El agua y el mercado

Wladimiro Rodríguez Brito

El pasado viernes [30-06-2006] se celebró la habitual asamblea de Balsas de Tenerife (Balten), en la que se puso de manifiesto algo que habíamos anticipado hace algo más de 20 años, en la polémica Ley de Aguas de la década de los ochenta. Es triste que, un cuarto de siglo después, los hechos nos den la razón, ya que el tiempo perdido es irrecuperable. No hemos establecido prioridades en el uso del líquido elemento, es decir, el mercado no puede regular vía precios los usos del líquido elemento ya que la oferta la limitan la naturaleza y los costes energéticos o tecnológicos. Las demandas agrícolas o urbanas tienen una clara diferenciación económica y social que acaban avalando el principio de que el agua debe ser algo más que una simple mercancía.

Don José Brier defendió que el agua para regar césped y llenar piscinas debería tener un precio diferenciado respecto al que humedecía la tierra y permitía que crecieran los frutos en la misma. En ese marco social altamente conflictivo no fuimos capaces de sentar las bases para garantizar la supervivencia de la agricultura como complemento de una economía insular basada en el sector servicios y en el turismo. Por el contrario, dejamos que el mercado dictase las normas. Hoy, en Tenerife el agua supera en muchos casos las 50 pesetas/pipa con una calidad que empeora día tras día.

Balten y otras empresas públicas y privadas que gestionan este preciado elemento deben de nuevo afrontar este problema histórico no resuelto de los usos y precios bajo criterios que no sean estrictamente mercantiles. En los próximos años, este asunto será clave si queremos tener agricultura en el futuro de nuestras islas. Es obvio y evidente que la demanda no hace más que aumentar en islas como Tenerife, que crecen no sólo en población sino también urbanísticamente, mientras que los manantiales, galerías y pozos retroceden de forma inversamente proporcional. Por otro lado, la desalación es la única alternativa segura, pero no es menos cierto que se continúa desalando con un petróleo cada día más prohibitivo.

Los usos de un bien escaso y -sobre todo- clave en la estrategia económica y ambiental de este archipiélago deben ser resueltos con criterios que incluyan la variable social. Sin embargo, me causa sorpresa que la propuesta del PSOE en este consejo es que "Papá Cabildo" ponga más recursos para equilibrar unos costes que vía precios no podemos controlar ni regular como un ventero en una tienda de ultramarinos (compro a 2 y vendo a 4); o incluso que no se cobre por el mantenimiento y el uso de los contadores.

En una sociedad tan compleja y dependiente como la nuestra se nos abre un nuevo debate nada fácil de resolver para un viejo problema cuya resolución llevamos aplazando desde hace varias décadas. La realidad es obstinada y nos vuelve a golpear con reiteración por mucho que intentemos aparcar los conflictos. Ahora el tema se pone de manifiesto en una Junta de Balten y nos enfrenta a una posición difícil. No se trata de un registro contable de debe y haber, sino de la calidad del agua que bebemos y de los productos que nuestros agricultores ponen en nuestra mesa. Es posible o no que un campesino siembre perejil, cilantro o coles si no puede pagar el agua que necesita. El agua de la balsa de Balten en Teno costará lo mismo para cultivar papas del país que para regar un campo de golf o rellenar una piscina, que tanto abundan en este archipiélago. Y por si fuera poco, queremos continuar construyendo más y dejando que el mercado marque los precios como en el más salvaje de los capitalismos. "Cosas veredes Sancho" en ese pleno de Balten, algo que la noche de los tiempos había secuestrado: hace mucho tiempo que el agua es algo más que una simple mercancía, por mucho que cotice en bolsa.

En la actualidad existen numerosas empresas que gestionan el agua. Sin embargo, las galerías y los pozos de las Islas se realizaron apoyándose en valores sociales y en el esfuerzo de la comunidad; el agua como un bien para beber y regar y, en segundo lugar, como mercancía. Por supuesto, no nos negamos a hablar de costes y rentabilidad justa, tanto en el plano social como económico, debiendo dar prioridad a unos usos sobre otros; así como plantear una cierta complementariedad entre la empresa pública y la acción privada en la gestión del agua. No se puede obviar el plano social y ambiental, que es fundamental para garantizar el equilibrio y el justo reparto de un elemento precioso pero cada día más escaso.

* Consejero del Área de Medio Ambiente y Paisaje del Cabildo Insular de Tenerife