De 'Garganta Profunda' a la afonía crónica
Ramón Moreno
El famoso caso Watergate ha recobrado en estos días, al cabo de 33 años, una inusitada actualidad, no sólo porque haya salido a la luz la figura del antiguo número dos del FBI, Mark Felt, descubriendo que él es Garganta Profunda, sino porque en todo este tiempo el llamado cuarto poder abandonó la defensa de los ciudadanos, engullido ahora por la vorágine de la mundialización de los medios, donde el mercado es lo prioritario.
Un cuarto poder que en 1974, y a través de las páginas del prestigioso rotativo norteamericano The Washington Post, hizo dimitir al presidente republicano Richard Nixon, gracias a la labor investigadora -desde 1972- de los afamados periodistas Bob Woodward y Cari Bernstein (Premios Pulitzer, 1973), quienes, siguiendo las indicaciones del confidente Garganta Profunda: folow the money, destaparon toda la trama que dio lugar al célebre caso de todos conocido.
Un verdadero hito en la historia del periodismo, que pone en evidencia a ese cuarto poder que ha dejado indefensa a la ciudadanía, que asiste impotente a la vulneración sistemática de sus derechos y libertades. Situación agravada desde el fatídico 11 de septiembre de 2001, que conmocionó al mundo, e hizo que Estados Unidos instituyera un nuevo orden internacional y que, a nivel interno, cientos de norteamericanos sean espiados por el propio FBI, y que los defensores de los derechos civiles denuncien cómo los sectores críticos son vigilados en nombre de la Patriot Act.
La guerra mundial contra el terrorismo, propiciada por EEUU, ha hecho que otros países -Alemania, España, Francia, Italia, Reino Unido...- hayan reforzado también sus legislaciones represivas. Los defensores de los derechos públicos, tienen pues motivos para preocuparse: el movimiento general de las sociedades occidentales, que tendía hacia un respeto cada vez mayor del individuo y de sus libertades, ha sido frenado brutalmente. Y todo indica que, en adelante, la situación derive hacia un Estado policial.
En un mundo globalizado, pilotado cada vez más por empresas colosales que obedecen únicamente a la lógica comercial fijada por la Organización Mundial del Comercio (OMC) y en el que los gobiernos parecen un tanto desbordados por las mutaciones en marcha, ¿cómo estar seguros de que la democracia será preservada, ampliada?
En semejante contexto de auténtica confrontación mediática, a la que se unen mastodontes financieros que manejan miles de millones de dólares, ¿cómo puede sobrevivir un medio independiente?
La prensa y los medios de comunicación en general han sido durante largos decenios en el marco democrático un importante recurso de los ciudadanos contra el abuso de poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales, cuya división propugnara Montesquieu -legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse e, inclusive, cometer errores. Mucho más frecuente, por supuesto, en los Estados con regímenes autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.
Pero en los países democráticos también pueden cometerse graves e irreparables abusos, aunque la leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia -en teoría- sea independiente del Ejecutivo.
Y en ese escenario de libertades, es donde los periodistas y los medios de comunicación habían considerado a menudo un deber ético y moral, irrenunciable, denunciar dichas violaciones a los derechos. Era, como se decía con acierto, la voz de los sin-voz. Los diligentes defensores de oficio de derechos y libertades en un mundo cada día más convulso.
Pero ocurre, sin embargo, que, a medida que se aceleraba la mundialización liberal, este cuarto poder fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. En este marco geoeconómico, las empresas mediáticas han ido conformando grandes grupos para reunir en su seno a todos los medios de comunicación (prensa, radio, televisión), y además a todas las actividades de los denominados sectores de la cultura de masas, de la comunicación y la información.
Estos medios de comunicación son utilizados como armas de combate en la nueva guerra ideológica impuesta por la mundialización. Por eso, la comunicación, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones. Se imponía, por tanto, la necesidad de elaborar una ecología de la información con el fin de limpiar, separar la información de la marea negra de las mentiras, cuya magnitud pudo medirse, una vez más, en la ilegal e injusta invasión de Irak.
Para eso se propuso crear el Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (Media Watch Global), al cual pertenezco, para que lo ciudadanos pudieran disponer finalmente de un arma cívica, pacífica, que utilizar para oponerse al nuevo superpoder de los grandes medios de comunicación masiva. Es el necesario quinto poder que estaba demandando la sociedad, para enfrentarse a la nueva coalición dominante.
La respuesta en Canarias a este fenómeno es desoladora. Sigue la afonía crónica de este pueblo, al que se le ha practicado una traqueotomía (indolora, porque nadie se queja), cuyo post-operato-rio está durando ya más de la cuenta.
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