"Alto el fuego permanente"
Justo Fernández Rodríguez
La noticia del "alto el fuego permanente", anunciada por ETA, ha producido una gran conmocion política y social en toda España. A las indudables alegría, esperanza y expectativas de una gran mayoría de la ciudadanía, se unen el recelo, las dudas, la desconfianza y la incredulidad de otros sectores de población, en buena parte influenciados y manipulados por intereses sectarios, partidarios y mediáticos, cuya procacidad política, en base a acusaciones gratuitas e insultos inadmisibles, vienen crispando la convivencia desde que Rajoy, Acebes y Zaplana, simples delegados del aznarismo radicado en FAES, perdieron las elecciones, gracias a su política de mentiras, manipulaciones y falsedades, con respeto a lo sucedido el 11-M.
¿Es sincero el aparente cambio de actitud visualizado en la entrevista de Rajoy con Zapatero, en La Moncloa? Para mí, sólo es una táctica para no quedarse fuera del intento, que pudiera ser definitivo, para terminar con el terrorismo etarra.
Podrán entregar las armas y habrá que apoyar al Gobierno en el intento. Pero, continuaré odiando a los cobardes asesinos que, durante 38 años, han sembrado el terror en España.
Puedo rememorar centenares de espantosas imágenes de militares, policías, guardias civiles, mujeres, ancianos, hombres y niños, destrozados por coches-bomba, ametrallados o con el cobarde tiro en la nuca. 817 personas han caído bajo el terror asesino de los etarras y de sus cómplices de Herri Batasuna: 478 miembros del Ejército y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y 339 civiles.
Jamás olvidaré las imágenes de las 21 personas asesinadas en Hipercor, en Barcelona; ni las once víctimas causadas por un coche-bomba en el cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza, entre ellas cinco niños; ni las producidas por el choche-bomba lanzado contra el cuartel de la Guardia Civil de Vic, donde fueron asesinadas nueve personas, cuatro de ellas niñas, entre siete y catorce años; ni el niño de dos años destrozado en Erandio al estallar un artefacto que habían puesto en el coche de su padre, guardia civil.
Continúo sintiendo odio, cuando recuerdo lo sucedido el 14 de julio de 1986, alrededor de las ocho de la mañana, cuando me dirigía a trabajar, en Madrid. Circulaba por la avenida de Pio XII, junto hipermercado ’Yumbo’. Una fortísima explosión me sobresaltó. Aceleré y cuando bajaba por la calle del General Mola, pude distinguir una enorme nube de humo que cubría toda la plaza de la República Dominicana. Aparqué de cualquier manera y corrí hacia donde numerosas personas corrían de un lado para otro; en las ventanas, decenas de mujeres y hombres preguntaban qué había pasado.
El espectáculo era dantesco. Decenas de automóviles en llamas, cornisas en el suelo, multitud de ventanas y terrazas destrozadas por los impactos de la metralla y la onda expansiva... De un autobús verde, destrozado y humeante, inequívocamente de la Guardia Civil, salían sombras vacilantes, gritando. Algunos no atendían a quienes intentábamos ayudarles y continuaban corriendo, sin rumbo definido. Uno de ellos, con el rostro irreconocible y el cuerpo quemado, se desplomó a un metro de donde me encontraba. Estaba muerto.
Minutos después, que me parecieron una eternidad, las sirenas de los coches de policía, las ambulancias y los bomberos, fueron acallando los gritos de dolor o de espanto de los heridos y de los testigos. Doce jóvenes guardias civiles muertos y ocho heridos, de la cercana Compañía de Tráfico, fueron víctimas de la saña criminal de los etarras.
Nunca olvidaré aquellas imágenes. Ninguna tregua ni "alto el fuego", aunque sean imprescindibles para conseguir eliminar el terrorismo, me harán perdonar a los asesinos.
Tampoco olvidaré, el 22 de febrero de 1984, después de siete horas de autobús, con cadenas, por unas carreteras heladas, el silencio hostil y cortante de una ciudad, San Sebastián, con todas las ventanas cerradas y ni una sola persona por las calles, mientras un grupo de personas, la mayoría llegadas desde Bilbao o Madrid, acompañábamos los restos del senador Enrique Casas, asesinado por ETA en su propio domicilio. En el borde de la tumba, donde íbamos a enterrarlo, recuerdo que Rosa María Mateos, con lágrimas en los ojos, me preguntaba: "Justo, ¿dónde está la gente?". Para no desmoralizarla, le contesté: "Asustada". Esa situación, afortunadamente, ha evolucionado.
Jamás dejaré de recordar, cuando participaba en el programa ’La Tarántula’, que dirigía Antonio Herrero en Antena-3. Cenábamos Antonio, Herrero de Miñón y Ernest Lluch. Este último nos comentaba que estaba preparando un libro sobre ETA. Sacó un mapa de Navarra y Guipúzcoa, donde había trazado un triángulo en el que quedaban encerrados una serie de pueblos. No explicó que de ellos había salido el 65% de los militantes de ETA. Algún tiempo después, los asesinos etarras acallaron su voz, una voz que defendía el diálogo.
Voy a repetir lo que escribía, en este mismo periódico, el 20 de septiembre de 1998, cuando Aznar, desde Perú, contestaba al anuncio de tregua de ETA, pasando de la indiferencia y descalificación de la iniciativa etarra, a reconocer que "el Gobierno no es en absoluto insensible a las expectativas que una sociedad con capacidad de conciliación alimenta este momento."
"No hay dudas de que parece positivo que un grupo de asesinos anuncie que, por el momento, va a dejar de matar. Pero, ¿tenemos que pagar algo por ello? ¿Hemos de premiar a los asesinos? ¿Tenemos que ceder competencias, conceder privilegios, cambiar la Constitución, retirar la Policía y la Guardia Civil del País Vasco? ¿Hay que aceptar que Navarra forme parte del País Vasco contra la opinión mayoritaria de los navarros? ¿Se llegará a un compromiso sobre la autodeterminación o independencia de Euskadi?¿Presionará el Gobierno español al de Francia para que acceda a las reivindicaciones etarras?".
Esas preguntas también podían habérselas hecho a Aznar cuando negoció con los asesinos etarras. Pero, nadie se las hizo. El PSOE, sin demasiada información, apoyó en silencio la decisión del Gobierno, sin el menor intento de obstaculizar las negociaciones, ni de aprovecharse de su fracaso. Todo lo contrario de la estrategia impuesta a Rajoy por sus controladores políticos y mediáticos. La desaparición, de los medios de comunicación, de Acebes y Zaplana, con sus permanentes insultos a Zapatero, sólo responde a una estrategia partidista, con objetivo de rentabilidad electoral, ante un posible fracaso de las expectativas de abandono definitivo de la violencia, que volvería a dar protagonismo a los sectores neofascistas del Partido Popular.
Los controladores políticos y mediáticos de la pureza reaccionaria del PP difícilmente permitirán a Rajoy una actitud de sincera colaboración con el Gobierno socialista. No sé si Rodríguez Zapatero ha recobrado el diálogo con Rajoy, pero dudo mucho que sea tan ingenuo como para recuperar una confianza que nunca existió.