África, más allá de estereotipos (III)

Ramón Moreno

 

Como sostiene Sylvain Guyot, especia­lista del equipo mul­tidisciplinar dirigido por Georges Cofrade (ver entregas I y II)[*]: "África debe apoyarse ante todo en los recursos humanos y en la sociedad para inventar, crear y emprender en un marco social y político nuevo". Por lo tanto, re­sulta urgente que el conjunto de los actores políticos africanos reflexionen seriamente "sobre qué tipo de desarrollo y qué ad­ministración de las riquezas na­turales son mejores para el con­tinente africano". De no produ­cirse esa reacción, muchos de los países de África seguirán siendo "no desarrollables estructu raímente".

 

Pero las opciones asumidas durante la colonización siguen influyendo en la elaboración de las estrategias económicas. Jean Fierre Foirry, de la Universidad de Auvernia, miembro del Cen­tro de Estudios y de Investiga­ción sobre el Desarrollo Interna­cional (CERDI), recuerda opor­tunamente, que la dominación occidental tuvo dos efectos du­raderos: "Un efecto voluntario de especialización regresiva en productos complementarios de los de las metrópolis, lo que sin duda constituyó un freno a la re­volución industrial de esos paí­ses. Y ello, teniendo en cuenta que más bien habría que hablar de saqueo de materias primas antes que de mercado equilibra­do: hasta tal punto que los pre­cios de las mismas no son favo­rables a los productores locales, y los términos del intercambio dependen menos de la oferta y la demanda que de las relaciones de fuerzas subyacentes".

 

Un caso sangrante lo tenemos en Canarias (el más antiguo y mejor dotado laboratorio del co­lonialismo en el mundo), con­vertida por España en un merca­do cautivo para sus exportacio
nes de todo tipo, y de los exce­dentes comunitarios; que es ob­jeto, además, de un continuo dre­naje de recursos por parte de operadores foráneos (Bancos, Cajas, Aseguradoras, Grandes Superficies, etcétera) que es­quilman nuestra economía.

 

Esa dominación europea de nuestro continente, tuvo tam­bién, al mismo tiempo, un efecto indirecto, al mejorar la salud y romper el aislamiento de los po­blados, lo que produjo reaccio­nes en cadena (explosión demo­gráfica y migraciones urbanas) difíciles de controlar, y cuyas nefastas consecuencias apare­cieron en el momento de la inde­pendencia.

 

La ecuación del desarrollo se plantea, por tanto, en términos diferentes -y muchas veces más discutibles-, como sostiene JeanPaul Gourévitch (ver La France en Áfrique. Cinq sieclés de présence: veriles et mensonges, Acropole, París, 2006). Este ex­perto mundial en recursos humanos y profesor de la Universi­dad de París XII, pone de mani­fiesto la negligencia de los go­biernos locales en lo que con­cierne, por ejemplo, a la agricul­tura: "África es una de las poquísimas regio­nes del mundo que no se ocupa de sus campesinos, mientras que hoy en día en Europa, en Ja­pón, en Estados Unidos, e inclu­so en varios países de América Latina, los ingresos de los cam­pesinos están protegidos y sub­vencionados, a la vez que la tie­rra aumenta su valor". Y añade, que a causa de los bajísimos pre­cios de los productos agrícolas, "la tierra no vale nada, lo que ge­nera desertización y un urbanis­mo galopante". -¿Nos suena es­to de algo a los canarios?-

 

La revalorización de la tierra sería "un medio para potenciar en los africanos el gusto por el trabajo, en lugar de crear hor­das de desempleados y asistidos, que son el motor de los distur­bios en las ciudades donde los sistemas de protección social están poco desarrollados". Pero de esta manera, este autor pasa por alto (¡que todo hay que decirlo!), la liberalización exigida a los mercados africanos y la hostili­dad que durante mucho tiempo manifestaron las instituciones financieras internacionales (FMI y BM) ante cualquier polí­tica africana de protección o de subvención de la producción agrícola local.

 

Gourévitch estima además -lo que es rigurosamente cierto-, que existen factores culturales que impiden que África se mo­dernice, al contrario de los éxi­tos obtenidos por otros grupos humanos. Y señala que los chi­nos y los indochinos se adaptan muy bien y sin pérdida de tiem­po, pero no ocurre en absoluto lo mismo con los africanos "que tienen enormes dificultades pa­ra cuestionarse a sí mismos". El sistema económico continental caracterizado por "una baja pro­ductividad, escasos ingresos y una alta redistribución" es por consiguiente insostenible. Pro­poniendo una audaz compara­ción: "Mientras que Occidente supo apropiarse del pensamien­to y de los logros de los demás (lo que es un hecho incontrover­tible), la cultura africana no su­po integrar a sus valores humanistas la evolución tecnológica ni los imperativos financieros"

 

Por último, Gourévitch invita a las élites políticas a tomar con­ciencia de la inevitable implo­sión de la identidad africana ba­jo la presión de las imágenes que la cultura occidental difun­de y las necesidades que la mis­ma crea: "La juventud impacien­te por consumir, no puede espe­rar más a que se le de la pala­bra..." Y es justamente contra los riesgos de aculturación a tra­vés del consumo, por lo que el reconocido economista senegalés, Cheihk Tidioane Diop, hace un llamamiento a esos jóvenes africanos.

 

rmorenocastilla@hotmail.coin

 

[*] África, más allá de estereotipos (II)

África, más allá de estereotipos (I)