantes de nuestra raza europea no pertenecen á la
haute volée de la clase ilustrada, pero en
cuestiones políticas no juegan el primer papel los más ilustrados; así tenemos
que contar aún con estos ejemplares del genus
humanu. Pertenecen á la clase intransigente,
porque de gustibus non est
disputandum, y es una desgracia para España que
esa clase sea muy numerosa. Culpa del gobierno de la metrópoli es, porque,
desde la escuela no supo inspirar á la juventud peninsular un cariño activo
para sus hermanos oceánicos; se cultiva el peligroso orgullo nacional
que es provocador y suicida, pero se olvida implantar en los
niños el amor y el entusiasmo para todos los países y todas
las razas que forman y pueblan el reino español. Si
España no tuviese millones de súbditos colorados, santo y muy bueno que
la juventud española se eduque en ilusiones altivas, que
todo hombre no español sea un inferior ó
repugnante, pero como aun España conserva restos de su antiguo dominio
colonial, parece más que imprudente, que jóvenes peninsulares se olviden de que
por los menos 1/3 de los súbditos españoles
no tienen la dicha fenomenal de haber nacido en la península: Ese orgullo
nacional y europeo se presenta muy agresivo é irritante y es el mayor enemigo
de España, porque sienta por indiscutible la superioridad
de los castilas y no permite ni la realización de las aspiraciones de
los Filipinos ni aun la discusión de las cuestiones filipinas en un sentido
favorable á los deseos del país. Y
esto es tanto más lamentable, cuanto que una favorable solución de la cuestión
filipina es segura, siendo solamente inseguro el
tiempo y la cuestión de si la solución se realizará
con o contra España. Esto depende de los peninsulares. Si las
facciones y costumbres de los Filipinos les parecen tan repugnantes, que
no les es posible abrazarlos como hermanos, las Filipinas se separarán
sin duda alguna. Un dios castila de Manila, con
motivo de mi humilde defensa de tu Noli me tángere enfurecido escribió un articulito en que hay el pasaje: «¿No somos españoles, españoles de buena raza y
dispuestos á
todos los sacrificios? Enhorabuena,
estoy conforme y espero que esto no sea una frase hueca; el primer deber de un peninsular que
desea conservar el país debe ser: sacrificar la locura de grandeza europea y las vanidades nacionales para el bienestar y la
integridad de la patria; mas como conozco á esos caballeros, sacrificarán su
vida, su dinero y cien Filipinas, Cubas y Puerto Ricos antes que renunciar a sus
vanidades nacionales, como sacrifica el fatuo y arruinado hidalgo á su orgullo y vanidad
los pocos bienes que le restan de sus abuelos: Irahit quemque sua voluptas, stat pro ratione vanitas, Si el españolismo no quiere convertirse en una charla de niños grandes, los peninsulares tienen que superar su aversión á las narices chatas de los indios y saludarlos como á sus
hermanos; si eso no les es posible, autorizan á los Filipinos para que inauguren la guerra de independencia. Los intereses de
España merecen más atención que los conceptos
estéticos que se forman ciertos señoritos sobre los
indios. Repito: las Filipinas pueden conservarse solamente jamás contra
los Filipinos.
El
segundo grupo de los ilusos peninsulares lo forman aquellos
que se oponen á las aspiraciones asimiladoras, porque
creen ahora inoportuno el tiempo para realizarlas por
las siguientes razones:
1.ª, el
país cuenta con una inmensidad de razas
salvajes; 2.ª, aun los
indios cristianos y civilizados en su inmensa
mayoría están en un bajo nivel de instrucción y cultura social. Esto es una verdad, pero no impide la realización de las aspiraciones Filipinas. La inmensidad de las razas
salvajes no importa, porque cuenta con un
pequeño número de, almas, y
los Filipinos no pretenden la extensión de las
libertades de la vida constitucional sobre las
tribus salvajes. Sí, es verdad, que
los indios filipinos por lo general son poco instruidos, pero
el ejemplo de Bulgaria prueba que la vida constitucional no depende del número
de analfabetos y letrados. Aun es de añadir que ahora no es tiempo de discutir
la cuestión por si no mejor retardar el momento de la emancipación
constitucional, si no queremos provocar el peligro de: Hispania deliberante Philippinae perierunt. Nadie debe
olvidar que el estado actual es insoportable para todo hombre que tiene
bastante dignidad en su pecho y aun para el último sementerero,
porque donde quiera que mire, ve opresión, injusticia y humillación ofensiva é
injuriosa, y sobre esto la imposibilidad de defenderse, porque el último
criminal peninsular se cree y se reconoce como superior
aún al mejor y más noble hijo del país, mientras que cada Filipino que no se
calla y dice ¡amén! á todo acto de despotismo y corrupción de la casta
dominante recibe la denominación defilibustero
y corre el peligro de ser desterrado, y no sólo él, sino también sus
amigos; pues en Filipinas se castiga no sólo el reo sino también toda su
familia, corporal y espiritualmente, como lo demuestran las vejaciones de tu
familia. Esa masa pacífica y gobernable oye con mayor gusto lo que le
dicen sus ilustrados hijos que lo que le predican los frailes, porque
naturalmente tienen más confianza en los hombres de su raza que en los de otra,
que siempre hacen gala de superioridad. Así las Filipinas se tomarán su
representación parlamentaria y sus derechos de vivir libres y respetados, por
medio de la fuerza, si no se les da gratuitamente; pero dudo de que en el
primer caso los Filipinos vayan á Madrid como
diputados. Seguramente que los ilusos de este grupo confían en el cuadro que
pintan del indio los frailes y la mayoría de los escritores
peninsulares: los unos lo desfiguran por pasión, los otros porque cegados de su
orgullo no conocen que así les espera un muy desagradable despertar.
El
tercero y último grupo de los ilusos reúne en sí las ideas de los dos primeros;
pero su orgullo nacional y europeo no es exagerado hasta degenerar en locura de
grandeza, ni es agresivo ni injurioso; .así
son mejores que el primer grupo, pero peores que el segundo, porque éste por lo
menos promete a las generaciones del porvenir lo que piden las generaciones contemporáneas,
mientras el tercer grupo dice: ¡jamás! Lo forman los rutinarios y
doctrinarios á quienes les parece que el destino de las colonias consiste en
dar empleos y dinero al peninsular, y que los hijos del país tienen que subordinar todos los
intereses de su
patria, no á los intereses de España, sino al bienestar de un puñado de peninsulares.
Como doctrinarios, no se contentan con esta pretensión bastante atrevida é
impróvida, sino además exigen la gratitud de los Filipinos porque los seres superiores
les permiten nacer, vivir, sufrir, rezar, pagar, y morir todo ad majorem Hispaniae gloriam. Para ser justo, debemos decir que los ilusos del
tercer grupo son contrarios á todo género de abusos y jamás permitirán cubrir una
ofensa á las leyes y al honor con el prestigio de la raza blanca; pero como sus ideas
mismas no son otra cosa que la codificación del abuso del poder y (según los
que creen en la superioridad innata de los europeos) del prestigio de nuestra raza, así
crean en fin un régimen que pretende de sus empleados justicia y rectitud, mientras que se fundan
en una base injusta é inmoral.
Esos tres grupos de ilusos existen en realidad; el
primero, lo constituyen muchos peninsulares en Manila: el segundo está representado
por la serie de benévolos ministros, á quienes debe el país muchas loables
reformas, pero reformas que en vista del despotismo y territorismo,
tienen parecido con un velocípedo excelente que se regala á un prisionero; el tercer grupo
encierra en sí un gran número de senadores y diputados peninsulares, y podemos
agregar también el general Salamanca en vista de sus discursos en el Senado del Reino. El primero y
el tercer grupo son muy eficaces, aunque involuntarios agente provocatcurs del filibusterismo, mientras que el
segundo funciona como un buen samaritano, que venda las llegas de un herido gladiator para que pronto pueda presentarse de nuevo en la
arena ad majus gandium del
pueblo soberano. Los leones y tigres que atacan al gladictor, son
los frailes y demás castilas,
y el empresario de la función es el tercer grupo de los ilusos
peninsulares.
Aunque parece una paradoja, yo creo que los indiferentes
entre los peninsulares forman la esperanza del país pues como
no tienen preocupaciones antifilipinas, es
de suponer que un día fraternicen con los de la colonia, si se informan del
verdadero estado de ella.
Pero para esto se necesita también la
ayuda del gobierno
cuidando que ya la juventud del reino se
informe y se instruya en la geografía y
etnografía de Filipinas.
Es muy triste, y quizás más que triste, observar que
la juventud de
países que no tienen colonias como mi
patria austriaca, está mejor instruida en
general sobre Filipinas que
la juventud y (en parte) hasta la burocracia peninsular.
Es tristísimo,
y quizás más que tristísimo, que España que
reina sobre 6 ú 8
millones de malayos, no tenga ni un
colegio ni una
academia
malaya ú oriental (los
seminarios de los frailes
son empresas
exclusivas de corporaciones
particulares é internacionales);
es imprudente, y quizás más que imprudente, que los
empleados de Filipinos funcionen como
aprendices, pues no
entienden los idiomas
y las ideas de sus súbditos, no pudiendo
salir del estado de aprendices porque aún cuando no les
tocase la
cesantía, permanecen pocos años (y los gobernadores
un trienio) en su destino. Es una monstruosidad de consecuencias
trascendentales, si cada petition
of Right de los
Filipinos se considera como un acto filibustero, que compromete la integridad
de la patria. Todo eso sirve solamente para dar
pábulo al filibusterismo y para separar á la colonia de su metrópoli.
Todos los enemigos y adversarios
de la asimilación de los Filipinos
conseguirán lo mismo que consiguieron los consejeros del Rey Carlos X de
Francia en el año de 1830. Estas
observaciones son el fruto de la lectura de tus
notas, y es el deseo de mi alma que tu libro encuentre en España un círculo de
lectores que no se deshagan en
imprecaciones, sino que sepan deducir de la lectura, que
los Filipinos de la realidad no corresponden al
desfigurado retrato que pintan los frailes y vuestros enemigos.
Si entonces no atienden á los Filipinos, las Filipinas se perderán, pero por
culpa de ellos. Pretenden ser nobles y no saben ser justos; pretenden ser una
nación superior, y no entienden seguir una política prudente; temen las ideas
separatistas y obligan a los Filipinos á buscar su refugio en la revolución.
Dios quiera que no se realicen estas
profecías;
pero parece que á los gobiernos de España
les falta la aptitud de lo parta
tueri: habent sua fata non solum libelli,
sed etiam regna.
Al
fin reitero las
expresiones de gratitud por el precioso regalo
con que has favorecido á tu país,
á tu patria y á todo el mundo
civilizado. Espero que sigas en tus estudios que honran á
España y á
Filipinas y glorifican tu nombre, y con él
el nombre tagalog,
Concluyo estas líneas deseando justicia
para tu obra.
LEITMERITZ (Austria). FERNANDO
BLUMENTRITT.
9 Noviembre 1889.
[1]
(
Psicología del hombre canario
( La enfermedad mental del colonizador espanol
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