Aquel
23 de febrero (1981)
Juan Jesús Ayala
Recuerdo que la
tarde aquella del 23 de febrero de 1981 era gris, con frío, y apenas si había
tráfico en la carretera de Agua García a Tacoronte
desde donde regresaba después de visitar a un enfermo; la gente, la poca que
tropezaba en el trayecto llevaba marcado en el rostro un sentimiento de
preocupación. ¿Por qué? ¿Qué había pasado? Se había producido el asalto al
Congreso de los Diputados por el teniente coronel Tejero que tenia
secuestrado al país.
Aquel
23 de febrero el silencio pudo ser más largo y haber copado el sonido de las
palabras, y que solo la mueca y el rictus de dolor de la desasistida libertad
fuese el único gesto de un país que nacía a la democracia. El 23 de febrero
tocamos casi, casi los angostos espacios donde volvía a mal nacer la actitud
recalcitrante del ordeno y mando. Volvía la consigna tardofranquista,
la voz dura, la endeblez fácil de doblegarse una vez
más las rodillas.
Aquel
23 de febrero todos, o al menos la mayoría, fuimos empujados a tirarnos al
suelo y volver la espalda a la recta condición humana; nuestra personalidad una
vez más sería de nuevo pisoteada por unas normas confusas que degradarían la
dignidad de cada uno.
Había
regresado la pesadilla y un centenar de metralletas fueron capaces de ahogar
el grito de libertad de miles y miles de gargantas; parecía que retrocedíamos
al pasado negro y tenebroso y aquel plante chulesco de la barbarie nos dio en
la cara como un salivazo.
Aquella
tarde pensamos en los niños, ellos oían hablar de terror y de miedo y nos
preguntaban y nosotros eludíamos una respuesta que no teníamos, ya que desde nuestra
perplejidad intuíamos que el círculo político de este país se volvería a
cerrar y que a aquellos
niños les esperaba, lo mismo que a nosotros: una época oscura y sórdida donde
mantener el tipo era muchas veces un perfecto ejercicio de cintura para poder
seguir más o menos viviendo dentro de un encorsetamiento asfixiante.
Pensamos,
con ira, que la silueta de la muerte dibujada en las bocas de las metralletas
y el grito ahogado en las gargantas que el silencio iba a ser muy largo, que ese
país que llamamos España no tenía solución, que su historia no dejaba de estar
sometida a sobresaltos continuos por aquellos que querían escribir nuevos capítulos
desde su terreno sin contar con el resto, desde sus ganancias sin contar con
los demás.
Aquel
23 de febrero fue como un aldabonazo en la conciencia de los
que pensábamos que nos esperaban a la vuelta de la esquina los viejos
tiempos que arrugaron las ideas y que violentaron situaciones, aunque gracias
a la sacudida ciudadana se logró encarrilar esta que fue confusa, muy confusa,
de la que aun quedan algunos claros-oscuros que explicar; pero bueno, lo
pasado, pasado está.
Desde
aquel 23 de febrero hasta hoy algo se ha avanzado, algo se ha profundizado en
la democracia y se ha instaurado el juego político de una manera razonable,
sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido no han cicatrizado todas las
heridas. Y ahí la responsabilidad y la culpa, si se quiere, es
de unos y de otros; de los que remueven la historia y de los que pretenden forzar
otra.
El
23 de febrero de 1981 fue un punto de inflexión en la vida del país, que parece
está lejos, pero aunque los demonios ocultos son de otro pelaje siguen ahí y
no podemos vanagloriarnos de que todo ha concluido.
Debe
ser pues una fecha para la reflexión y que no debemos olvidar, que sirva de
paradigma y que nos diga cómo no se deben hacer algunas cosas y que las argumentaciones
bien cimentadas y adornadas con una certera dialéctica es lo que debe
propiciarse, dejando atrás marrullerías, lenguajes escabrosos y peleones. Ir
hacia adelante no quiere decir que se avance, porque si hay muchos que caminan
entre la trampa y el resabio se permanecerá anclados en el pasado, como antes
o peor.