África, más allá de estereotipos (II)

Ramón Moreno


  Los especialistas del equipo multidiscipli­nar que organizó Georges Courade (L'Áfriqae des idees recues, Belin, París, 2006), analizaron a fondo cincuenta lugares comunes sobre África, producto de tres grandes "posturas y creencias in­telectuales" ampliamente difundi­das: la primera -precisa el director del Instituto de Investigaciones pa­ra el Desarrollo, IRD- deriva de di­versas proyecciones occidentales (las maneras de verse y construirse una identidad mirándose en el es­pejo de África). La segunda hace una lectura determinista de las li­mitaciones espaciales, naturales e históricas que explicarían la catás­trofe africana. La tercera remite a los obstáculos demográficos y cul­turales con que se enfrenta el pro­greso material.

 

Pero uno de los aspectos más im­portantes, sobre la realidad africa­na, que analizaron Courade y su equipo, es el capítulo de la identi­dad; donde se sigue apelando a la cuestión étnica para explicar los conflictos y la inviabilidad del Esta­do-nación. Sin minimizar su papel en el desarrollo de las guerras, los autores recuerdan de forma útil hasta que punto la etnia es frecuen­temente instrumentalizada en tor­no a "cuestiones como la conquista del poder central, por más débil que sea; la renta minera y petrole­ra; el reparto del dinero del Estado; la cuestión primordial del acceso a la tierra; la atribución de títulos y derechos".

 

No menos significativa es la re­composición étnica organizada por los colonizadores europeos, con el objeto de divide para reinar. Cuyo ejemplo más denigrante y caricatu­resco es la Sudáfrica del apartheid, cuyas secuelas persisten aún. Y que en Canarias tiene su versión made in Spain, con la avalancha de todas clases de foráneos (¡un auténtico lumpen!), que España fomenta y permite, con el deleznable propósi­to de seguir laminando las señas de identidad del pueblo canario.

 

Sin embargo, y volviendo al te­ma central, más allá de los clichés y de las manipulaciones, la etnia pa­rece ser reivindicada cada vez más como comunidad política, incluso en la definición del proyecto demo­crático (ver Mwayil Tahiyambé, África ante tos desafíos del Estado Multinacional, Le Monde diplomatíque, septiembre 2000). Esa afir­mación obliga a los Estados a evo­lucionar hacia modelos menos centralizadores -aunque no necesaria­mente etno-naciones, como se su­giere a veces-, con el riesgo de favorecer una balcanización tan peligrosa, como desprovista de fun­damentos históricos.

 

Otro estereotipo referido al Esta­do es objeto de una, cuanto menos original, crítica por parte de los investigadores dirigidos por Coura­de. El Estado tendría serios proble­mas para afirmarse en África, en la medida en que, fundamentalmente, sería una importación occidental. Se trata, pues, de un grave contra­sentido; ya que no es el Estado occi­dental el que está en tela de juicio (¡que también!), sino el Estado co­lonial, que era un Estado "mutilado, decapitado políticamente, instalado en las metrópolis, sin legitimidad, y limitado a su aparato administrati­vo".

 

En tanto que instrumento de do­minación, cuyo primer objetivo era "recaudar impuestos y reclutar ma­no de obra para trabajos forzados", el Estado colonial no podría consti­tuir un modelo eficaz (menos aún democrático) para los países que habían alcanzado la independen­cia. Ese modelo imperante generó un Estado híbrido, neopatrimonial, en el que cada titular de una parce­la de autoridad pública, "puede privatizarla en beneficio propio o de su entorno", como sostiene, Jean-Franc/ois Médard.

 

A pesar de que la corrupción está muy extendida en el subcontinente, no puede ser considerada como una tara congénita de sociedades acostumbradas a retribuir con re­gatos, podemos leer en respuesta a uno de los estereotipos más habi­tuales sobre África. En efecto, los autores señalan que "sin duda la corrupción se aceleró a raíz de que los servicios públicos se vieron cuestionados en el contexto de la ideología liberal, y de las insuficien­cias del Estado; pero sobre todo, a causa del empobrecimiento masivo de la población", según afirma Re­ne Owana.


Además, si bien el desarrollo de ese fenómeno en África se basa en "su aceptación dentro de las rela­ciones sociales, en el marco de una consolidación de las redes del clien-telismo" (...) "al mismo tiempo prolonga la corrup­ción económica y política nacida del intercambio mercantil, y de su regulación estatal, fenómeno más universal".

 

Otro cliché cuya crítica resulta crucial para quienes reflexionamos sobre políticas alternativas para África, reside en afirmar que la abundancia de riquezas naturales bastarían para el desarrollo, si éste fuera mejor concebido e instrumentalizado. Resulta innegable que esas riquezas existen en nues­tro continente en cantidades indus­tria/es; y que no siendo explotadas, son exportadas en bruto y a menu­do saqueadas y dilapidadas.

 

Por otra parte, está igualmente probado que la economía de las rentas y la exclusiva valoración de las riquezas naturales no favorecen la diversificación de la economía (caso de Canarias, con el monocul­tivo del turismo), y menos aún un reparto equitativo de los frutos del crecimiento.

 

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África, más allá de estereotipos (I)