Reflejaba
su haz de luz el
sol de mayo sobre la montaña dorsal de Tenerife. 1494. Imobac Bencomo acechaba
en lo alto de la loma. Hacía señales a su hermano Tinguaro, que había acudido
a Acentejo con 300 de sus guerreros de élite. Surcaba el barranco un breve hilo
de agua. El ganado pastaba, despreocupado, cerca del cauce. El mercenario Fernández
de Lugo, invasor intolerable de nuestra tierra hermosa, asesino de inocentes en
nombre de su botín y de sus reyes, mandaba a sus hombres, todos a caballo,
dificultados por el follaje de la quebrada, nerviosos por el silencio previo a
la batalla. El Rey Grande contemplaba, sereno, la escena. Había cumplido 70 años.
Era un hombre sabio y justo, que se vio traicionado por su amigo el de
Güímar.Y, de pronto, tronó la pólvora. Fue el invasor recibido con
piedras. Se luchó cuerpo a cuerpo en el barranco, primero españoles contra los
emboscados de Tinguaro; luego, ante el ejército del mencey de menceyes. Más de
1.000 mercenarios quedaron sin vida en el campo de batalla. El de Lugo huyó,
despavorido, hacia su campamento, cerca de la Laguna, pero una piedra certera le
alcanzó por el camino y se llevó con ella varios dientes del español
miserable. Antes inmoló a un soldado, a quien le entregó su capa roja y le
quitó su montura. Las piedras llovieron entonces sobre aquel desgraciado, que
quedó tendido en el fondo del barranco, confundido con el jefe de la tropa
invasora.
Era
noviembre de 1494. Una fecha negra para nuestra historia.