Asesinatos Anónimos
Emilio del Barco
Las sociedades anónimas tabaqueras parecen ser, en su última esencia, asociaciones de asesinos anónimos. A estas alturas, todas saben que están matando lentamente, enfermando, a millones de personas. Conscientemente. Ahora, ya no pueden alegar ignorancia del mal que causan, en su defensa. Su único objeto visible es el de seguir acumulando dinero, a costa de la vida de quien sea. Y, todavía, piden respeto a su dañina actividad comercial e industrial, solicitando subvenciones para continuar sus actividades.
No uno, sino miles de procesos, deberían ser puestos en marcha. Tendrían que constituirse asociaciones de familiares de enfermos de cáncer pulmonar. Esa es la dolencia más claramente relacionada con el tabaco. Pero infartos cerebrales y cardíacos, malformaciones de fetos, arteriosclerosis, asma, deficiencias circulatorias, etc., no le son ajenas. Toda subvención, o bonificación impositiva, dirigida al mantenimiento del cultivo y empaquetado de tabaco, debería desaparecer, de forma inmediata. Y cualquier vínculo del Estado con las compañías tabaqueras. Resulta cínico aducir que, con ello, desaparecerían algunos puestos de trabajo. Pues que desaparezcan, ya, Para que no se extinga, dolorosamente, la vida de muchas más personas. Cuando la ignorancia sobre los efectos nocivos del tabaco era supina, y su ocultación total, se explica que existiera la duda sobre su maldad intrínseca. Hoy en día, ya no es convencimiento, sino certeza científica. El Estado no puede ser partícipe de tales fábricas de dolencias. Ni siquiera beneficiario indirecto.
Por supuesto que las medidas supresoras deberían ir dirigidas , exclusivamente, contra fabricantes, anunciantes, distribuidores y cultivadores. Nunca contra los fumadores, meras víctimas de la codicia de otros. De quienes se enriquecen, matándolos lentamente. Si las compañías tabaqueras no hubiesen ocultado, ladinamente, durante tantos años, sus conocimientos precisos sobre las consecuencias fatales de su venenoso producto, serían muchos menos sus consumidores. Así que las advertencias sanitarias, que la ley les obliga imprimir sobre los envoltorios, tendrían que ser todo lo precisas que sea necesario, claras y contundentes. Enumerando las dolencias que propicia. Para que no quede duda alguna sobre su total malignidad. Pues, hasta aplicando la ley engañan.
Para mí, no son mucho mejores que los fabricantes de minas personales. Dispuestas junto a los caminos y campos de cultivo, a la espera de que alguien las pise para mutilarlo. Los camellos de peluche, los briosos caballos, los deportes playeros, usados como gancho de sus anuncios, son todos trampas para los jóvenes, su presa más fácil. Tales trucos publicitarios deberían ser prohibidos en el contexto. Sencillamente, porque inducen a un engaño maligno.
Los niños penetran en los campos de minas para jugar, creyendo que a ellos no les pasará nada, resultando los más dañados. Como comienzan a fumar, suponiendo que cumplen con un rito de iniciación a la madurez. Cuando lo que hacen es iniciarse en el camino de la decrepitud. Que su fabricación sea legal, no quiere decir que sea ética. Sus fabricantes conocen el mal que están causando. Un cúmulo de males concatenados, sin rastro de bien alguno.
Agüimes, Gran Canaria