Bajo coste
y el abrazo del oso
Juan Jesús Bermúdez Ferrer
En el abrazo del oso, el abrazado tiene pocas
opciones. Sabe que si se resiste a ser abrazado, el plantígrado procederá a
devorarlo. Si accede al abrazo, el oso podría terminar estrangulándolo,
tal es la fuerza del animal. En el bajo coste y la opción de los destinos
turísticos, nos encontramos ante el mismo fenómeno. El destino turístico
contempla cómo se incorporan al bajo coste sus competidores, dado el
crecimiento de la oferta turística. No hay que olvidar que la demanda se ha
incrementado, pero sustancialmente sigue centrada en el mismo segmento de población
de clase media, media–baja centroeuropea, al que se
le han añadido cohortes de nuevos ricos, aunque sospechamos de frugal
presencia en el mercado turístico, dado que su riqueza se ha generado a partir
de un precario modelo de desarrollo basado, como en Canarias, en sectores de la
economía del ocio y el bloque–ladrillo. Entonces,
como decimos, el destino turístico en cuestión –en este caso, el canario de
turismo de masas–, ante el problema de competencia,
abraza al oso del bajo costo, intentando no ser devorado por la mayor competitividad
-básicamente a través de la mayor cercanía al destino emisor, los bajos
costes salariales y de explotación, y el carácter novísimo de sus
infraestructuras-. No se plantea Canarias no acceder al bajo coste: no tiene
más remedio, porque así son las reglas de la competitividad; pero, acto
seguido, una vez comienza el despliegue del todo incluido y el low cost, el abrazo
de esta fórmula de eficiente ahorro de costes para el turista, puede
estrangular el destino, arruinando su viabilidad, una viabilidad que, no
obstante, ya se encuentra cuestionada por otros tantos factores.
El oso del bajo coste está empezando a abrazar Canarias, en
una lógica tendencia de optimización del gasto por parte de la
ciudadanía europea. No hay que olvidar que la fracción de gasto destinada al
ocio turístico es de una gran volatilidad, de reciente incorporación a los
presupuestos familiares, y susceptible de variar ante cualquier alteración que
requiera restricciones, cambios en las pautas de gasto y ahorro, etc. El
turismo de masas se multiplica especialmente, en el mundo y en Canarias, a
partir de los años ochenta, tras la segunda crisis petrolera y económica
motivada, entre otros fenómenos, por la guerra entre Irán e Irak. Ese periodo
de abundancia energética y relativa paz geoestratégica está dando paso a una
era de creciente escasez energética, gran inestabilidad financiera y reapertura
de las tensiones por los recursos, especialmente de combustibles fósiles, lo
que está rearmando al mundo. Entramos en un periodo histórico esencialmente
distinto al que vio nacer la actual configuración socioeconómica y turística
insular.
En ese escenario, el
bajo coste supone a un tiempo la culminación y comienzo del declive del gasto
turístico por parte de la población europea. Se han llegado a mover ingentes
cantidades de personas, y se intentará seguir haciéndolo, pero para ello se ha
precisado recurrir a colocar al gasto turístico en la peligrosa –para el
destino turístico– y reducida parcela del mínimo
presupuesto. Para poder mantener el crecimiento, santo y seña del actual modelo
económico, se ha procedido a desvestir de gastos al cheque turístico familiar.
Entre esta estrategia y el dejar de viajar hay un pequeño paso, que es un
abismo para las economías especializadas en el turismo. Es muy dudoso –y, de
hecho, ya estamos viendo este fenómeno– que quien ha
llegado a pagar menos, quiera pagar más por sustancialmente lo mismo: sol y
playa. La cantinela de la diversificación y calidad turística nunca
ha demostrado su efectividad real cuando hablamos de millones de turistas. Cada
vez más visitantes en las islas están pagando menos por trasladarse a las
islas. Sin embargo, suben las hipotecas, los costes del transporte aéreo, los
gastos del segmento de alimentación, electricidad, agua, etc. para esos
turistas. Para colmo, las expectativas de crecimiento económico en muchas zonas
emisoras de turistas son sombrías. Es imposible olvidar que el cenit y declive
del petróleo es muy probable que genere tensiones socioeconómicas importantes,
unido al fin de la era del crédido fácil, reduciendo
la disponibilidad a viajar por motivos de ocio, de forma creciente. Menos
energía es igual a menos turismo.
Se han agotado las
capacidades de crecimiento del turismo en Canarias, ya que este fenómeno depende
de un recurso no renovable –especialmente el petróleo–
cada vez más inaccesible. Por lo tanto, lo que viviremos es su declive histórico
como fenómeno de fácil traslado de cientos de millones de personas. El turismo,
en nuestro entorno, es la lógica primera víctima de la desglobalización
progresiva que sufrirá una civilización con creciente escasez de recursos
disponibles. Esas sociedades dedicarán más esfuerzos a garantizarse su sustento
energético–económico que a hacer ocio. Hoy, esas
sociedades ya están empezando a usar el bajo coste para mantener su
rutina de privilegiados turistas internacionales, mientras abrazan economías
del mundo que se multiplicaron creyendo en la eterna abundancia material, y
obviaron la finitud de la aventura del ocio transcontinental. Pero el creciente
alto coste del mantenimiento de la misma estructura socioinstitucional
de los países ricos les hará reducir incluso, en un complejo proceso lleno de
variables, esa disposición a viajar lejos pagando poco. Nuestro difícil dilema
de “abrazados por el oso del bajo coste” requiere de algo más que de recetas de
la era de la plétora económica. Como se atribuye a Albert
Einstein, no pretendamos resolver un problema con los
mismos esquemas mentales que los ha creado.