Árboles Sagrados

Emilio del Barco

Cuando los cimientos fallan, el edificio cae. Los decorados impresionantes, sean con fines teatrales, artísticos, financieros, ceremoniales o místicos, se identifican en el propósito: impresionar al espectador participante, de forma que no sólo atraiga su atención, sino que lo predisponga a favor de quienes crearon el decorado. Cuando se acaba la función, el decorado puede convertirse en un estorbo, demasiado evidente, pasado el momento mágico de la captación. Se ha de remozar y fortalecer, constantemente.

Las cosas no son lo que son, sino lo que parecen ser, o queremos que sean. Esa es la base de todo mito. La organización que administra el poder dimanante del centro vaticano está calcada de la forma de organizarse el imperio romano. Incluso sus funerales, son un trasunto de los organizados para los emperadores bizantinos, en los primeros siglos de nuestra era. Los delirios de grandeza son muy terrenales. Todos queremos acercarnos a los dioses, engrandeciéndonos. La representación es importante para mantener el mito. Lo que resulta eficaz durante siglos, se perfecciona, no se destruye. Aunque hayan cambiado las teorías que sostienen la ceremonia, ésta sigue siendo eficaz, sobre todo en su efecto impresionante.

El roble, entre los pueblos mediterráneos y gran parte de Europa, ha sido, desde antiguo, un árbol venerado. Era dedicado a los héroes. Junto con la encina, fue objeto de culto entre los druidas, beréberes, iberos y vascos; estirpes todas ellas separadas del mismo tronco tamazig. Entre los celtas, revistieron también especial importancia la encina, hermana del roble, el fresno y el tejo, ya más nórdicos. El olivo fue sagrado para griegos, egipcios y árabes. En el Líbano, tierra de los antiguos fenicios, el cedro llegó a convertirse en símbolo de la nación. Las raíces de su respeto se hunden en la historia y cultos de la antigua diosa Aserá, esposa de Él (también conocido como Baal). En la Biblia, uno y otro se confunden e intercambian. Aserá, reina de los bosques, diosa de la fecundidad, fue introducida con todos los honores en el Templo de Salomón, a través de su símbolo, el tronco de una encina, colocado junto al Arca de la Alianza. Algunas fiestas paganas, como la de la Rama, una fiesta de fecundidad, vigente aún entre algunos pueblos de la costa mediterránea y celebrada en el noroeste de Gran Canaria, desde tiempos inmemoriales, pueden tener su origen en la llegada de los activos navegantes fenicios a las costas de la isla. En la antigua Arcadia, en tiempos de sequía, se mojaba una rama de roble en un manantial dedicado a Zeus; después, con movimientos rítmicos, se iniciaba una danza de alegría, moviendo la rama en el aire. Como anticipo de la lluvia solicitada, se dejaban caer las gotas adheridas a la rama sobre la tierra reseca. Esta ascendencia explicaría el especial tipo humano de los habitantes costeros de la zona, idénticos con los habitantes del oriente mediterráneo.

Entre los hebreos de la antigüedad, la encina tuvo connotaciones sagradas. Se buscaba la sombra de una encina para enterrar a los seres especialmente queridos. Y, cuando se querían ocultar ídolos o figuras sagradas, antes de abandonar un lugar, para que no fuesen destruidos ni encontrados, se ocultaban al pie de una encina, con preferencia, o algún otro árbol respetado. De ahí que, en siglos posteriores, hayan sido encontradas bastantes representaciones maternales, escondidas en troncos de árboles antiguos.

Hay quien olvida que Aserá, Astarté, Tanit, o como queramos llamarla, diosa de la fertilidad, madre de los dioses, era representada, con frecuencia, con un niño en brazos, o sentado en sus rodillas.

Adaptando las ideas antiguas a mitos más actualizados, se consigue despertar el fervor y adhesión de los contemporáneos que se quieran captar para el rito propio. Así se consigue cimentar creencias útiles al difusor y transmitirlas al futuro, por los siglos de los siglos.

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Agüimes - Gran Canaria, 06/05/2005