Arde Gran Canaria

 

En la más  inmutable quietud,

mueres, envuelta en llamas;

presa del indómito fuego

que en  tu profusa intimidad

se reproduce y prolífera

por tu red de verdes arterias.

 

Rapiñan las llamas  esa sed

de naturaleza expandida;

Tu soberanía es mermada

por viles llamas consumadoras;

el fuego que te reduce a nada

me consume y también consume,

a todos los que amamos cada junco

que entre dos piedras explota,

cada húmeda brizna de hierba

que de la oquedad del tronco nace,

las llanuras que en tu cálido seno

maternalmente  albergas,

cada pajarillo que revolotea

 y se reclina sobre el recio árbol

posado en su  pluralidad de brazos.

 

¡Ojala pudieran mis lagrimas

Apagar la furia de ese fuego!

ojala me abandone la tristeza

que me ahoga y anuda la nuez,

cuando contemplo esa indeseada

cópula entre llama y natura.

 

¿Quién apagará el  corrosivo fuego

 que por mi corazón se extiende

-Cual alud- de un ventrílocuo al otro?

Fuego en sístole, ceniza en diástole.

 

Permítanme, angustiosas sombras

hacer de mi  poesía trinchera,

para que, de  alguna manera,

pueda lograr hacer de mi muerte,

de esta muerte contemplativa,

algo cálmo, bucólico y dulce.

 

               *  *  *

 

David A. Fajardo Rodríguez

 

Psicologia.clinica.uned@gmail.com

 

En éste poema, no he buscado la suma estética, he buscado convertir la poesía en mi trinchera, en mi refugio, o mejor dicho, en el surco donde verter mi impotencia, rabia y tristeza por este lamentable suceso.