África, más allá de estereotipos (I)

 

Ramón Moreno

 

  Cuando se habla de África, como si se tra­tara de un lugar remo­to, lleno de negros, distinto y distante, y ajeno a nuestra reali­dad (eufemísticamente europea); con el que nada tenemos que ver, y al que nada nos une, estamos ante una de las más monumenta­les falacias de nuestra denigran­te historia colonial.

 

  Por eso, enfatizo cuando me refiero a nuestro continente na­tural -a escasos 96 kilómetros- y al cual pertenecemos geográfica­mente, ¡nos guste o no! ¡Esa es, indiscutiblemente, nuestra inmu­table realidad! Otra cosa, es nuestro anacrónico status de te­rritorio nacional español en Áfri­ca, entelequia político-jurídica, que no se sostiene hoy en día.

 

De ahí, que la metrópoli haya estado siempre potenciando la españolidad de Canarias hasta lí­mites insoportables; y que Espa­ña haya propiciado que hayamos vivido de espaldas a nuestro con­tinente, por el peligro que supo­nía la africanidad de nuestro Ar­chipiélago. Lo que nos llevaba (¡y nos llevará!) inexorablemente a la deseada e inaplazable descolo­nización.

 

Vano intento, pues, ya que to­do lo que sucede enfrente nos afecta en mayor o menor medida. Máxime, si tenemos en cuenta la enorme tragedia en la que está sumido el continente africano, de proporciones dantescas: ham­brunas, pandemias, sequías, y los eternos conflictos bélicos con los consiguientes desplazados, que los canarios no podemos ni debemos ignorar. Sobre todo, cuando ya estamos padeciendo esas terribles consecuencias, con la llegada masiva de cayucos y pateras. Una inmigración irregu­lar que, por otra parte, sólo re­presenta una ínfima cantidad, ¡comparada con la avalancha de turistas que España nos cuela por puertos y aeropuertos! Por no ahondar, en la terrible desgracia que supone las muertes por ahogamiento de numerosos sub-saharianos (¡pobres desgracia­dos!), que se juegan la vida para alcanzar un falso El Dorado.

 

África, nuestro continente -y sin que yo sea un afro-pesimis­ta-, está prácticamente en quie­bra, y su futuro estará seriamen­te comprometido durante varias generaciones. Occidente, y más concretamente Europa (España no está exenta de su cuota de res­ponsabilidad), está recogiendo la cosecha que sembró en el igno­minioso periodo colonial, basado en una política depredadora y de saqueo de las inmensas riquezas de los países africanos, que fue­ron literalmente esquilmados y arruinados.

 

Ni los instrumentos de Vecin­dad (una forma de neocolonialismo), cuyos fondos son insufi­cientes, servirán para paliar, si­quiera, la situación calamitosa de África. Además, el evidente fracaso de las políticas de desarrolo, que le fueron impuestas, ha puesto de relieve la incapacidad manifiesta de los regímenes loca­les incompetentes o corruptos (como el del presidente de Senegal, Aboulaye Wade), y la propia inoperancia de las antiguas me­trópolis.

 

Pero un análisis riguroso y pormenorizado de la realidad africana, lejos de simples clichés, nos muestra que ésta es enorme­mente compleja, y requiere cier­ta concreción de los problemas. Si bien, como señala la periodista Augusta Conchiglia, en el prestigioso Le Monde diplomatique: "Como signo de los tiempos que corren, las teorías que seña­lan las tendencias suicidas de África, gozan de un consenso exagerado". Por ello, conviene identificar a los precursores de esas ideas: ensayistas africanos quienes, a comienzos de la déca­da de 1990, teorizaron sobre "el rechazo al desarrollo" manifesta­do por el continente negro, y la necesidad de someterlo a un "ajuste cultural" (ver respectiva­mente: Axelle Kabou, Et si l'Afrique refusait le developpment?; y Daniel Etounga-Manguelle, L'Afrique a telle besoin d'un programme d'ajustement culturel?, París 1991).

 

¿Que está pasando entonces en el vecino continente? ¿No será que África es antes que nada víc­tima de ella misma, de su histo­ria? Prestigiosos analistas y politólogos internacionales, señalan como principales responsables al funcionamiento de los Estados (en muchos casos fallidos), al clientelismo étnico, al vivir de rentas, y a la especulación de los ricos y comerciantes, que desem­bocan en la corrupción y en un endeudamiento catastrófico.

 

Lo que muchos autores llaman "bloqueos socioculturales e his­tóricos", explicarían la distancia cada vez mayor que existe entre África y el resto del mundo, prin­cipalmente las conductas irracio­nales "propias de los pueblos africanos", como la propensión a la acumulación capitalista, las cargas económicas que genera una gran familia, que frenan el ahorro y cualquier inversión pro­ductiva. Pueblos que dilapidan sus riquezas naturales, favore­cen la desertización y la defores­tación, y son incapaces de pro­gresar. Todo lo cual los convierte en eternos asistidos (ver Stephen Smith, Necrologie, pourquoi l'Afrique meurt, París, 2005).

 

Esas generalizaciones, típicas y tópicas, de las que los medios de comunicación se hacen eco con demasiada frecuencia, moti­varon al equipo multidisciplinar organizado por Georges Courade, director de investigaciones del Instituto de Investigaciones para el Desarrollo (IRD), antiguo Orston (Instituto francés de in­vestigación científica para el de­sarrollo en cooperación).

 

rmorenocastilla@hotmail.com