¿Una autonomía ilusoria?
Juan Manuel Garcia Ramos
Ha dicho Gabriel Mato, el presidente del Parlamento de Canarias, que a la hora de reformar nuestro Estatuto de Autonomía no hay que estar pendiente de otras comunidades autónomas, ni vincular nuestra actuación a la reforma de otras normativas del mismo rango. Y vamos a tener que darle la razón, aunque seguramente los motivos que lo llevan a hacer esas declaraciones no coinciden al ciento por ciento con los nuestros.
Asombran ciertos mimetismos legislativos con respecto a otros territorios del Estado español por parte de algunas fuerzas políticas canarias que luego se sienten hasta orgullosas de considerarse "ultraperiféricas". Hay una suerte de obsesión con el Estatuto catalán en ciernes, y casi todas las miradas de la Ponencia de Reforma del Estatuto canario están puestas en el proceso que sigue -por cierto, bastante abrupto-, el nuevo Estatut.
Se trata de trajes legislativos prestados que luego se intentan arreglar para adaptarlos a nuestro territorio, como pasó en 1982, y así nos ha ido.
La población canaria descree aún de la autonomía y en ocasiones nos parece, a nosotros mismos, que estamos protagonizando una autonomía ilusoria, que ha sido incapaz de involucrar a aquellos a los que intenta administrar y servir, y de tomar el toro de los problemas que nos acucian -inmigración, seguridad, hiperpoblación, modelo económico sin definir, deterioro medioambiental…- por los cuernos de una dichosa vez.
La confusión de administraciones, europea, estatal, autonómica, insular, municipal, conlleva en ocasiones una parálisis en asuntos de verdadera trascendencia para nuestra vida cívica y para nuestro futuro político. Una confusión que impide, en la mayoría de los casos, políticas concretas y toma de decisiones a la altura de las necesidades.
Un ejemplo nefasto de estas desorientaciones administrativas y carencias lo tenemos en el fenómeno inmigratorio y en las nebulosas relaciones que mantenemos con el vecino marroquí.
No es que me alegre el hecho de que durante el descanso estival del señor Rodríguez Zapatero se hayan dado una serie de sucesos en nuestras islas, porque el gesto de usar La Mareta para sus vacaciones anuales es muy de agradecer del lado canario, pero si el Presidente del Gobierno español ha leído los periódicos insulares durante estos días de asueto habrá reparado en algunos hechos graves que vienen siendo, por desgracia, habituales en Canarias.
Uno de ellos le tocó muy cerca al señor Rodríguez Zapatero: el miércoles 3 de agosto, en la misma Costa Teguise donde descansa, fue asesinado a puñaladas un británico de 41 años por un joven marroquí de 24 años; al parecer, un comentario jocoso por parte de los magrebíes sobre las mujeres que acompañaban a los ingleses desató el drama. Imaginemos lo que ha debido de significar este asesinato en la prensa del Reino Unido de estas fechas.
Otros percances tuvieron lugar en Tenerife, el mismo miércoles tres de agosto, en el sur de la isla, donde fue detenido un rumano de 46 años por clonar tarjetas de crédito, mediante la instalación de microcámaras de vídeo inalámbricas en los servidores bancarios con las que leía las bandas magnéticas de dichas tarjetas de las que luego extraía efectivos; y, al día siguiente, jueves cuatro de agosto, en Playa de las Américas, cuando un marroquí agredió y violó a un joven que dejó inconsciente y con heridas en su rostro y su cabeza.
No hablemos de la llegada a nuestras costas, el sábado seis de agosto, de cuarenta y nueve inmigrantes, diecinueve de ellos desembarcados en Agaete. No sigamos poniendo ejemplos.
Desde hace muchos años llevamos predicando en el desierto sobre los peligros que puede conllevar, para nuestra convivencia en general y para nuestra imagen turística, una inmigración no integrada ni social ni culturalmente.
Nos consta que el señor Rodríguez Zapatero ha decidido una vía de diálogo con su "amigo" Mohamed VI para frenar una de esas corrientes inmigratorias, la magrebí, y las repercusiones que está teniendo en nuestro archipiélago. Pero también nos consta que los resultados de la nueva política española con Marruecos sigue ocasionándonos a los canarios los mismos males, lo que nos lleva a pensar que es la hipocresía y no la buena voluntad lo que está presidiendo esta nueva época de "entendimiento" hispanomarroquí.
La vecindad con un Marruecos anexionista -caso Sahara Occidental-, que, para nosotros, y deseamos equivocarnos, sigue con la vista puesta sobre las Islas Canarias, para culminar el viejo sueño del Gran Magreb de Hassan II, nos está costando muy cara desde 1975. Demasiado cara. Y ningún presidente del Estado español ha llegado a tener una conciencia cierta de este hecho a lo largo de los últimos treinta años.
Una cosa son las relaciones exteriores de la España peninsular con Marruecos y otra cosa muy distinta son las relaciones del reino alauí con estas islas cercanas.
Por esa razón tan vieja y tan incierta, se hace necesaria para Canarias una política de inmigración del área magrebí mucho más contundente y definida.
Al día de hoy, no sabemos con cifras fiables cuál es el contingente de población marroquí que vive en Canarias, legal e ilegalmente. Nos debe servir de ejemplo no muy lejano lo sucedido en el Sahara: en 1974, España realizó un censo de habitantes en su antigua provincia que alcanzaba la cifra de 73.497 ciudadanos saharauis; hoy ese censo ha crecido, misteriosamente, hasta 300.000 personas. ¿Se imaginan ustedes de dónde han llegado los cientos de miles de nuevos residentes en ese territorio en litigio?
El método que usa Marruecos es la ocupación pacífica. Lo ha usado en el Sahara y lo usará en Canarias, si no lo está haciendo ya.
Cuando uno dice estas cosas, ciertos progresistas de la planta de oportunidades ideológicas llegan a tacharnos de xenófobos y si uno se queda callado, hasta de racistas. Nadie quiere acordarse ya de lo mucho que nos ha costado sacar adelante a nuestras sociedades insulares, hasta ayer mismo sufriendo cotas vergonzosas de ausencia de bienestar y de trabajo estable. ¿Qué era Fuerteventura hace cuarenta o cincuenta años? ¿Qué esfuerzos tenían que hacer los agricultores conejeros para sacar adelante a sus familias?
El espejismo turístico no puede ser dinamitado por fracturas sociales y culturales como las que estamos padeciendo en Canarias. Toda inmigración, de cultura, religión y costumbres distintas, como la magrebí, que no seamos capaces de integrar social y culturalmente está llamada a crearnos problemas a corto, a medio y a largo plazo.
Los tres sucesos de los primeros días de agosto que he recordado más arriba son apenas una muestra de lo que puede leer un visitante curioso que llegue a nuestras islas con la idea de descansar y de enterarse de algo de lo que sucede en Canarias.
Acaso el señor Zapatero, durante su estancia entre nosotros, haya tenido ocasión de hacer su pequeño balance de nuestra actualidad al margen de las zarandajas estadísticas con las que nos suelen entretener los cargos políticos aferrados a sus ansiados destinos.
La inmigración es un asunto serio para la política de Canarias y el cruce, la confusión y la ineptitud de administraciones no debe entorpecer que se encare ese problema con la decisión y el coraje que merece desde hace más de diez años. Antes de que se convierta en un mal irreversible.
Otro día hablamos de la nueva e inquietante situación mauritana. Nos crecen los enanos.