El apogeo del pensamiento único

Juan Jesús Ayala

Lo único que cabe, y sobre todo para los que superan la categoría de nación por encima de la de clase en la era de la globalización y del pensamiento único, es el pensamiento nacionalista, que será el más capacitado para al menos mitigar el impacto de las multinacionales y ordenar con mejor tino el concierto mundial de las naciones entre sí. Y esto es así aunque suene a paradoja.

No es, como enfatiza Alain Finkielkrat, que el pensamiento en toda su extensión esté derrotado y que agonice mezclado con las cenizas de una intelectualidad a la baja. No. El pensamiento sigue y con los ribetes de sus enunciados que lo apadrinan desde hace algún tiempo con el nombre de pensamiento único en la pila baustimal de una globalización apabullante que desestructura y despersonaliza.

Pero ahí está. Es un concepto y una expresión que fue lanzada por primera vez al ruedo de la discusión teóricafilosófica por Ignacio Ramonet en 1994. El describía esta modalidad intelectualoide como "una especie de doctrina viscosa que, insensiblemente, envuelve cualquier razonamiento rebelde, lo inhibe, lo perturba, lo paraliza y acaba por ahogarlo".

Y es tras la caída del Muro de Berlín cuando comienza su efervescencia con la extinción de los regímenes comunistas que hacían de contrapeso al modelo capitalista-liberal desde una visión marxista de la historia y de la política. Cuando el Muro cae, aparece ese modelo que impregna con todo su furor ideológico las actitudes de los poderosos de la Tierra, que son los que dictan las políticas económicas a nivel planetario. El pensamiento único se alumbra o se gesta en las interioridades de las grandes instituciones monetarias y económicas, tales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, el Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y de Comercio, la Comisión Europea y el Banco de Francia, principales padres de la criatura.

¿Y qué hacen estas organizaciones? Simplemente que mediante su financiación vinculan al servicio de sus ideas, a través de todo el planeta, numerosos centros de investigación, universidades y fundaciones, las cuales perfilan y expanden la buena nueva de su ámbito. Este discurso, como señala Ramonet, es reproducido por los principales órganos de información y particularmente por las biblias de los inversores y bolsitas, llámense The Wall Street Journal, Financial Times, Les Echos, Reuters, etcétera, que son propiedades de grandes grupos industriales y financieros. Y desde diferentes ámbitos facultades de Ciencias Económicas, periodistas, ensayistas, personalidades de la política aparecen en escena como pregoneros de esta ideología que, a través de su presencia en los medios de comunicación repiten sus enunciados hasta la saciedad.

Es tan potente su mensaje que hasta un marxista ortodoxo se quedaría embobado porque efectivamente éste va mas allá que el del marxismo. "La economía supera la política". O sea, la infraestructura dirige y condiciona a la supraes-tructura.

Pero es tan fuerte su mensaje que no existe ningún sistema, almenos filosófico, que pueda luchar en su contra y, si lo hay está silenciado por los poderosos anteriormente citados. Si existe en el planeta algún grito de desesperación y desasosiego, será acallado, primero, porque se le tildará de "rancio" y segundo, porque sus ecos se pierden en los retumbos de los barrancos de la historia.

Lo cierto es que el pensamiento único como ideología al servicio de la economía por encima de todo está en pleno apogeo. No cabe hoy ningún otro tipo de discurso. O se alinea uno con él o será anatematizado por los inquisidores del siglo XXI, que son los monetaristas de nuevo cuño que arrasan con todo aquello que se interponga en su camino. ¿Pero esto seguirá asi? ¿Se terminará y desde sus cenizas surgirá un nuevo ave fénix que dará mejor vuelo a la humanidad? ¿Podrán conservarse durante mucho tiempo las estructuras totalitarias de dominación y explotación? Es difícil de predecir. Pero lo que sí parece claro es que no puede haber un crecimiento infinito en un mundo finito. Y nadie está capacitado para intuir dónde empieza el inicio del derrumbe que está en manos de los poderosos y a expensas de sus decisiones, que son económicas por encima de todo.

No olvidemos esto. No creamos en guerras mítico-filosóficas. Ni en persecuciones para acabar con el "eje del mal". Las guerras se hacen para saquear países y obtener de sus entrañas las materias primas necesarias para que la maquinaria del capital siga engrasada y no deje de funcionar.

El pensamiento único, pues, está elevado a alta categoría intelectual y de momento no hay nada que hacer. Lo único que cabe, y sobre todo para los que superan la categoría de nación por encima de la de clase en la era de la globalización y del pensamiento único, es el pensamiento nacionalista, que será el más capacitado para al menos mitigar el impacto de las multinacionales y ordenar con mejor tino el concierto mundial de las naciones entre sí. Y esto es así aunque suene a paradoja.