Arafo y las galerías de agua

Wladimiro Rodríguez Brito

El pasado fin de semana en Arafo, en el Casino Unión y Progreso, tuvimos la fortuna de poder asistir a un emotivo acto de homenaje y de reconocimiento a los trabajadores y emprendedores de las galerías, que alumbraron las primeras aguas en este municipio y en otros puntos del Valle de Güímar. Se trató de un gesto de reconocimiento al esfuerzo y sacrificio que varias generaciones de canarios han realizado en la búsqueda del preciado líquido. No podemos olvidar que la isla de Tenerife está horadada por más de 1.000 galerías, con más de 1.800 kilómetros perforados, un ingente trabajo realizado en poco más de 80 años. Sin embargo, apenas se han celebrado actos como éste en otros puntos de las islas, que testimonien el agradecimiento social al enorme trabajo y empeño de unos pocos tinerfeños, que dejaron su juventud y, algunos, hasta la propia vida, para proporcionar agua para nuestra agricultura y nuestras ciudades, humedeciendo la -hasta entonces-reseca piel con ansiados regadíos.

Una lectura histórica nos muestra cómo en los años veinte Tenerife apenas tenía 7.000 hectáreas de regadíos y que la práctica totalidad de los habitantes carecía de agua corriente en sus casas. La penuria del líquido elemento era la nota predominante. Sin embargo, en unas décadas, la situación se transforma radicalmente, se pasa a 20.000 hectáreas regadas y el agua corriente comienza a convertirse en habitual en las casas tinerfeñas, empezando por las ciudades. Así, por ejemplo, en Santa Cruz, los consumos en los años 1920 estaban en 30 litros por habitante y día, pasando de depender de las galerías de Anaga (Catalanes, Roque Negro, Chabucos, Aguirre, etc.) a incorporar agua del Valle de Güímar (Los Huecos, Arafo, Chacorche, en Candelaria, etc.), hasta extenderse definitivamente, alcanzando el 90 por ciento de las viviendas de toda la isla a finales de los ochenta.

Por estas razones, el acto de reconocimiento a los cabuqueros y emprendedores que empeñaron sus vidas en sacar agua de las entrañas de la tierra, en Güímar, Arafo y Candelaria, es algo más que un mero acto protocolario. Es el recordatorio de un salto de enormes proporciones en la historia económica y social de estas islas. El suministro constante y abundante de agua desde el Valle de Güímar no sólo al área capitalina sino también a los terrenos de regadíos, desde Valle de Guerra, por el Norte, hasta la zona comprendida entre el barranco de Tahodio y la playa del Socorro en Güímar, por el Sur.

Este emocionante encuentro, en un pueblo pionero del agua, con un centenar de trabajadores con más de setenta años a sus espaldas, o con los representantes de las empresas que financiaron estas primeras explotaciones, nos recordó los tiempos en que el Valle de Güímar constituía, junto al "hermano" Valle de La Orotava, la principal zona productiva del vital elemento para la vida y la economía insular. No es casual que los tomates de la isla que encontrábamos, en los años 30, en Valle Guerra, Tejina y Valle de Güímar estuvieran asociados a la producción de agua de esta zona.

Es en este marco en el que pretendemos reivindicar la importancia del trabajo de estos hombres y que nuestro pueblo conozca la importancia de la labor que desarrollaron en condiciones extremas. Es una pena que a pesar de estos sencillos reconocimientos que intentamos hacerles para dignificar el sufrimiento de estas personas que lucharon por traer riqueza y prosperidad a toda la sociedad tinerfeña, que cavaron y perforaron más de 70 kilómetros de las entrañas volcánicas del Valle, cargando raíles por las empinadas laderas de Gorgo, son menos importantes en el callejero urbano que los militares golpistas del 36.

* Consejero Insular del Área de Medio Ambiente y Paisaje