El Atlántico y el Mediterráneo

Juan-Manuel García Ramos

Con su obra, Rumeu de Armas metió a Canarias, con todo merecimiento, en la gran historia universal.

La muerte reciente de don Antonio Rumeu de Armas nos exige no sólo redactar rápidas y justas necrológicas, sino volver sobre algunos de los asuntos que ocuparon y preocuparon al profesor e investigador ahora desaparecido.

Don Antonio fue el autor de una obra descomunal que tuvimos la oportunidad de reeditar en 1991, tras un acuerdo de la entonces Comisión Canaria del V Centenario del Descubrimiento de América, órgano que presidíamos por aquellos años.

En las negociaciones que mantuvimos con el director de la Academia Española de la Historia, en las que también intervino el técnico de la Consejería de Educación del Gobierno de Canarias de entonces y hoy catedrático de Filología de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Maximiano Trapero, pactamos un cambio de título de la obra a reeditar: la original Piraterías y ataques navales contra las Islas Canarias, publicada en Madrid entre 1947 y 1950 por el Instituto Jerónimo Zurita del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, de tres tomos en cinco volúmenes, pasaba a llamarse en 1991 Canarias y el Atlántico. Piraterías y ataques navales, en los mismos tomos y los mismos volúmenes y en edición facsimilar para no perder el valioso aparato gráfico del que constaba la estampación primera.

Con ese cambio de nombre, Rumeu de Armas facilitaba una lectura más cabal y más honda de su obra, comparada desde su misma aparición con otra empresa historiográfica posterior como fue la del investigador francés Fernand Braudel: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de 1949.

Sabemos que Braudel admiró siempre a Rumeu de Armas; no tenemos comprobación objetiva, pero se ha dicho y ha llegado a nuestros oídos que Braudel acudió a algunas clases universitarias madrileñas de Rumeu de Armas y que siempre aconsejó a sus alumnos franceses la lectura de la obra del intelectual canario.

Lo que sí está claro es que tanto Rumeu de Armas como Braudel fundaron un nuevo concepto del Atlántico y del Mediterráneo, respectivamente, y que después de publicadas sus ambiciosas obras sobre ese océano y ese mar, las miradas de las generaciones posteriores sobre uno y otro cambiaron de signo.

Tanto Rumeu de Armas como Braudel consiguieron elevar a esas masas de agua salada a categoría de personajes históricos, de fuerzas directoras y canalizadoras de los movimientos humanos.

Según el ex rector de la Sorbona y teórico de la narración, Paul Ricoeur, lo que Braudel nos cuenta en la obra citada no es sino la muerte del Mediterráneo. En un momento determinado de la historia, en la época de Felipe II, España y Turquía dejan de tener una frontera bélica común, pues Turquía se vuelve hacia Oriente y España hacia Occidente; el mar, el Mediterráneo, en medio, muere. El héroe del libro de Fernand Braudel no es Felipe II, sino el Mediterráneo, como semipersonaje y héroe colectivo. El héroe no es una persona, es un elemento natural. Braudel construye un héroe colectivo que es al mismo tiempo una realidad geográfica, una entidad sociológica y una realidad histórica.

Rumeu de Armas había hecho lo mismo con el Atlántico; aceptar la historia como una ciencia de la globalidad de lo humano. Para Rumeu, el comercio sigue a la espada, a la conquista de nuevos territorios, como el robo, en el mar o en tierra firme, sigue al comercio.

Y desde esa perspectiva, nos da cuenta del protagonismo del Atlántico en ese encuentro del Viejo y del Nuevo Mundo a través de los siglos. La lucha de las naciones imperiales por hacerse con el poder de ese mar ignoto, mar sin dueño, que era el Atlántico durante el siglo XVI y posteriores.

El trabajo de Rumeu es pionero; también insiste en convertir al Atlántico en el verdadero protagonista de la trama de la historia. Todo se teje a su en derredor y sus límites se desbordan y se confunden en las aguas caribeñas, en ese cañamazo donde dialogan las etnias y las culturas, las mareas, las tormentas, las economías, las migraciones, las religiones, las lenguas, o se enfrentan los pueblos del viejo y del nuevo continente.

El Atlántico y su tráfago de espiritualidades y materialidades decide la suerte de los países que bañan sus aguas, condiciona sus progresos o sus regresiones, enfrenta y pacifica, intranquiliza mercados o los hace florecer.

Los mares y los océanos, igual que las cordilleras y los desiertos, influyen en la vida de sus vecinos: los premian o los castigan, los acercan y los alejan, los vuelven miembros de una misma corporación de intereses o adversarios irreconciliables.

Un hispanista británico, John Elliot, ha venido detrás de don Antonio Rumeu de Armas a decir lo mismo pero sin mencionar al que nos dio esa primera visión de las cosas.

La historia de los hombres tiene lugar siempre sobre una geografía, aunque a veces cree su propia geografía más allá de los mapas y los portulanos levantados por los cartógrafos. La historia del Mediterráneo de Fernand Braudel desborda los márgenes de ese mar de la Antigüedad clásica, como la historia del Atlántico de Antonio Rumeu de Armas supera los contornos de un océano sin nombre hasta la conquista americana.

Los pueblos limítrofes de ese Atlántico adquieren personalidad por su pertenencia a él, mucho más en el caso de las Islas Canarias u otros archipiélagos de la Macaronesia que han surgido de las mismas entrañas geológicas de ese océano común como si fueran la concreción física de un sueño grecolatino.

Esos pueblos insulares han persistido en su proyección en ese Atlántico, en huir de regresiones, de ombliguismos empobrecedores, como el que pudo sufrir en su día una isla como la de Pascua, en el Pacífico, enfrente de Chile, con sus estatuas megalíticas, los "moais", o con su escritura aún no descifrada, productos de una cultura superior, acaso llegada de la Polinesia, luego olvidada y casi ritualizada por los supuestos nuevos inquilinos de la isla.

Hay libros como los de Rumeu de Armas sobre el Atlántico de los siglos XVI, XVII y XVIII o como el de Braudel sobre el Mediterráneo de la segunda mitad del siglo XVI que llegan a decidir conceptuaciones distintas de las cosas, que cierran etapas, como la del Mediterráneo de Braudel, o abren ciclos, como el del Atlántico de Rumeu de Armas; que reinventan la historia de la humanidad y concilian y ordenan acontecimientos de modo casi definitivo, aunque la historia, como bien dijo en su momento el mismo Braudel, sea el cuento de nunca acabar y siempre esté haciéndose y superándose.

Hay libros de historia válidos por decenios y decenios y otros que expiran a los pocos años.

En los casos del Atlántico estudiado por Rumeu y del Mediterráneo analizado por Braudel, la validez ha durado mucho tiempo y será difícil hablar de esas geografías en adelante ignorando las visiones de conjunto aportadas por uno y otro historiador.

Con su obra, Rumeu de Armas metió a Canarias, con todo merecimiento, en la gran historia universal. Eso le debemos.