Los atentados de Londres y el terrorismo islamo-nazi (II)
Antonio Cubillo *
En un libro que acaba de publicarse en Francia, "L´enigme Al-Qaïda" ( JC Lattés ), hecho por dos autores franceses, Alain Bauer y Xavier Raufer, se hace un estudio de esta organización islamo-nazi. La conclusión final es que los seguidores de Bin Laden, el multimillonario saudí, creen que existen monstruosas injusticias cometidas contra los musulmanes y que el mundo moderno actual está degenerado y reina el caos por todas partes y que este mundo no tiene remedio, el cual solo se puede salvar por la religión; que existe un conflicto cósmico entre el bien y el mal y una guerra contra Satán; en una palabra, el Apocalipsis que se acerca y que con el sacrificio de los suicidas bombas kamikazes el mundo encontrará un sentido y volverá la luz, gracias a Allah y a los islamo-nazis.
Con este discurso engañan a jóvenes musulmanes que se suicidan, no solo en Europa sino en países musulmanes, como sucedió en Indonesia (recuerden el atentado en Bali), en Marruecos y en Argelia, así como en Egipto (atentados en lugares visitados por los turistas, templos egipcios, iglesias de los coptos) y no me extrañaría que empiecen en el Líbano también, como hicieron en su día, cuando la guerra civil de ese país, que destruyó este moderno intento de democracia en el Medio Oriente y acabó con la bella ciudad de Beirut. Que nosotros sepamos, ¡ninguno de estos países musulmanes tienen tropas en Irak! No hay que olvidar, y así lo he dicho en un artículo de prensa, que los islamo-nazis de Al Quaïda vienen de los Hermanos Musulmanes, extremistas islámicos que tienen como profeta al imán chiita iraní Jomeini, el cual en su testamento exhorta a los musulmanes a recuperar todas las tierras del islam, entre otras Al Andalus y la mezquita de Córdoba, aparte de Jerusalem, capital antigua y moderna del Estado de Israel, así como la eliminación física de todos los judíos, como decían en los años 40 los nazis alemanes. Los Hermanos Musulmanes y sus diversas ramas basan todo en su odio a Israel, a las democracias y a las otras religiones, y aquellos que los critican o hacen algún libro, como el escritor indio Salman Rushdie, son condenados a muerte y se prometen millones de dólares a aquel que lo asesine Y esto fue hace unos veinte años.
En el Sudan, estas ideas han destruido dicho país durante treinta años, con una terrible lucha del norte musulmán y árabe contra el sur, africano, cristiano y animista. El genocidio de Darfur es la última prueba flagrante. Si el lector no conoce la génesis de los Hermanos Musulmanes y de los islamo-nazis, no se puede comprender el terrorismo internacional actual, desatado por estos locos de Dios, como se les llama en Argelia, donde han dejado más de 180.000 muertos, asesinados en los campos y ciudades. En términos generales, debemos estudiar las causas primigenias de la situación de Argelia, y posteriormente en Marruecos, para comprender la locura que asoló a este país mediterráneo. En Argelia, el islám era tranquilo, serio y sin radicalismo, perteneciente a la variante malikita. Por eso es difícil comprender a los extremos a que se ha llegado actualmente.
Los principales intelectuales argelinos y quienes vivíamos en Argelia después de la independencia, donde se practicaba el islam malikita, una versión musulmana sin radicalismos, advertíamos continuamente del grave peligro de la política arabista del nuevo Estado, ya que por ahí podía colarse en Africa del Norte, el integrismo y fanatismo religioso orientales, a través de Egipto, de la Liga Árabe y de los agentes saudíes que después de la independencia de Argelia empezaron a infiltrarse y a repartir millones de dólares para construir mezquitas.
El integrismo islámico moderno surge, como ya he dicho, sobre los bordes del Canal de Suez, en la ciudad de Ismailía, hacia 1929, fundado por el fanático visionario Hassan El-Banna, el cual muere bajo las balas de la policía del rey Faruk en Egipto en febrero de 1949. Posteriormente, sus partidarios fueron apoyados por los grupos de refugiados nazis, criminales de guerra alemanes, que se refugiaron en Egipto, Siria e Irak, sobre todo, donde obtuvieron pasaportes árabes y grados en los respectivos ejércitos árabes.
Como es lógico, todos estos nazis germanófilos vehicularon sus ideas antisemitas y en contra de los judíos y sus hijos siguieron expandiendo las ideas racistas de Hitler, Himler y otros nazis, y el odio a los países que combatieron a la gran Alemania hitleriana, es decir los aliados. No me extrañaría que en Alemania sigan teniendo simpatías aún en diferentes niveles y protección.
Recuerdo un día, hacia los años setenta, hallarme cenando en el hotel Hilton de El Cairo con un médico egipcio amigo, que había sido médico particular del presidente Nasser. A nuestro lado cenaban una veintena militares egipcios con graduación bastante alta, bebiendo y brindando con champaña y otras bebidas alcohólicas y brindando en alemán y con gritos nazis. Ante mi asombro, pregunté a mi amigo quiénes eran y me informó que eran oficiales del ejército egipcio, antiguos oficiales de la Wermach huidos de la Alemania hitleriana a finales de la guerra, a los cuales se les había dado refugio y apoyo en los países musulmanes. Mi amigo, que era un demócrata egipcio, estaba avergonzado de esta gentuza y los hacía responsables de las teorías nazis del ejército egipcio, las cuales influían enormemente para mantener el estado de guerra contra Israel. Lo peor es que estos criminales, que portaban todos nombres musulmanes, habían traído sus libros alemanes y sus teorías racistas y los habían traducido y distribuido en los países del Medio Oriente. Todo esto había surgido en tiempos del rey Farouk y el presidente Nasser se encontró con esta herencia y con los rejos de los Hermanos Musulmanes, y no tuvo el coraje de separar del ejército a todos los antiguos nazis alemanes, criminales de guerra, que seguían en el ejército egipcio.
Nasser, viendo no obstante el peligro, reprimió duramente a esta hermandad secreta que quería acabar con el Estado moderno de Nasser para instaurar la Sharía o ley coránica. En los años 70, la congregación se extendía poco a poco por toda la Umma -la comunidad de pueblos islámicos- para exigir la aplicación íntegra de la Sharía en todos los países donde hubiera una población islámica. Tampoco Nasser denunció al reino de Arabia Saudita, que financiaba a todos estos grupos, como lo sigue haciendo todavía.
La sección persa de los Freres Musulmanes (FM) tenía por el año 1963 un dirigente que empezaba a ser conocido, llamado el imán Khomeiny, mientras en El Cairo el predicador egipcio Abdelhamid Kichk se hacía famoso por sus sermones, a partir de 1964, desde la mezquita de Ain-el-Haya. "La fuente de los males de los musulmanes reside en el abandono de la Sharía. Hay que reimplantar la ley musulmana para que el islám recupere su antigua fuerza", decía el imán-predicador a quien quería escucharlo.
Todas estas ideas iban a ser vehiculadas en Argelia a través de miles de enseñantes egipcios que contrató el Gobierno argelino para enseñar el árabe en las escuelas. La mayoría de ellos no tenían título ninguno ni habían enseñado nunca; la único que sabían era el árabe y el Corán, pero eso bastaba para imponer esta lengua a los jóvenes argelinos que no se consideran árabes y que hablaban el berber o el maghrebi, dialecto del Magreb, mezclado con palabras españolas, francesas, maltesas, italianas, árabes y berberes. Todo esto, acompañado de miles de películas egipcias y libanesas del peor gusto donde se vanagloriaba una sociedad árabe decadente que nada tenía que ver con la argelina.
El FLN gubernamental, distinto del de la revolución, donde dominaban los bereberes, quería imponer una lengua única, un partido único y una religión controlada por el Ministerio de Habbus, y, sin darse cuenta, como un caballo de Troya, estaba metiendo el enemigo en su casa y en la región nordafricana. La verdadera cultura argelina africana, democrática y berberófona era ignorada y constituía, incluso, un delito hablar de ella. Una ola de terrorismo cultural se va instalando en el país favorecida por los círculos religiosos integristas, sobre todo en las zonas berberófonas.
Los pocos intelectuales que se oponen a esta corriente, como Mouloud Mammeri, Kateb Yacine y otros, son alejados de la Universidad y criticados en prensa y radio. Aquellos revolucionarios que denuncian a los ulemas (grupo religioso argelino) por no haber apoyado la revolución de 1954, sino posteriormente, cuando iba ganando, son alejados o reprimidos. El antiguo coronel de la revolución Ben Tobal, hablando de los ulemas, decía: "Su lucha puede resumirse en las demandas de construcción de mezquitas".
No hay que creer que el fanatismo religioso se iba introduciendo en Argelia, en el Magreb o en el mundo islámico de una manera fácil sin que hubiese reacción; muy al contrario. Un pensador marroquí como Mohamed El-Jabry dice: "Culturalmente, nosotros, los musulmanes, vivimos aún en el siglo XIV. Tendríamos necesidad de un Descartes, de un Bacon, de un Ibn Khaldum, de un Karl Popper". Y años antes, en 1967, el número 974 de la "Rervista del Ejército del Pueblo", que se publicaba en Damasco (Siria), publicaba un artículo de un radicalismo esclarecedor bajo la firma de Ibrahim Khalas, que decía: "El único medio para construir la civilización árabe consiste en crear el hombre socialista árabe nuevo que cree por fin que Dios, las religiones, la feudalidad, el capitalismo y todos los valores de la sociedad precedente no son sino momias embalsamadas. Todo lo que quiere el hombre nuevo es que se diga después de su muerte: era verdaderamente un hombre de acción...Tenemos necesidad de un hombre que se rebele y crea que el hombre constituye una realidad absoluta; no lloraremos jamás sobre el hombre desamparado de antes, heredero legítimo de valores perecederos y petrificados".
Gritos como este se oyen también en Túnez, donde el doctor de la Facultad de Medicina, en 1982, Moncef Marzouki escribe: "El árabe se desprecia, desprecia su real, porque sabe que este real es un tejido de mentiras. Mentiras de la política, de la información, de los intelectuales... Que mueran los slogans para que viva el hombre árabe". El doctor Marzouki, analizando la história de los tres primeros califas sucesores de Mahomet, explica lo que todo el mundo sabe pero nadie quiere recordar, que murieron asesinados por sus partidarios creyentes. Continúa diciendo en su citado libro "Por qué los árabes no irán a Marte", Ediciones Errai: "Nuestro pasado no es sino una serie de complots y de guerras. Ha comenzado por el asesinato de Omar, pasando por lo de Osman, de Alí, de Hussein... Fue un período de esclavitud y tiranía... Ignoramos casi todo de aquellos que han sido oprimidos, crucificados y muertos para que la cara de la verdad no sea desvelada".
*Abogado
Publicado en el periódico El Dia, 22-07-2005
Continúaacubillo@ctv.es cnc@ctv.es