A propósito de Londres

Juan Manuel García Ramos

No tenía conocimiento de que el historiador británico Arnold Joseph Toynbee hubiera afirmado en 1974 que la Tercera Guerra Mundial sería una confrontación no convencional que provendría del fenómeno de la inmigración y del terrorismo.

Estos días los londinenses, identificados los terroristas que se inmolaron el pasado siete de julio en las estaciones ferroviarias y en el autobús de dos pisos, se habrán acordado de la profecía de su compatriota Toynbee, tantos años profesor en la Universidad de la capital inglesa.

Se habrán acordado los londinenses y se habrán acordado los mismos iraquíes, cuando el miércoles pasado han visto saltar por los aires a treinta y dos niños, de 10 a 13 años, al Este de Bagdad, tras explotar un vehículo conducido por un suicida perteneciente a eso que la progresía europea llama "ejército de resistencia iraquí" o "tropas insurgentes".

No sé si ya estamos metidos en esa Tercera Guerra de Toynbee, lo que sí está claro es que la "lógica" (?) del islamismo fanatizado que la alienta y desarrolla está poniendo contra las cuerdas a todo el Occidente democrático, y en particular al sistema de libertades individuales que lo inspira. ¿Dónde quedarán esas libertades si el terrorismo sigue presionando a nuestras democracias?

Dice el sofisticado filósofo francés André Glucksmann que llama "terrorista" al hombre armado que arremete deliberadamente contra seres desarmados. A su parecer, ésa es la definición número uno que debiéramos dar los demócratas del terrorismo: el ataque que se pretende tal contra población civil indefensa.

Glucksmann además aporta ejemplos terroristas de distinta catadura: Guernika bombardeada a la hora del mercado por la Legión Cóndor, las Torres Gemelas derribadas a la hora de abrir las oficinas, Varsovia castigada por Hitler en 1944, Grozny arrasada por Putin en 2001, Halabya gaseada por Sadam en 1988. Y podríamos añadir: Bali, Madrid, ahora Londres.

En nuestros días, los islamistas fanatizados han convertido el Corán en un código de guerra. En las azoras (capítulos) y en las aleyas (versículos) de ese libro sagrado están contenidos los objetivos bélicos, los infieles, y los premios celestiales al sacrificio del soldado de la guerra santa, su mimado trato en el más allá.

Leamos: "Cuando encontréis a quienes no creen, golpead sus cuellos hasta que los dejéis inertes. Así obraréis. Si Dios (Alá, por supuesto) quisiera les vencería sin combatir, pero os prueba a unos contra otros. Las obras de quienes sean matados en la senda de Dios no se perderán. Él los dirigirá, corregirá su pensamiento y los introducirá en el Paraíso que les ha descrito" (Azora XLVII, aleyas 4, 5, 6, 7; no tiene pérdida).

Tampoco hay que volverse muy radical para hacer esa lectura del texto, las intenciones de quien lo redactó no eran demasiado buenas para los que no profesaban su culto (y en el momento que afirmo esto, les puedo asegurar que empiezo a sentir un poco de escalofrío por las consecuencias que mis palabras puedan tener en la comunidad islámica de mi entorno; siempre hay una comunidad islámica en el entorno que lee nuestras cosas y se permite juicios, sumarísimos o no, contra quienes dicen que los ofenden. Yo no pretendo ofender, pretendo "leer" un libro religioso que no me resulta nada edificante. Es todo. Quizá haya lectores del Corán sin malas intenciones, pero algunos pasajes de esa obra parecen redactados para excitar imaginaciones patológicas, como las de los cuatro jóvenes londinenses, criados y ensolerados en la misma sociedad contra la que ahora han atentado sin contemplaciones y animados por una iluminación diabólica). Todo lo anterior lo escribo entre paréntesis porque no estoy seguro de mandarlo a publicar, pues igual me gano una fatwa, aunque no sé si como infiel tengo derecho a esas sentencias o están reservadas sólo para los apóstatas.

Por cierto, ¿conocen la fatwa del ayatolah Jomeini contra Salman Rushdie? ¿Conocen sus términos? Ahí va un fragmento: "En el nombre de Dios Todopoderoso, el Dios único, al que todos regresaremos. Quisiera informar a todos los musulmanes intrépidos que hay en el mundo de que el autor de un libro titulado Los versos satánicos, así como todos aquellos editores que conocían su contenido, han sido sentenciados a muerte. Insto a todos los musulmanes infatigables a que los ejecuten con prontitud, dondequiera que los encuentren".

¿Se puede permitir este lenguaje en el mundo de nuestros días? ¿Resiste la democracia occidental, después de haber superado tantas iniquidades, de las que la Inquisición católica fue un ejemplo no desdeñable, estas provocaciones en su seno?

¿Cuál puede ser la respuesta a un uso tan siniestro de una fe religiosa?

A pesar de todo, tengo que confesar que después de los atentados de Londres he tenido dos satisfacciones democráticas. Una fue la comparecencia de Toni Blair en los jardines de la mansión escocesa de Gleneagles, donde se celebraba la cumbre del G-8 el pasado viernes 8 de julio, acompañado, por recomendación del presidente sudafricano Thabo Mbeki, de los jefes de Estado y de Gobierno de esos otros siete países más ricos del mundo, además de los representantes de México, China, Brasil, la citada Sudáfrica e India. Una suerte de Congreso del Mundo, como le gustaría decir a mi admirado Jorge Luis Borges, que respaldaba al dirigente británico en uno de los momentos más delicados de su trayectoria política. Que lo respaldaba sin medias tintas, sin oportunismos partidistas, sin lenguajes a la mitad. Toynbee también hubiera celebrado esa comparecencia planetaria.

Otra de las satisfacciones democráticas que he sentido tras los sucesos londinenses, ha sido la crónica de la sesión parlamentaria de la Cámara de los Comunes inglesa del día 13 de julio. Las palabras del ya alicaído jefe de la oposición conservadora, Michael Howard, dedicadas a la tarea del Gobierno durante los atentados terroristas del día 7, me parecen una demostración de madurez política y de fe en el sistema de convivencia que nos hemos otorgado. "Los ciudadanos y el Gobierno han actuado de una forma que nos hace sentir orgullosos", dijo Howard, para añadir más adelante que le habían impresionado además la "calma" y la "deliberación" de su rival más directo, de Toni Blair -el hombre que ha enviado a Howard a la jubilación anticipada, tras los resultados electorales recientes-, a la hora de enfrentar las dolorosas situaciones derivadas del mazazo terrorista. ¡Qué reacción tan elegante de un jefe de oposición en unos momentos tan confusos!

No he visto suficientemente ponderada en la prensa española la conducta parlamentaria de la oposición británica en la Cámara de los Comunes el pasado día 11 de julio, pero a nadie le ha podido pasar desapercibido el episodio, pues es el espejo donde se han tenido que mirar los partidos políticos españoles y donde han podido comprobar lo raquítica que todavía se encuentra la implantación democrática en este país de fandangos y bulerías.

Los acontecimientos, por muy desagradables que le resulten al género humano, siempre conllevan lecciones para la experiencia. No sé si la Tercera Guerra Mundial ha empezado o no, lo que sí estamos percibiendo es que el tan denostado Samuel Huntington tampoco dejaba de tener razón cuando nos advirtió a todos que ya no nos enfrentaríamos por cuestiones ideológicas, sino culturales. Si el fanatismo islámico merece llamarse cultura. Ésa es otra.