El Atlante, żun tema marginal?
Manuel Liz
*El Teatro Atlante ha dejado de ser noticia. Al menos, de momento. La demolición fue suspendida. La pala se retiró. Acabó entrando en las ruinas que aún siguen en pie. Y allí sigue como abandonada. Entre gatos, escombros y palomas. Hace tiempo que los vecinos también nos retiramos. Y la vida continúa.
Mientras tanto, la Justicia también sigue su curso. Y a ella le tocará finalmente determinar delitos y penas, si ha lugar. Sin embargo, sea cual sea el resultado, podemos preguntarnos ciertas cosas. Empezamos a tener perspectiva. Y deberíamos también comenzar a valorar lo sucedido. Sobre todo, deberíamos reconocer que han sucedido algunas cosas importantes.
La primera de ellas es un serio toque de atención para las políticas municipales y para los promotores urbanísticos. Las primeras no deberían ser diseñadas a espaldas de los propios vecinos, sin tomarse realmente en serio sus opiniones, criterios e intereses.
Es cierto que los ayuntamientos son elegidos democráticamente. Pero también es cierto que estos votos de confianza a ciertas personas y partidos han de ser convalidados en la práctica diaria, especialmente cuando se deciden temas de envergadura. Por otro lado, la tarea de los promotores urbanísticos es construir parte de nuestro futuro. Y su actividad empresarial se desarrolla inevitablemente en situaciones de riesgo inversor. Sin duda, todo esto merece respeto y admiración. Pero nunca se debería invertir en riesgos legales que pongan en grave peligro nuestro patrimonio o la posibilidad de imaginar otros futuros mejores.
Ante nosotros también se han vuelto a poner de manifiesto dos formas muy diferentes de entender el desarrollo y el progreso en nuestra Isla. Hemos tenido ocasión de verlas al desnudo. De una parte se nos ha hablado sin reparo alguno de promoción turística y hotelera al estilo de ciertos municipios del sur, de centros comerciales y de campos de golf. De la otra parte se ha recordado el entorno y el patrimonio histórico, y se ha apelado a ideas como las de calidad de vida, desarrollo sostenible, participación ciudadana o diversificación en la explotación de nuestros recursos.
Asimismo, ha sido muy importante un sentimiento que resulta bastante difícil de relatar. Yo soy vecino de La Orotava. Vivo allí hace unos pocos años, justamente en la calle donde se encuentra el Teatro Atlante. Hasta hace unas semanas, mis vecinos eran tan sólo personas que también vivían donde yo vivía. Y las calles eran tan sólo lugares por donde pasábamos y nos saludábamos en nuestro camino de ida o vuelta a casa. Todo esto ha cambiado para mí. Ahora las calles de La Orotava también son mi casa. Y comparto con mis vecinos la ilusión de mantener esta casa bonita y arreglada.
Quisiera que todos sintieran esto en los lugares donde viven. Sé que es un sentimiento en peligro de extinción, que sólo suele surgir en pequeñas comunidades y que nuestro mundo actual nos hace mirar en otras direcciones. Pero justamente por ello, lo sucedido con el Teatro Atlante tiene un altísimo valor. Tiene un gran valor ejemplar.
El hecho de que un grupo de ciudadanos, muchos de ellos vecinos de las calles colindantes con el Teatro Atlante, otros no, hayan reaccionado de la forma en que lo hicieron frente a unas actuaciones municipales y empresariales peligrosamente situadas al borde de la legalidad debe servir como ejemplo de que algunas cosas siguen siendo posibles. Al menos, en nuestros entornos más cercanos.
Realmente lo sucedido con el Teatro Atlante ha sido muy importante. Y esta apreciación contrasta fuertemente con lo que hace unos días pudimos escuchar en una entrevista al alcalde de La Orotava en cierto programa de televisión. La entrevista fue larga. Y tanto entrevistador como entrevistado se esforzaron por resaltar los múltiples logros de la gestión municipal durante los más de veinte años de ejercicio en el cargo de nuestro alcalde.
Luz y agua para los barrios periféricos, mejoras indudables en calles y parques, nuevas urbanizaciones, centros comerciales conocidos por todos, etcétera. Únicamente al final de la entrevista se mencionó el tema del Teatro Atlante. Pero sin hacer ninguna pregunta directa. Con exquisita delicadeza, el entrevistador simplemente dijo que no quería hablar del Teatro Atlante porque Ħhabía que dejar aparte temas tan marginales como ése!
El Atlante, żun tema marginal? No, en absoluto es un tema marginal. No lo es por razones como las que he esgrimido más arriba. Tampoco lo es porque sigue estando en manos de la Justicia determinar la legalidad de las acciones de derribo emprendidas contra el teatro y contra varias casas adyacentes. Tampoco lo es porque en este momento también están en proceso acciones judiciales emprendidas por la empresa constructora y, sorprendentemente, también por nuestro propio Ayuntamiento contra el amplio grupo de vecinos que quiso defender su patrimonio. Y tampoco puede ser un tema marginal simplemente porque el Teatro Atlante se encuentra situado en pleno centro histórico de uno de nuestros municipios más emblemáticos.
Quiero acabar esta breve reflexión recordando otro reciente programa de televisión. El martes pasado, a las doce de la noche, en el canal autonómico, un conocido director de cine también habló con tristeza del Teatro Atlante. Habló desde sus mismas ruinas y mostró algunas imágenes. De todas ellas, hubo una tremendamente impactante. También fue justo al final del reportaje.
Un obrero subido en el tejado del teatro golpeaba con fuerza el duro cemento. Y su maza iba dibujando un círculo alrededor suyo. El obrero parecía indiferente. Seguramente sólo obedecía órdenes. Y no se daba cuenta de lo que podía pasarle si continuaba su trabajo. Su mirada estaba fija en los golpes de su maza. La escena duró mucho tiempo. Más de lo soportable.
El Atlante, żun tema marginal? No, no lo es. Lo sucedido allí debe hacernos recordar que si nos empeñamos en destruir el suelo que pisamos, simplemente nos caeremos. Y entonces, no tendremos ya nada que nos sostenga.
* Publicado en Diario de Avisos, 26-04-2005