CARTA
ABIERTA A MARTA MENDOZA Y A JUAN SALVADOR LEÓN OJEDA (CONSEJERO DE MEDIO
AMBIENTE):
De
Padre Báez
Hace cuatro años, nos prohibieron acampar en Peñón Bermejo (Güi-Güí),
donde lo habíamos hecho durante treinta y seis años seguidos, con un grupo
oscilante entre cincuenta y cien jóvenes, procedentes de ambientes y familias
desestructuradas, con los que se hacía una
labor social, cultural, medioambiental, etc., importante; con el divertimento
propio de todo Campamento, y que duraba todo el mes de agosto. Entonces me
dijeron no se qué de unos insectos protegidos en el lugar, y bla, bla, bla, y
que no se podía hacer más Campamentos.
Se acabó así, de un plumazo, con una actividad formativa, como pocas, y
que en su día fue reconocido por el entonces Presidente del Gobierno (Don
Lorenzo Olarte), el cual entregó dos millones de pesetas, para ayudar a una
labor que el mismo reconocía de una gran importancia.
Por más que insistí, no se me permitió hacer el
campamento, con lo que el barco de la Armada tomó otro rumbo; el camión de
comida no se consumió, y las ilusiones de un gran grupo de jóvenes se
esfumaron, a pesar de tener los permisos del Ayuntamiento, Costas, de los
padres, etc., y el aval de 36 años de experiencia y un buen grupo de
colaboradores. Todo se fue a la borda, por unos insectos a los que había que
salvar.
Es el caso, que la nostalgia, me hizo ir este 15 de Agosto, a
visitar el lugar, y sobre todo para ver cómo estaba el palmeral (50 palmeras
canarias obtenidas en la Granja del Cabildo en Bañaderos), y que plantaron los
acampados, y durante los últimos veinte (20), años, veníamos cuidando:
arreglando las pocetas que el invierno rompía; proporcionándoles estiércol de
palomas que recogíamos por la zona; regándolas permanentemente durante todo el
mes, día y noche a fin de contrarrestar el mes más caluroso; podándolas;
encargando a cada acampado el cuidado de “su” palmera que adoptaba por un
mes; etc., y viendo en un mes el cambio de hasta de color, avance y progreso en
su crecimiento, y tanto que por último usábamos su sombra, para estudiar,
reuniones, etc.
Pues a duras penas consigo el permiso que gestioné durante diez días, y
a punto estuve de no poder ir, porque la firma de los citados no llegaba, sino a
última hora, y ante mi presencia inquisitorial en el edificio propio.
Cuando al fin llego a Güi-Güí, la noche del 15 y muestro los permisos
a los lugareños, se hartaron de reír, y asombrados leían y comentaban el
mismo, con añadidos: miles han venido y a nadie -y por primera vez- vieron el
dicho permiso, teniendo conocimiento de cuantos por allí entran y salen, después
de permanecer el tiempo que fuera.
Ya de entrada, acampar donde te autoriza, es un lugar de altísimo
riesgo y no recomendable de todas-todas, toda vez, que con excrementos de cabras
(corral), con montones de basura, con cristales rotos, terreno irregular,
piedras, sin agua, sin protección alguna, con detritus humanos, botes, plásticos,
ratas, animales muertos, sin muro de protección ante el acantilado, etc., etc.
La basura, es omnipresente; pero, vayamos al objetivo: Peñón Bermejo.
La sorpresa es mayúscula, cuando llegas a donde tantos años acampamos (me
acompañaban un ex monitor y ex acampados) y vemos con asombro, cómo cuatro
veces más del espacio que ocupábamos entonces, ahora está:
“semi-urbanizado”, donde se acampa y tienen: columnas, postes, vigas,
techos, toldos paredes, goros, sombrillas, loza, ¡nevera!, ¡despensa!, sillas,
sillones, mesas, etc., etc., donde se juerguea, se come, se bebe, se…
.Y es el caso, que la basura por todas partes, y el uso de
detergentes -tal vez-, acabó con la rica flora y fauna en otro tiempo (el
escarabajo rojo del lugar, las libélulas de Peñón Bermejo, los cangrejos
negros -entonces por miles, y ahora ni uno- , los lagartos, las palomas, etc.,
todo desaparecido Y en cuanto a la flora: el hermoso palmeral venido a menos,
solo ahora con ½ docena (seis), muriendo a prisa, sin que el picudo rojo, ni de
otro color, ni virus alguno, las hayan atacado, sino la sed, teniendo el
barranco con agua al lado. Desaparecidas las ahulagas y otras plantas de costa
que reverdecían el palmeral y entorno, pues lo teníamos todo como un jardín o
parque.
La imagen es dantesca, y da asco ver tanta basura y todo desértico, sin
vida (ni flora, ni fauna alguna); y que nosotros de año en año, cada agosto
actualizábamos y mejorábamos, desplazándonos dos y tres veces después del
campamento -si los calores persistían- para regar lo que entendíamos era una
obligación moral, al considerar aquello, como “nuestro”. Había una educación
medioambiental grande, entre otras; y todo se vino abajo, por una sinrazón.
Tenemos fotografías de cómo era y estaba aquello, y se puede ver cómo está
ahora: todo muerto y todo sucio.
Encima, lo disfrutan, con total impunidad cuantos lo usan,
que, a juzgar por los colchones (cinco), sin contar sacos, tiendas, esterillas,
etc., aquello es ahora un “hotel rural” de algunos amiguetes.
Me dan cuentas de orgías sexuales, y otras actividades prohibidas, pero
eso ya no me toca a mí, demostrarlo. Las huellas, están allí: botellas,
latas, restos, colillas, platina, etc., etc.
Caben unas preguntas:
¿Están
satisfechos los citados de esta su labor destructiva?
¿Era necesario
acabar con una actividad social, educativa, de ocio sano y otros parámetros?
¿Son sabedores de
lo que aquí les cuento y que cuantos quieran pueden ir y comprobarlo (a tal
respecto, me gustaría que medio de comunicación social alguno, tome nota y sea
testigo de lo que aquí digo)?
¿Se va a seguir
dando permiso para “acampar” donde dije cómo está el lugar?
¿Por qué no a
nosotros, y sí a estos, habida tanta diferencia de fines y resultados?
¿Vendrá algún
campo de trabajo de fuera a limpiar lo que limpiábamos (que recogíamos las
latas escachadas, y las traíamos de vuelta en el barco, sin dejar rastro, ni señal
alguna de nuestra estadía en el lugar durante un mes, trayendo lo nuestro y
cuanto caía en nuestro entorno)?
¿Van a seguir
estas “estructuras”, uso y actividades en Peñón Bermejo (¿libres o con
permiso?)?
Puedo dar una lista enorme de jóvenes, que salidos del
campamento cambiaron el rumbo de sus vidas, y hoy son: médicos, psiquiatras,
abogados, profesores, arquitectos, administrativos, banqueros, geógrafos, políticos,
biólogos, padres y matrimonios ejemplares, deportistas de élite, etc., que sin
cesar me manifiestan su agradecimiento al Campamento, la verdadera escuela, que
los encaminó, por donde van y están.
No pretendo, den marcha atrás -que se no lo harán-, aunque
debieran (estoy dispuesto a volver, si reconsideraran el asunto); pero sí me
gustaría que uno de los helicópteros que Miedo -¡perdón!- Medio Ambiente
utiliza, con tanta frecuencia para cruzar nuestro cielo, se acerque a los
lugares que he citado, y comprueben en qué o dónde he exagerado lo más mínimo,
en lo que aquí cuento en resumen apretadísimo; pues “si una imagen vale más
que mil palabras”, valdría la pena vieran cómo está aquello, y cómo estaba
(esta documentación -la del pasado- la tiene un servidor, que cederá gustoso
al medio o persona que me la solicite):
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Fernando Báez Santana, Pbro.