El agua y la memoria perdida

Wladimiro Rodríguez Brito

El pasado 22 de marzo hemos celebrado el Día Mundial del Agua. Creemos que este recordatorio es especialmente oportuno en un lugar como Canarias, donde el agua y su explotación, a lo largo de la historia reciente del Archipiélago, ha constituido una lucha continua para obtenerla y transportarla desde las entrañas de la tierra hasta las tierras de cultivo o a las poblaciones insulares. En este sentido, pienso que es oportuno que dediquemos unas líneas a reflexionar sobre la cultura que este líquido elemento ha imprimido en nuestra sociedad a lo largo de sucesivas generaciones.

En las islas nunca lo hemos tenido fácil para obtener agua, salvo en muy pocos puntos del territorio. Los canarios, en general, y los tinerfeños, en particular, hemos tenido que realizar un enorme esfuerzo para suplir la escasez de aguas superficiales y la falta de precipitaciones suficientes. Por otro lado, el dominio de este precioso elemento ha repartido poder, riqueza e injusticia a partes iguales durante buena parte de nuestro acontecer histórico. Resulta complejo valorar hoy, en los albores del nuevo milenio, que nuestra abundancia cotidiana y barata de agua en cantidades industriales es un fenómeno muy reciente y nuevo. No hace falta perdernos en la noche de los tiempos sino simplemente recurrir a las hemerotecas o -más fácil- preguntarles a nuestros abuelos, para que nos cuenten que, apenas hace 50 años, apenas un 10 por ciento de las viviendas tenía agua corriente, o que hubo que fletar barcos-aljibe para que abastecieran a El Hierro, Fuerteventura o Lanzarote, para que al menos la gente pudiera tener un litro por habitante/día. Hagamos un esfuerzo por imaginarnos qué vida tendríamos con un litro al día para beber, cocinar, lavarnos la ropa, etc. Constituiría con seguridad un buen ejercicio de humildad en estos tiempos de desenfreno consumista de cualquier tipo de recursos o de bienes de consumo. Afortunadamente, hoy en día, todos tenemos acceso al agua, en un reparto tan justo y democrático que hemos acabado desvalorizando su importancia. Al menos hasta el momento en que nos falte.

Las fuentes públicas o los lavaderos constituyen hoy parte del patrimonio arqueológico. Sin embargo no encontramos en Tenerife ningún recordatorio, ninguna plaza pública, ningún monumento o -mucho menos- un museo dedicado a honrar la memoria de los miles de hombres canarios que se dejaron la piel y algunos hasta la vida (asfixiados por gases, aplastados por desplomes, despeñados o destrozados por dinamita) en el duro trabajo en las oscuras entrañas de la tierra. Es ánimo de este columnista reclamar una mayor sensibilidad de esta sociedad por la memoria perdida del agua, de su cultura y de los que la hicieron posible. Recordar a las personas que hicieron posible perforar y construir miles de kilómetros de galerías, más de 2.000 pozos, canales, atarjeas, etc., es algo que con justicia merecen de sobra.

Más allá de falsas nostalgias, queremos aprovechar esta efeméride para transmitir la necesidad de saldar una "deuda histórica" con las anteriores generaciones que hicieron posible nuestro bienestar actual. En tiempos extraños como los que vivimos, en los que "el botellón" ocupa un lugar central de nuestra preocupación de la semana pasada, resulta complicado reclamar que hagamos justicia con el esfuerzo y sacrificio de nuestros antepasados. No debería ser así y por eso luchamos un número creciente de ciudadanos de esta tierra.

No quiero pasar sobre este tema sin recordar a los lectores algunos ejemplos de esta colosal empresa colectiva: el Canal del Sur, la primera "autopista del agua" entre los Altos de Güímar y Fasnia hasta Fañabé, en Adeje; las galerías del Barranco de Badajoz y "la Hidro", una de las primeras centrales hidroeléctricas de Canarias, en el barrio de San Juan (Güímar), o los canales de Araca y Río-Portezuelo, desde Candelaria hasta Punta del Hidalgo, que aún atisbamos en los paisajes acantilados que separan Bajamar de La Punta; o aún nos maravillamos por el esfuerzo colosal que supuso horadar la tierra y colgar de los Acantilados de Los Gigantes el canal que lleva agua desde el abrupto Barranco del Natero, paralelo al de Masca, en Teno, hasta la costa de Santiago; o el espectacular sifón, en el Barranco de Ruiz, para el canal que parte desde la Galería de El Pinalete (La Guancha) y que aportaba agua al Valle de la Orotava, cuando era fértil y cultivado; las galerías de Tagara y Niágara, en Guía de Isora; la de Huaco, en Fasnia; Pinalete y Vergara, en La Guancha; Izaña, La Plata o El Cañizo, en Güímar; Amance, en Arafo, etc., etc. Tenemos tantos ejemplos que merecen ser citados que necesitaríamos un periódico entero para reflejar con justicia el esfuerzo que miles de canarios imprimieron en el territorio con relación al agua. Son cientos de obras, algunas pequeñas, otras inmensas, todas importantes, que dibujan una compleja Geografía del trabajo y del sacrificio que permitió el desarrollo de muchas zonas de la isla, que acabó con la cultura del aljibe o del manantial, cercano o lejano, del agua de lluvia o de la escorrentía, que nos condujo al progreso. Todo esto financiado con ahorro popular en su mayor parte, ya que las obras hidráulicas del Estado se reservaron para el territorio al norte de Cádiz. En ese sentido, esta sociedad no sólo está en deuda con los trabajadores del agua sino también con los ahorradores, muchos de ellos agricultores que hicieron posible esta ingente obra.

En definitiva, las huellas de este esfuerzo histórico y colectivo por la obtención de este vital elemento se van perdiendo día a día, en las galerías abandonadas, con las muertes de los ancianos "cabuqueros", los trabajadores de las galerías, los artesanos albañiles que se colgaban de los riscos más verticales para construir canales imposibles. Reclamamos una mayor sensibilidad social por conservar y divulgar la cultura del agua y sus gentes, que contribuya de alguna manera a saldar una parte de esta deuda histórica con todos aquellos que dejaron su juventud en las profundidades de esta tierra, en sus barrancos y en sus laderas brumosas, en condiciones de vida preindustriales y por apenas unas perras para mantener con dificultad a sus familias. Este artículo pretende ser un modesto homenaje a tanto sacrificio y compromiso con esta tierra.

*Consejero de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife