Ángeles apocalípticos
Emilio del Barco
El
fin del mundo vendrá por sí, es cosa del devenir propio del Universo. El fin de las civilizaciones se provoca. Todos los grandes imperios han llevado la semilla de su autodestrucción dentro: su enorme poder. El uso excesivo del poder lo implosiona, acabando con él. Nadie es impune a sus actos. Las consecuencias siempre son larvadas.Aquellos que actúan sintiéndose escogidos por Dios, si se equivocan, cometen errores descomunales. Siguen actuando como hombres, fuera de la realidad, aunque se sientan ángeles vicarios. Leer la palabra de Dios cada mañana, no le cambia el cerebro al lector, sólo los pensamientos. A veces, las grandes ideas percibidas, pueden resultar demasiado grandes para el pequeño cerebro del leyente. Y esto lo desborda. Puede llegar a creerse herramienta divina. La soberbia es el peor pecado que pueda carcomer a un poderoso. Y el más común entre ellos. La autodestrucción viene implícita.
Siguiendo la deriva actual, estamos arribando a la democracia consumada, la democracia de corte norteamericano: la democracia del dinero. Quién más dinero tiene, más democracia disfruta. Es una vuelta al principio de la Humanidad: el dueño del rebaño es el patriarca de la tribu.
Mal aconsejado está Bush, por su cohorte de adventistas bíblicos. No se crean derechos, pisoteando los de los demás. Cuando se da pie a la creación de mártires, no se sabe aún cuán fértil puede llegar a ser su sangre. El concepto de mártir, en cualquier religión, no es muy diferente en su esencia. Mártir es quien obedece, sin dudar, lo que él considera mandatos divinos. Hasta sus últimas consecuencias, dando su vida. Es la ofrenda de su sacrificio, por la propia víctima, la autoinmolación. Héroes y mártires están hechos de la misma madera: creyentes, ingenuos, nobles y generosos. Cuando aúnan motivos civiles y religiosos entre sus convicciones, se vuelven imparables. Sólo se les puede destruir, y esto cumple con su propósito: morir por la causa. Lo que hace germinar más semilla de mártires entre los idealistas. Esta tendencia de la juventud a buscar medidas extremas, rápidas, dramáticas, es explotada, militar y religiosamente, por todas las ideologías absolutistas, consiguiendo, por el camino de la fe en sus principios, que personas de firmes convicciones consideren su obligación y privilegio el dejarse inundar por sus ideas. Aún cuando pudiera evitarse el fatal desenlace, se escoge el dramatismo del sacrificio. Con la bendición de sus dirigentes. El ejemplo de los muertos en la lucha, sirve de fertilizante a futuras adhesiones y eso es lo que se busca. Quien los mata, acrecienta el número de mártires, proporcionándoles, con ello, más adhesiones.