Amores que Matan
Emilio del Barco
La unión es una función de amor. El enfrentamiento desamor. No necesariamente odio. Entre el amor y el odio hay escalas. Lo ideal sería disfrutar de un mundo sin fronteras. Que cada cual tuviese su propia frontera al borde de su piel. Pero el pensamiento llega más lejos, los sentimientos también. Y todos quisiéramos tener un territorio asignado, cuanto mayor, mejor, donde expandir nuestros sentimientos. El único inconveniente es que, con ello, pisamos el territorio del vecino. Casi siempre demasiado cercano para nuestra conveniencia. Ahí empezamos a no distinguir si lo bueno es malo y lo malo bueno. Depende desde qué lado del límite lo miremos. Quién juzgue y a quién juzguen es decisivo para saber si la sentencia nos parece adecuada. Nuestros antecedentes, convicciones y experiencias son decisivas. Nunca el fiel de la justicia se sitúa en el punto medio.
Las reglas sociales han de beneficiar a la Humanidad como conjunto. Esto es difícil. Porque las reglas de justicia que imperan en cada pueblo se derivan de los antecedentes religiosos que hayan impregnado sus tradiciones. Las religiones antiguas nacieron, todas, como religión de un pueblo. Su Dios había de esforzarse en beneficiar a su pueblo en particular. El resto de la humanidad era algo externo a ellos, hijos de los hombres, no hijos de Dios. Esta mentalidad selectiva antigua subyace en su esencia doctrinal. Todavía se diferencian en las oraciones aquellas peticiones que sean expresadas para beneficiar al Pueblo de Dios, siempre considerado con más derechos que el resto de los humanos. Claro que ese pueblo de Dios varía con cada comunidad religiosa. El concepto está limitado a sus propios hermanos espirituales. ¿Un Dios universal puede limitar sus favores a una porción de los humanos? Esto lo privaría de su universalidad.
Cuando las razones religiosas o políticas prevalecen por encima de las humanas, empiezan a ser negativas, obras de desamor, inhumanas. Las creencias religiosas deberían estar al servicio de los humanos, y no, como suele suceder, que los humanos sean usados, al servicio de las ideas, en beneficio de unos pocos prebostes de las creencias. Si permitimos y fomentamos la vuelta a lo primitivo, al predominio de los clanes, estamos borrando la evolución de la sociedad humana. El mundo es amorfo, pero bastante lógico. Lo suficiente como para ser previsible. Si hay cosas que no nos lo parecen, acaso sea más culpa de nuestra cortedad de entendimiento, que de las cosas en sí.
Si nos cuesta amar, no amemos. Pero no cambiemos el nombre de las cosas. El amor y el bien han de darse sin sacrificio, con placer. Quien crea que se sacrifica dando amor, que lo guarde para sí, porque es señal de que no le rebosa. El poco amor que sea capaz de sentir, lo necesita todo dentro de sí, para sí mismo. El amor es una luz que ilumina sin gastarse. Alumbrándose a sí misma, da vida a su alrededor. Sin esfuerzo, sin sentirlo, sin sufrirlo. Quien no ama, absorbe, agota, vampiriza, mata. Todo el amor del mundo no puede llenar su inmenso vacío. ¿Qué concepto de la vida y el amor puede tener un terrorista o un esclavizador de voluntades ajenas, si su justificación ante la vida es la muerte o la sumisión de otros? ¿De qué forma llegará a trastocar su mente para pensar que tiene derecho a vivir del esfuerzo de otros? Extorsionando. La bolsa o la vida, con música folklórica de fondo. No creo que ninguno de esos autodenominados defensores patriotas de su identidad étnica, ame a su pueblo. Se aman a sí mismos. Ególatras que se alimentan con la sangre de su pueblo. A quienes deparan sólo dolor, miedo, ruina y muerte. Son la antítesis del amor. Sacrifican el bienestar de todo un pueblo, su pueblo, en aras del amor que se tienen a sí mismos.
18/08/2005